Aunque resulta idónea para iniciar al público gracias a su tono ligero y su música luminosa, ‘La flauta mágica’ se lo pone difícil a los directores de escena. La abundante simbología masónica y la mezcla de lo fantástico y lo intelectual invitan a distintos niveles de lectura de este singspiel, que Mozart compuso poco antes de morir (1791). Por eso esta producción de David McVicar para la Royal Opera House tiene tanto mérito: logra claridad, eficacia y fluidez, es clásica pero impacta con sus abundantes cambios de escena, sus juegos de trampillas y columnas, los movimientos precisos y la iluminación en claroscuros. Capítulo aparte para los hermosos decorados de John Macfarlane (animales que bailan, cielos estrellados), y para un vestuario que ha marcado tendencia (los trajes de aire gótico de la Reina de la Noche y Monostatos).
En el enfoque de McVicar, ameno y lleno de ritmo, también caben lo serio y lo espiritual. El veterano escocés elaboró su versión en 2003 para la Royal Opera, que le debe otros montajes históricos, como ‘Rigoletto’ (1991), ‘Fausto’ (2004), ‘Las bodas de Fígaro’ (2006) y ‘Andrea Chénier’ (2015), todos ellos elegantes, atractivos y respetuosos con los textos. En Londres, esta Flauta se ha representado en más de 400 ocasiones. También se pudo ver en el Liceu de Barcelona en 2022, con la batuta de Dudamel.
Este martes a las 19:45 horas, Cines Van Gogh retransmite vía satélite desde Londres ‘La flauta mágica’, grabada en otoño de 2025 y con dos sopranos de altura. Pocas han cantado tanto a la Reina como la estadounidense Kathryn Lewek (1983), de Nueva York a Múnich o Washington. Elegante en el fraseo, de emisión cristalina, acomete sin despeinarse las florituras y sobreagudos del papel, con una impresionante tesitura y dominio del volumen. Venía de asombrar en Niza como Lakmé (2023), y en Salzburgo como las tres amantes de ‘Los cuentos de Hoffmann’ (2024).
En la piel de Pamina, Lucy Crowe se muestra impecable, luminosa en las arias y dúos, segura en todo el registro, potente a la par que refinada. La inglesa (1978), favorita de Sir Elliott Gardiner y nominada a los Grammy, abarca en su repertorio desde el Barroco al siglo XX, aunque sobre todo despunta en Händel, en Donizetti y en Mozart: acaba de brillar como Susanna en el MET y va a debutar como Fiordiligi.
El resto del elenco mantiene el nivel, con otros grandes especialistas en el compositor austriaco. El tenor samoano Amitai Pati (1987), versátil, expresivo y tierno, ya ha encarnado a Tamino, pero también Don Ottavio (San Francisco) o Ferrando (ENO). Como Papageno, el barítono inglés Huw Montague Rendall sorprende por su vis cómica y carisma; ya ha triunfado en París o Chicago antes de cumplir 30 años. En cuanto al bajo estadounidense Soloman Howard, defiende a Sarastro con estilo y clase, como hizo con el Fafner de Sigfrido hace un par de semanas en la capital inglesa.
En el foso londinense se estrenaba la joven francesa Marie Jacquot (1990), titular desde 2024 de la Ópera Real de Dinamarca y desde 2026 de la WDR de Colonia, así como principal directora invitada de la Sinfónica de Viena y premio Victoire de la Musique en 2024. Trombonista antes de saltar a la dirección, se muestra atenta a los vientos madera y a las cuerdas, enfática, minuciosa, juguetona y equilibrada en el sonido.
Cabe recordar que ‘La flauta mágica’, uno de los títulos más populares de la Historia, nació de la pura necesidad: tanto Mozart como el empresario que se la encargó, su amigo Schikaneder, estaban en números rojos. Para reflotar el Theater auf der Wieden -que se encontraba a las afueras de Viena, en el campo- necesitaban una comedia muy entretenida, en la que sucedieran muchas cosas: el público acudía en familia, incluso con comida, para pasar el rato. De ahí la elección del género (un Singspiel, con diálogos hablados, equivalente alemán a la zarzuela). Resultado: un exitazo.
El mayor mérito del genio de Salzburgo fue elaborar una música sublime que a su vez se adaptase al formato, casi un cuento. Lo mezcló todo, de pasajes serios a números bufos, de corales de misa a endiabladas arias de coloratura. La orquesta introdujo leitmotive (un siglo antes que Wagner) y atmósferas desconcertantes, como la combinación de viento metal y timbales en las tres pruebas. Por si fuera poco, caracterizó a los protagonistas con su forma de cantar: larga y grave para Sarastro (la sabiduría, el Bien); furiosa, agitada y estridente para la Reina de la Noche (las bajas pasiones, el Mal); casi infantil -pero deliciosa- en Papageno, un hombre simplón que aun así nos produce ternura.