Ocurre despacio. Tan despacio que apenas somos conscientes de ello. Tan despacio que nadie se despierta una mañana siendo incapaz de sentir. Hay cosas que no suceden de repente. Suceden así, despacio. Quizá comienza ese día en que alguien se desploma en una calle muy concurrida y nadie se detiene. Tal vez cuando escuchamos una discusión al otro lado de la pared y subimos el volumen del televisor. Quizá cuando vemos llorar a alguien a nuestro lado y apartamos los ojos con esa extraña educación que nos hemos inventado para no invadir el dolor ajeno. O tal vez comienza mucho antes. Con una noticia nefasta. Luego otra, y otra, y otra... Una guerra mientras desayunamos. Un incendio antes del café. Una persona bajo los escombros antes de dormir. Mientras, seguimos deslizando el dedo por una gélida pantalla que parece aislarnos del mundo exterior. Aparece un anuncio. Después, otro. Y seguimos deslizando. No porque seamos monstruos indolentes, sino porque nadie puede sostener el peso del mundo cada minuto, de cada hora, de cada día. Sin embargo, algo sucede cuando apartar la mirada deja de ser un descanso y se convierte en nuestra forma habitual de habitar el mundo.
Nos hemos acostumbrado a casi todo y pocas frases deberían asustarnos tanto. Nos hemos acostumbrado al dolor cuando ocurre lejos, a la injusticia cuando tiene otro nombre, a la soledad cuando vive detrás de una puerta que no es la nuestra. Porque hay demasiadas personas mayores que pasan días sin hablar con nadie. Vecinos cuyo nombre desconocemos. Niños que aprenden demasiado pronto que pedir ayuda no siempre significa recibirla. Personas que se rompen silenciosamente frente a nosotros mientras respondemos que estamos demasiado ocupados.
Y seguimos. Seguimos deslizando, seguimos trabajando, comprando, corriendo, mirando pantallas, esquivando miradas, evitando conversaciones, llegando tarde a lugares a los que no queremos ir. Como si alguien hubiera puesto el mundo y nuestra propia vida en reproducción robótica y automática. A veces pienso que tanta INDIFERENCIA se parece a un profundo sueño porque nadie sabe exactamente en qué momento se ha quedado dormido.
Puede que parte de la respuesta pase porque estamos tan cansados de tantas tragedias que la indolencia se ha convertido en parte de nuestro escudo. Nunca antes habíamos tenido tantas ventanas abiertas al dolor del mundo. Sabemos de terremotos ocurridos a miles de kilómetros antes de que la tierra deje de temblar. Observamos conflictos armados desde la comodidad de nuestro sofá. Vemos el rostro del hambre entre dos fotografías de «vacaciones en Maldivas». Invasiones ante nuestros ojos. Catástrofes, violencia, injusticia, enfermedad, odio, muerte. Todo nos llega, todo el tiempo, y para protegernos de tanta podredumbre, nuestro corazón cierra los ojos para no sentir tanto. El problema surge cuando olvidamos volver a abrirlos, porque existe una distancia diminuta entre protegerse del dolor y acostumbrarse a él. Tal vez ya la hemos recorrido sin apenas darnos cuenta.
Quizá deberíamos desconfiar un poco de esa vida que solo nos permite preocuparnos únicamente por aquello que lleva nuestro apellido. Todos tenemos problemas: hijos, padres, facturas, heridas y miedos. Todos cargamos con historias personales que los demás desconocen. Pero si solamente nos duele aquello que nos toca directamente, quizá terminemos construyendo una sociedad llena de islas diminutas. El problema es que las islas también se hunden, por lo que no es descabellado pensar que llegará un día en que seamos nosotros quienes necesitemos que alguien interrumpa su propio camino para tendernos una mano. Que seamos nosotros los que caigamos, los que tengamos miedo, los que perdamos algo, los que miremos a nuestro alrededor con la esperanza de encontrar unos ojos que todavía sepan mirar.
La historia está llena de silencios. Algunos fueron por prudencia, otros, por miedo. Hubo silencios que permitieron que sucedieran cosas que jamás deberían haber sucedido. Y el tiempo tiene esa incómoda costumbre de preguntar: ¿Hacia dónde estabas mirando mientras eso ocurría? No siempre podremos responder que luchando. Ni siquiera sería justo exigirlo. Sin embargo, sí que podemos aspirar a responder algo más sencillo. No miré hacia otro lado. A veces eso será ayudar. Otras, preguntar. Otras, escuchar, denunciar, acompañar, compartir, llamar a una puerta, decir un nombre, sentarnos cinco minutos junto a quien está solo o defender a alguien que no está presente. Esas son las pequeñas rebeliones contra la indiferencia que asola nuestra sociedad. Nada heroico, pero sí profundamente humano. Porque cada vez que decidimos no mirar, algo se apaga muy despacio en nuestro interior. Pero cada vez que miramos de verdad, aunque duela, aunque nos queme por dentro, algo permanece encendido.
Es posible que mañana o dentro de una hora volvamos a caminar deprisa. Es muy posible que la vida nos reclame de nuevo, pero tal vez, en mitad de todo ese ruido, alguien necesite algo tan pequeño como que levantemos la cabeza para ser visto. Y entonces, quizá lo hagamos. Y entonces, quizá nos detengamos. No para salvar el mundo, sino para recordar que seguimos viviendo en él y que todavía hay algo dentro de nosotros capaz de reconocer el dolor que no lleva nuestro nombre.
Puede que ser humano no signifique sentirlo todo; eso sería insoportable. Puede que simplemente se trate de no dejar de sentir que los otros también existen, sufren y sienten. Mientras eso siga ocurriendo, aunque solamente sea durante unos segundos en mitad de una calle cualquiera, no estamos dormidos del todo.
Un día cualquiera. Una pantalla. Un pulgar que desliza. Una guerra. Un niño que sufre y pasa hambre. Una ciudad bajo el lodo. Un bosque ardiendo. Una invasión. Seguimos deslizando. Aparece un gato, una gracia, un chiste. Seguimos deslizando. Nos reímos. Y seguimos deslizando. Lo inquietante no es habernos reído. Lo inquietante es no recordar, unos segundos después, qué hemos visto antes del gato.
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