Ermitas a cielo abierto

Las más solitarias de la provincia, aquellas que, por estar apartadas de cualquier núcleo urbano, despiertan en el viajero una especial conexión

Martín Muñoz Navarro
10/09/2026
 Actualizado a 10/09/2026
Ermita de Santa Ana en Barrio de la Puente. | MARTÍN MUÑOZ
Ermita de Santa Ana en Barrio de la Puente. | MARTÍN MUÑOZ

No resulta fácil determinar el número exacto de ermitas en la provincia de León. La existencia de dos diócesis abarcando el territorio, la enorme extensión y los numerosos núcleos poblacionales, hacen que esta tarea no resulte extremadamente ardua.

En la provincia de León existen 211 municipios, pero los pueblos, aldeas, pedanías, etc. elevan la cifra a 1.226. No me atrevo a hacer una estimación de ermitas, basándome en este dato, pero sí resulta una cifra de contraste para evaluar otros resultados. Una página muy detallada de la Iglesia Católica en León cifra erróneamente el número de municipios en 296, pero sí recoge una evaluación bastante exacta de las 874 iglesias parroquiales, catedrales, santuarios, capillas y ermitas existente en la provincia.

Este número tan importante de edificios religiosos sirve para poner de manifiesto la dificultad del objetivo de este trabajo que no es otro que el de mostrar las tres ermitas más solitarias de nuestra provincia. Aquellas que, por estar apartadas de cualquier núcleo urbano, despiertan en el viajero una especial conexión con el paisaje, también con los sentimientos religiosos de aquellas localidades que han entendido la soledad como un elemento esencial de su espiritualidad.

He desechado ermitas cuya visita podía suponer algún riesgo, especialmente en invierno, para personas mayores, como la de San Froilán que se encuentra en una ascensión desde Valdorria entre peñas afiladas, a una altura de más de 1300 metros de altitud. También he omitido voluntariamente, por el mismo motivo, la pequeña ermita de piedra dedicada a San Lorenzo que se encuentra en un risco sobre el túnel llamado de La Gotera, antes de llegar a Villasimpliz por la carretera N-630. Y aunque más accesible, he desechado la ermita de San Guillermo, en Cistierna a los pies de Peñacorada.

Ermita de Nuestra Señora de Perales en Bercianos del Real Camino
Ermita de Nuestra Señora de Perales en Bercianos del Real Camino. | MARTÍN MUÑOZ

Para otro momento, he renunciado a los magníficos santuarios de nuestra provincia, también situados en la soledad de espacios tan hermosos como el de la Virgen de la Velilla en el valle del río Tuéjar, cerca de la localidad de La Mata de Monteagudo, el santuario de la Virgen de Pandorado, situado en el alto del mismo nombre en la comarca de Omaña, término municipal de Riello, o el santuario de la Virgen de la Peña en las alturas de la localidad de Congosto. La omisión de los santuarios en esta elección se debe a que no son esencialmente ermitas porque tienen una importancia arquitectónica mayor y porque sirven a una comunidad más extensa, a una comarca que depositan en ellos sus aspiraciones religiosas.

Las ermitas son pequeñas edificaciones religiosas en las que centran su devoción comunidades menores, bajo la advocación de algún santo o de la Virgen María. Unas escasas veces al año son visitadas por la mayoría de los vecinos con ocasión de alguna romería, pero, por lo general, permanecen cerradas todo el año y los fieles las visitan de forma aislada para solicitar algún beneficio material o espiritual.

Las tres ermitas, cuya visita propongo, tienen en común su alejamiento de los núcleos urbanos. Se erigen en campo abierto, en la soledad de la tierra y el cielo, como muestra de una religiosidad personal que no necesita de otros intermediarios.

La ermita de Nuestra Señora de Perales se halla en pleno Camino de Santiago. El peregrino que ha salido de Calzada del coto y camina por una senda arbolada que le protege del tórrido calor del estío, se encuentra la ermita, solitaria, asentada sobre una tierra llana y descubierta, a mano izquierda, antes de llegar a la localidad de Bercianos del Real Camino, a cuyo municipio pertenece.

Se trata de una ermita ligada profundamente al Camino de Santiago y se tiene conocimiento de que, durante la Edad Media, dependió del Hospital de peregrinos de El Cebreiro.

Existen datos históricos desde el siglo XII, pero no cabe duda de que, como en otras ocasiones, se trata de una imagen escondida de las iras musulmanas y encontrada milagrosamente por los repobladores bercianos en un lugar en el que había abundancia de perales. De ahí su nombre.

La Virgen de Nuestra Señora de Perales –La Perala para sus vecinos– es una devoción singular, pues es patrona muy querida de Bercianos del Real Camino, pero a la vez es venerada por miles de peregrinos de todas las nacionalidades, que hacen un alto en su andadura para descansar a su sombra.

Ermita de Nuestra Señora de Boinas en Robles de la Valcueva. | MARTÍN MUÑOZ
Ermita de Nuestra Señora de Boinas en Robles de la Valcueva. | MARTÍN MUÑOZ

La ermita, de ladrillo, con una nave amplia y una pequeña espadaña, es un hito singular en la travesía de Tierra de Campos. En el interior se halla la imagen de la Virgen presidiendo el altar mayor. La soledad se hace patente en los meses de invierno, cuando disminuye la afluencia de peregrinos y los vecinos la visitan ocasionalmente.

