Donde el diente de león no solo sopla deseos

Cada planta, una historia, por Marina Díez

06/07/2026
 Actualizado a 06/07/2026
| MAYKA Y NOELIA GARCÍA
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Fue en Valderrueda, o eso juraría Toñina con una sonrisa de esas que se escapan cuando el recuerdo ya ha echado raíces. Yo había ido de visita, de esas en las que una cree que va a ver a la gente, pero acaba viéndose a sí misma. Estábamos sentadas en unas sillas a la puerta de casa, tomando el sol como si fuera vitamina en pastillas. Fernando andaba cerca, haciendo ver que regaba los tomates mientras escuchaba todo. Porque si algo tienen los dos, es que saben estar sin estorbar… pero no se pierden ni una.

—¿Tú sabes para qué vale el diente de león? —me preguntó Toñina, señalando uno que crecía entre las gritas del asfalto.

—Para pedir deseos —le dije, con la certeza de quien ha soplado cientos.

– También. Pero eso es lo de menos.

Entonces me contó la historia."Cuando aún teníamos el bar La Moral, allá en San Mamés, justo enfrente había una herboristería. La llevaba una señora muy fina, de moño recogido y bata blanca, como si estuviera en una botica de antes. Un día vino a tomarse una manzanilla —de las de verdad— y se quedó charlando conmigo. Fue ella la que me abrió los ojos con esto del diente de león. Me dijo: ‘Toñina, esa planta que arranca la gente como si fuera mala hierba es de las que salvan’". Desde aquel día, Toñina empezó a recolectar dientes de león cuando iba al pueblo. No solo los soplaba para pedir deseos para sus hijos, para sus nietos pequeños, para Jorge o para mi hermano —que lleva media vida compartiendo juegos con él—, sino que los secaba, los cocía, los guardaba con cuidado.

—Son buenos para la barriga, para la sangre, y para cuando una se siente hinchada de más —me explicó—. Vamos, que limpian por dentro. Como las conversaciones largas con vino, pero sin resaca. Me preparó una infusión.

—Esto no lo sirve ningún bar, ni aunque lo pongas en carta de moderno —dijo, mientras Fernando asentía desde la sombra—. Pero lo agradece el cuerpo. Y a veces, hasta el alma. Nos quedamos en silencio, viendo cómo el vapor subía desde la taza. Y entonces entendí. El diente de león no solo sirve para soplar deseos. También enseña a quedarte quieta, a observar lo que nace entre las grietas, a no arrancar lo que parece inútil sin antes preguntarle su historia. Y si tienes suerte, te la cuenta alguien como Toñina. Con un guiño, un acento que sabe a León y un puñado de saberes que no vienen en las enciclopedias, pero sí en los bares donde se ha querido mucho.

MAYKA Y NOELIA GARCÍA
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Soplos de diente de león (Taraxacum officinale)

El diente de león crece por todas partes, pero no siempre lo miramos con buenos ojos. Sin embargo, esta planta es una aliada ancestral para depurar y fortalecer el cuerpo. Tradicionalmente se ha usado para:
• Estimular la digestión
• Depurar el hígado y los riñones
• Regular los niveles de azúcar en sangre
• Combatir la retención de líquidos
• Aliviar trastornos de la piel como eccemas o acné

Sus hojas tiernas pueden añadirse a ensaladas, sus raíces se tuestan para hacer una bebida similar al café, y sus flores alegran cualquier infusión. Como dice Toñina: “Sirve para limpiar por dentro... pero también para aprender a no despreciar lo pequeño que insiste en crecer”.


Receta emocional: Infusión para pedir perdón al cuerpo

  • 1 puñado de hojas frescas de diente de león (mejor de sitio limpio y sin pesticidas)
  • 1 cucharadita de flores secas
  • 1 taza de agua caliente
  • 1 suspiro honesto

Pon las hojas y flores en una taza. Cubre con agua hirviendo y deja reposar cinco minutos. Bebe despacio, sin prisa. Pide un deseo si quieres. Pero sobre todo, agradece que aún hay cosas que brotan aunque nadie las cuide. Y piensa en Toñina. Que, aunque ya no sirva manzanillas en La Moral, sigue curando a quien se sienta a su lado.

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