¿En qué momento se había jodido el Perú?

El crítico literario escribe sobre la novela de Charlo Alonso, 'El burdel de Alejandría'

José Ignacio García
18/07/2026
 Actualizado a 18/07/2026
La autora de 'El burdel de Alejandría', Charo Alonso. | FERNANDO SÁNCHEZ GÓMEZ
La autora de 'El burdel de Alejandría', Charo Alonso. | FERNANDO SÁNCHEZ GÓMEZ

Recuerdo con nostalgia las tres conversaciones que mantuve con José Jiménez Lozano en su cubil vallisoletano de Alcazarén. Aunque sería más preciso calificarlas de monólogos por su parte, ya que él era el que hablaba y yo me limitaba a asentir con la cabeza, como esos perrillos de plástico bobalicones, que se colocan en los salpicaderos de los coches y que se bambolean al ritmo que provoca un mar de asfalto, casi siempre desportillado y pendiente de regenerar como un rostro agrietado que implora una ración benefactora de colágeno, elastina y retinol.

Cada uno de esos monólogos me dejó grabadas enseñanzas sabias sobre vida y literatura y lecciones magistrales de ironía. Una de aquellas humorísticas recomendaciones memorables hacía alusión a los prólogos de los libros, precisamente porque el motivo de aquella visita era solicitarle una introducción certificada por un premio Cervantes para una de mis recopilaciones de relatos. Mi joven amigo, sentenció, todos los proemios de los libros son prescindibles, pero si el autor se empeña, que esas palabras las escriba un amigo, que al menos será generoso con lo que está por leerse e indulgente con la persona que quiere mantener en su lista de afectos.

Pensé que aquella era una manera decorosa de rechazar mi petición, como cuando me despedía abruptamente al final de cada visita, alegando que me había entretenido mucho y que yo tendría muchas cosas que hacer. Pero me equivoqué, Jiménez Lozano me regaló aquel prólogo, tan breve y genérico que habría servido para presentar centenares o miles de libros de otros autores y temáticas. El prólogo me dejó frío, como esos conciertos sin alma o esos partidos de fútbol sin tensión, pero mi editor de entonces -el mismo, ahora que caigo en la cuenta, que ha publicado el libro sobre el que voy a escribir- se quedó tan contento, presumiendo de que un autor de semejante relevancia había tenido a bien dedicarle su atención a una de sus criaturas, como si aquel detalle del maestro fuera a dignificar las historias de un alumno no demasiado aventajado como yo.

Lo que el premio Cervantes no me enseñó fue a tratar con los libros escritos por autores amigos o que creía que lo eran. Quizás porque ninguno de los dos podíamos imaginar entonces que algún día, aún sin definir en el calendario, yo dedicaría más tiempo a escribir sobre lo que otros habían escrito que a pergeñar mis propios argumentos. Si me hubiera adoctrinado sobre esa materia con algún ejemplo luminoso, quizás a estas alturas me habría evitado la indiferencia o el desencanto o el rencor de algunos novelistas cercanos, insatisfechos porque no haya sabido adularlos o atenderlos como creían merecer; o me habría explicado cómo pueden compaginarse el criterio y los sentimientos a la hora de afrontar un texto de una forma analítica y más o menos neutral.

Por esa razón me cuesta tanto -cada vez más- dedicarle mi discutible parecer a libros escritos por amigos. Por eso prefiero prestar atención a autores desconocidos que nunca van a dejar de compartir vinos ni tertulias conmigo si no les gusta lo que opino de sus libros o si, directamente, no les hago caso, porque, una vez catados, me importan un pepino.

Y viene toda esta reflexión previa (y seguramente insustancial y prescindible) a cuento de la novela sobre la que hoy -si me queda espacio en la página- quiero escribir. Porque su autora, Charo Alonso, es amiga de verdad y le debo gratitud a muchos gestos de generosidad que ha tenido conmigo y la admiro como escritora de relatos, como estudiosa sobre algunas personalidades, como periodista literaria y como pregonera infatigable de una Salamanca cultural que adora, que lleva en la sangre y que homenajea en cada frase que dice o en cada párrafo que escribe.