El culto público que los vecinos de Bercianos del Real Camino dispensan a su patrona se centra en dos ejes principales. En el mes de mayo la imagen de la Virgen es trasladada en procesión hasta el pueblo en cuya iglesia parroquial permanece hasta el regreso a su ermita. El día 8 de septiembre el pueblo celebra una romería con asistencia del pendón y música tradicional, con una procesión en la que se homenajea a su patrona.

También hay noticias de una actividad milagrera en peregrinos heridos o enfermos que sanaron de sus dolencias por intervención de la Virgen y de la protección dispensada por ésta a los vecinos del pueblo, a los que acogió bajo su manto cuando se encontraban en peligro de muerte en el transcurso de una batalla.

Más solitaria aún se encuentra la ermita de Nuestra Señora de Boínas, situada en un paraje solitario a orilla del río Torío, perteneciente a la localidad de Robles de la Valcueva.

Todo es un misterio en torno a esta ermita. Es posible que se trate de una devoción medieval, de los siglos XII o XIII, aunque su fábrica actual procede del siglo XVII o XVIII, pero los vecinos que recuerdan el aspecto original de la imagen hacen referencia a una virgen románica de pequeño tamaño, de cutis claro sosteniendo el Niño en el brazo izquierdo y una manzana en la mano derecha.

Es controvertido el origen de su topónimo entre los estudiosos, pues unos creen que la ermita es en realidad la iglesia parroquial de un despoblado denominado Godinas, al que se hace referencia en un documento de 1161 conservado en el archivo de la colegiata de San Isidoro, otros piensan que hace referencia al término bovina, por tener constancia de la existencia de un mercado de ganado en las proximidades.

Entre los días 20 y 30 de julio de 1936, un grupo de milicianos armados, procedió a destruir la ermita de Santa María de Boinas. El incendio afectó a parte de su estructura, al altar mayor, de estilo barroco y a la imagen de la Virgen, la patrona del municipio de Matallana de Torío. Las versiones populares cuentan que cuando los milicianos accedieron a la ermita, la imagen ya había sido rescatada por algún vecino devoto que la escondió en un carro entre la hierba que transportaba. Otros afirman que vieron arder la talla en una hoguera.

En realidad, desaparecieron dos imágenes de la Virgen, pues además de la talla original existía otra que era la que sacaban en procesión para preservar la integridad de la primera y que, por este motivo, llamaban «La excusadora». Ambas desaparecieron aquellos días.

Hay quien sostiene que del incendio de la ermita se salvó también la corona de la Virgen que fue sustraída por personas desconocidas antes de que se produjera la destrucción del templo y que, años después fue entregada al párroco bajo secreto de confesión.

El templo fue reconstruido por los vecinos. La nueva talla de Santa María de Boinas volvió a la ermita un 15 de agosto de 1975. El escultor de la nueva talla fue el leonés Amado Fernández Puente cuya obra más celebrada es ‘El Santo Cristo de la agonía’ que realizó para la cofradía leonesa de Las Siete Palabras. 

Las aguas del río Torío discurren en silencio en una ribera poblada de árboles y reflejan todos los días del año la soledad del templo, alejado de cualquier edificio habitado, salvo el día de la Asunción de María a los cielos, el 15 de agosto de cada año, que todos los pueblos del municipio de Matallana de Torío homenajean a su patrona. Ese día la campa se llena de gente, de pendones, de música, de trajes tradicionales y el tiempo, olvidado de sí mismo, discurre con una lentitud casi eterna.

La ermita de Santa Ana, ubicada en un paraje solitario en pleno Valle Gordo, entre las localidades de Marzán y Barrio de la Puente a cuyo término pertenece es, sin duda, una de las ermitas que trasmite al viajero una mayor sensación de desamparo y soledad. No hay ninguna edificación en sus alrededores. Este valle escondido de la comarca de Omaña se retuerce vigilado por unos montes de abundante vegetación. Unas vacas pastan en sus proximidades en un prado de hierba alta ajenas a la maravilla del paisaje que las rodea. A unos metros, en la hondonada llena de árboles por donde discurre el río, se oye el murmullo del agua. El Viejo Camino Olvidado a Compostela se ciñe a la robusta arquitectura del templo en la que destaca una espadaña robusta y vacía, en la que hace tiempo dejaron de sonar las campanas.

La ermita está cerrada y trato de adivinar desde el hueco de su cerradura el interior del templo, aunque sé que es en extremo humilde con una sencilla talla representando a la madre de la Virgen. Mientras trato de acomodar mi vista a la penumbra del interior, recuerdo la extraña leyenda que los vecinos cuentan. 

Un día el párroco, trasteando entre los rincones de la ermita descubrió unos antiguos documentos bajo unas losas que se movían en un rincón alejado del altar mayor. Aquellos documentos contenían instrucciones para localizar un antiguo tesoro enterrado en las proximidades por los antiguos romanos. El tesoro podía localizarse mirando desde el interior de la ermita por el ojo de la cerradura y el sacerdote al seguir las instrucciones, contempló con asombro la figura de un gran árbol. Cavó a sus pies y localizó el tesoro.

La verdadera maravilla que se observa mirando por el ojo de la cerradura de la ermita de Santa Ana es el fantástico paisaje de un valle inmaculado, donde el aire corre limpio y transparente.

Los escasos peregrinos que recorren la senda del Viejo Camino Olvidado, se acogen a su sombra y beben un trago de agua de su cantimplora y reconfortan su ánimo. El Valle Gordo no tiene salida para los vehículos. Desde Fasgar, el camino, solo es transitable para viajeros que realizan la ruta a pie o a caballo, pues luego una senda de tierra se empina para atravesar la Sierra de Gistredo y aparecer en las frondosas tierras del Bierzo.

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