Rellán abruma al entrevistador. Le doblega con su verbo, instruido en la experiencia y al servicio de un sobresaliente intelecto, sin abandonar jamás esa proximidad que tan bien transmite frente a una cámara o sobre un escenario. Va de un tema a otro a lo largo de una conversación en la que asoma una reflexión permanente sobre la realidad del ser humano contemporáneo y las muchas bifurcaciones a la que este se somete. La obra que le trae este viernes al Auditorio ‘Ciudad de León’ (21:00 horas; entradas a 18 euros), ‘7 años’, le proporciona nuevos motivos para indagar en las posibilidades que le ofrece el oficio de actor y, sobre todo, explorar muchos de los recovecos existenciales a los que se enfrenta el hombre. Cuatro personas, tres hombres y una mujer, se reúnen en unas oficinas para dilucidar quién de ellos asume un delito de fraude fiscal, penado con siete años de cárcel, y para ello contarán con la colaboración de un mediador encarnado por Rellán. Carmen Ruiz, Eloy Azorín, Juan Carlos Vellido y Daniel Pérez Prada son los actores que se someten a las necesidades de una función que lleva ya dos años rulando por toda España y que, sin duda alguna, recala en León pletórica de madurez y dominada por la puesta en escena ideada por uno de los directores teatrales más sugerentes del momento, el argentino Daniel Veronese.
Basada en la primera película española de la plataforma Netflix, cuyo guión llevaba la firma de José Cabeza y Julia Fontana, la obra propone un collage de sensaciones que, como es habitual en el teatro de Veronese, son escarbados a través del ejercicio actoral. «Él tiene un método maravilloso que consiste en que el actor sea él mismo. Lo que le importa es que la función sea verdad. Da mucha libertad en la composición del personaje». El director argentino siempre ha demostrado una capacidad especial para convertir su propuesta en un gran espejo ante el que el espectador se vea reflejado porque al fin y al cabo los personajes son simples trasuntos de la propia realidad. «Siempre me han interesado las funciones que tienen algo que decir al público. Yo, ante todo, soy espectador y quiero que lo que se representa frente a mí me modifique, que salga del teatro distinto a como entré, haciéndome preguntas, planteándome cosas... En esta obra, la pregunta que nos hacemos es estremecedora: ¿cuál es nuestro precio? Los personajes, aparentemente amigos, no son lo que parecen y acaban convirtiéndose en auténticas fieras. Ese es el teatro que me interesa, el que me dice algo, el que me moviliza… El teatro es verdad. El actor está ahí vivo, frente a ti, representando una porción de vida que en el caso de esta obra hace mención a la ruindad del ser humano». Rellán lleva ya muchas funciones a cuestas y no hay día que no se deje arrastrar por su vértigo. «Como dice Peter Brook, el teatro es como la vida, imprevisible. Yo no sé qué va a pasar en cada función. El teatro tiene algo de rito ceremonial en el que yo oficio como actuante y el público ha de realizar su trabajo de recepción. Es una comunión entre los dos». En este momento, Rellán hace un inciso y alude a la incomodidad de los teléfonos móviles para el actor, una queja que día tras día repiten los actores de este país a propósito de un hábito poco propicio para el ejercicio teatral. Dicho queda una vez más.No cabe duda de que el reparto teatral encuentra en la interacción entre sus componentes uno de sus principales sustentos. Rellán considera que los actores que comparten escenario han de ser, además de buenos profesionales, «buenas personas», concluye. «Porque el teatro es durísimo. La convivencia empieza en la primera lectura y se alarga el tiempo que dura la función. El teatro debería estar en todos los colegios. Es disciplina, fomenta la capacidad de sacrificio y la generosidad, enseña a equivocarse... Los actores de una obra teatral han de ser amigos. Nos queremos, nos respetamos y desarrollamos un sentimiento colectivo. Estamos en una trainera donde todos remamos hacia el mismo lugar. Cada función es una lección para cada uno de nosotros y tenemos que tener claro que la mejor representación siempre es la siguiente».
Daniel Veronese siempre ha demostrado que la puesta en escena ha de estar soportada por una eficiente labor actoral, tal y como queda evidenciado en ‘7 años’. «Lo decía Vittorio Gassman: un actor, un espectador, teatro». La pieza se deja mecer por diferentes registros, desde el drama al apunte humorístico, a modo de mosaico ensamblado por un sinfín de teselas de diversidad indiscutible. «Los seres humanos somos un poco idiotas y necesitamos ponerle etiquetas a casi todo. Sin embargo, la vida no es así, no entiende de géneros. Y la obra no se sustrae a esta idea».