Por eso me provocaba pánico la idea de afrontar la lectura de esta su primera novela, y más cuando el título no me seducía y no siempre un atleta de distancias cortas da el salto con acierto a las carreras de largo recorrido.

Afortunadamente, y más allá de que el título sigue sin parecerme representativo del contenido (pero tampoco tiene por qué serlo), me he encontrado ante una obra merecedora de elogios sinceros y no de halagos diplomáticos. Y eso me ha permitido, una vez concluida la lectura, exhalar un largo y profundo suspiro de alivio, porque Charo puede sentirse orgullosa de lo que ha escrito y yo puedo ensalzar la novela con la conciencia tranquila, sin que alguien me eche en cara que no hago más que lisonjear a una amiga a la que le debo más de un favor promocional.

La novela está contada en capítulos alternativos por Elena y Jaime. Pero ellos no son los verdaderos protagonistas, si acaso los interventores necesarios para ensalzar esa Salamanca que ha ido evolucionando desde los años ochenta del siglo pasado hasta la actualidad. Una Salamanca de piedra arenisca de Villamayor y de sentimientos, de contrastes entre la juventud estudiantil, el funcionariado de una ciudad universitaria, turística y de servicios, y esa clase acomodada y señorial que se reune en los acontecimientos de postín, dejando la toga colgada o los botos camperos en la finca ganadera.

Charo Alonso describe la ciudad, el latido de sus calles, el olor de sus portales, la atracción magnética de la laureada plaza mayor, la vida diurna y los lúdicos ambientes noctámbulos y faranduleros. Pero también hace un exhaustivo y concienzudo análisis psicológico de los personajes. Y no solo de Elena y de Jaime, de todos los años compartidos de cerca o a distancia, antes de que la cirrosis de la monotonía y la indiferencia terminara por arruinar la relación entre la muchacha atractiva, plebeya, rebelde y altiricona, y el hombre de buena familia, una familia que nunca aceptó a la nuera o a la cuñada como uno de sus miembros, sino más bien como una extraña de clase inferior que, quizás debería entrar y salir de su casa por la puerta de servicio y no por la principal.

Charo es una escritora de corte clásico, elegante y sutil. Lo era en sus cuentos recogidos en 'Retazos del natural' y 'Los pies de los bailarines', y mantiene esa impronta en esta novela donde cada uno de los personajes fundamentales mantiene una voz nítida, precisa y diferencial. Desde el Jaime que voló del nido para huir del yugo familiar a la Elena que lo siguió por medio mundo, América, Londres, Bruselas, Madrid… pero no como la mujer sometida que renuncia a su porvenir alentando los sueños de grandeza de su cónyuge, sino como la joven recién casada que emprende una larga luna de miel y de aventuras y que ancla las raíces de la coherencia en la tierra, mientras su marido sobrevuela etéreos cielos de grandeza.

Cada capítulo es un ir y venir en el tiempo, donde de los sueños se pasa a las recriminaciones y la erosión del amor termina provocando la ruptura entre el juez que atendiendo la querencia de lo suyo ha vuelto a su ciudad natal y la bibliotecaria deprimida y derrotada que definitivamente está donde quiere estar.

Supongo que muchas parejas de dilatada trayectoria conyugal, algunas que se mantienen unidas con la fragilidad del esparadrapo y otras que terminaron haciéndose añicos como una vasija que se estampana contra el suelo, se sentirán

concernidas con la trama, con esa prosa delicada y aterciopelada, plena al mismo tiempo de intensidad, de lirismo y de musicalidad. Porque son tan vívidos los sentimientos descritos, como algunas conversaciones, algunos lugares o algunas casas que se convierten en templos para la nostalgia, que el lector forzosamente tiene que conmoverse y preguntarse, como lo hace la autora, aludiendo con frecuencia al inicio de la mítica novela de Vargas Llosa, cuándo empezó a joderse ese Perú existencial de biografías compartidas y mucho menos sólidas que las piedras que edifican esa monumental Salamanca de arte y sabiduría que Charo Alonso nos transfiere con su sensibilidad proverbial.

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