Lo que estamos olvidando

Nueva entrega del serial literario 'Senderos de inspiración'

Nuria Crespo
José Antonio Santocildes
06/09/2026
 Actualizado a 08/09/2026
Lo que estamos olvidando
Lo que estamos olvidando

En la vida, hay pérdidas que hacen mucho ruido. Pero otras... Otras suceden en silencio y tan despacio que apenas advertimos su ausencia hasta que un día miramos a nuestro alrededor y descubrimos que aquello tan importante ya no está. Quizá eso es lo que está ocurriendo con algunos de los valores que durante mucho tiempo sostuvieron nuestra vida y la convivencia entre las personas. La humildad, la compasión, el respeto, la honestidad, la gratitud o la empatía son palabras que suenan extraño, que no cotizan en bolsa, no acumulan seguidores y difícilmente tienen cabida dentro de un elegante escaparate de moda. Son palabras que pueden sonar antiguas, sí, y sin embargo, son tan necesarias en nuestra vida como el aire que respiramos.

Vivimos deprisa. Tanto que a veces parece que la vida se ha convertido en una carrera cuyo premio nadie recuerda. Corremos para llegar, para tener, para conseguir, para demostrar. Medimos el éxito, comparamos resultados y acumulamos cosas al tiempo que las preguntas más esenciales de la vida las vamos dejando atrás: ¿Qué clase de persona soy? ¿En quién me estoy convirtiendo? ¿Cómo trato a quien no puede ofrecerme nada? ¿Qué hago y cómo me comporto cuando nadie está mirando? Tal vez una sociedad comienza a perderse precisamente cuando deja de hacerse este tipo de preguntas. Quizá empieza a perderse cuando el peso de ciertas palabras comienza a diluirse en la memoria. Pedir perdón. Dar las gracias. Cumplir una palabra dada. Reconocer un error. Alegrarse sinceramente por el bien ajeno. Ayudar sin fotografiar la ayuda. Escuchar con atención. Esas ‘minucias’ que nos hacen más cercanos, más humanos. Porque sin esas palabras, sin esos valores, tan solo queda una masa de robots autómatas avanzando irremediablemente hacia el abismo.

Somos una sociedad extraordinariamente avanzada, pero al mismo tiempo profundamente pobre en humanidad. La crisis de los valores que nos asola por dentro nos está convirtiendo en tristes barcos a la deriva, incapaces de mirarnos frente a frente. Alardeamos de saber mucho, pero en realidad comprendemos muy poco. Podemos tener casi todo, pero no sabemos compartir nada. Podemos encontrarnos con miles de personas, pero en realidad no sabemos ver a nadie. Y el problema es que ELLOS siempre están mirando. Aunque pensemos que no, los niños siempre están observando. Y quizá sea el momento de preguntarnos qué están aprendiendo mientras nosotros estamos ocupados enseñándoles tantas otras cosas. Matemáticas, idiomas, tecnología, miles de actividades, competencia, liderazgo... Todo enfocado al voraz mundo material que nos engulle más y más cada día. Pero, ¿quién les enseña qué hacer con la tristeza de otro o la suya propia? ¿Dónde aprenden que reconocer un error no los hace débiles? ¿Quién les explica que ganar no siempre significa vencer a alguien? ¿En qué momento hablamos con ellos de la compasión, la dignidad, la responsabilidad, los límites, la empatía, la humildad, la gratitud o de esa forma de valentía que consiste en hacer lo correcto aunque nadie vaya a premiarnos por ello?

Los niños poseen una manera incómodamente precisa de aprender: observan. Observan cómo hablamos los adultos de otras personas cuando no están presentes. Observan cómo tratamos al camarero que se equivoca, al anciano que tarda demasiado, a quien piensa diferente, a quien tiene menos o a quien no puede defenderse. Observan nuestras prisas, nuestros pequeños desprecios. Observan en todo momento lo que decimos y hacemos. Pero también observan nuestra bondad y todo lo bueno que tenemos y somos. Tal vez ahí esté una parte de la respuesta. Porque los valores más importantes de la vida, esos que nos catalogan como humanos, nunca se enseñaron del todo con palabras. Se enseñan dejando pasar a alguien, devolviendo lo que no nos pertenece, sentándonos en silencio junto a quien está solo, diciendo «me equivoqué», dejando de lado el teléfono cuando alguien necesita contarnos algo importante, volviendo atrás para recoger aquello que otro dejó caer... Se enseñan, en definitiva, siendo un ejemplo vivo y real para ellos, un modelo al que imitar y seguir. Porque nadie suele aplaudir esos gestos, por eso son tan relevantes.

A veces contemplamos la dureza del mundo como si fuera un fenómeno meteorológico. Nos lamentamos constantemente de la falta de empatía, de la violencia, del egoísmo, de la indiferencia, del engaño... Sin embargo, una sociedad no es un lugar en el que vivimos; una sociedad somos nosotros. Quizá esa sea la parte más difícil de aceptar pero también la más esperanzadora, porque significa que no necesitamos esperar a que algo o alguien arregle el mundo entero para comenzar a crear desde un nuevo paradigma. Podemos empezar en una mesa, en una conversación, en la forma en que nos hablamos, en la manera en que educamos, en cómo respondemos cuando estamos enfadados, en la diminuta decisión de no humillar o herir pudiendo hacerlo, en enseñar a un niño que ser amable no significa ser débil y que tener razón nunca es sinónimo de hacer daño. Podemos empezar intentando hacer las cosas de un modo distinto, pensar de un modo distinto, actuar de un modo distinto y vivir de un modo distinto. Porque en las pequeñas acciones está el cambio. En el ejemplo que damos germinarán las semillas que un día provocarán una verdadera transformación.

Tal vez no podamos detener de golpe esa extraña velocidad que nos arrastra sin compasión, pero sí que podemos defendernos con pequeñas resistencias. Mirar a los ojos, dar las gracias, ser amable, pedir perdón antes de que el orgullo construya paredes demasiado gruesas e insalvables. Preguntar a nuestros hijos o nietos no solo qué nota han sacado, sino si hoy se han sentido bien, si ha sido un buen día o si alguien necesitó su ayuda. Recordarles y recordarnos que el valor de una vida no se mide únicamente por lo que se consigue en la materia, sino por todas las buenas acciones que vamos dejando a nuestro paso.

Porque llegará un día en que los niños que hoy nos observan con ojos inquietos ocuparán nuestro lugar mañana. Es posible que no recuerden todas nuestras explicaciones, pero habrán aprendido de nuestras manos, de nuestros gestos, de nuestra manera de expresarnos, mirar y hablar. Habrán aprendido de todas las veces que elegimos la compasión cuando habría sido más fácil mirar hacia otro lado. Y ese será, en realidad, nuestro legado, nuestra única y verdadera herencia.

Puede que ahí, precisamente ahí, comience todo. No en discursos grandilocuentes henchidos con palabras rebuscadas que nadie entiende. No en vacías promesas de cambiar el mundo. Sino en una persona que, cuando nadie esté mirando, decida NO PASAR DE LARGO.

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