Alberto estudiaba Filología en Vegazana. Fue en el segundo curso cuando se hizo novio de Carmen, una chica alegre, de pelo negro ondulado y demasiado guapa para él, según le decían los amigos.
Modesto cursaba Derecho en el edificio contiguo; era el más apuesto de la Facultad. Alegre, conversador y con una sonrisa perpetua incluso en época de exámenes. A la mínima oportunidad, cruzaba el pequeño jardín que separaba ambas carreras para reunirse con ellos.
Los tres solían bajar a León para quedar en algún local del Barrio Húmedo. Los jueves era cuando había más ambiente; casi todos eran estudiantes alojados en Doña Sancha o La Filial.
Alberto no vivía en ninguna residencia ni compartía piso. La beca no le daba para esos despilfarros; su casa no quedaba demasiado lejos y aprovechaba el trayecto de ir y venir repasando los apuntes. Se ajustaba a un presupuesto semanal austero que Carmen y Modesto le obligaban a romper, arrastrándolo a comer en los antros cercanos las tapas de cecina con cerveza.
Conocer a Carmen lo cambió todo; lo llevaba en coche con distintos pretextos. Alberto no tardó en darse cuenta de que buscaba su compañía más de la cuenta; ella solía decirle que le encantaba ese aire hermético y misterioso, y él le respondía que las chicas de letras tenían pajaruelos en la cabeza, por creer que era guapo y clavado a John Malkovich.
Alberto era diabético de nacimiento y siempre lo acompañaba un kit de insulina que, con el tiempo, se instaló en el bolso de Carmen. Ella vigilaba como un halcón cualquier exceso, mientras él no ponía reparos en engullir varios hojaldres con café doble y llenar los bolsillos de Ronchitos que amenizaban sus viajes en Alesa.
Lo quería de veras, y él sentía que no merecía tanta suerte.
Siempre iba con la misma gabardina color crema; no tenía dinero para más. Carmen se dio cuenta y empezó a regalarle prendas con cualquier excusa. Su armario se fue llenando de ropa buena, que Alberto aceptó a regañadientes.
Con Carmen conoció a mucha gente. Quedaban con amigas en la Mandrágora y luego tiraban a ir de marcha al Universal; todas ellas orbitaban alrededor de Modesto, que las complacía con sus atenciones.
Los días más tranquilos acudían a algún filandón, y no se perdían ningún estreno en el Majestic. Luego tomaban cervezas en El Gran Café, siempre sin alcohol para Alberto.
Ambos se licenciaron a los cinco años justos. Carmen encontró trabajo muy pronto en una multinacional como traductora; su padre movió los hilos para que Alberto tuviera su puesto de profesor en un colegio privado; allí enseñaba inglés a chavales mimados e impertinentes.
Pero Carmen empezó a cambiar.
– ¿Qué pasa ahora? –preguntó Alberto un día.
– Nada, que se casa Virginia y estamos invitados a la boda.
– ¿Y con quién se casa?
– ¡Con quién va a ser! Con Marcos, que para eso llevan de novios tanto como nosotros.
Él esquivó el conflicto y, de paso, la invitación, como siempre hacía: con silencio.
Carmen acudió sola a la celebración, y nadie se atrevió a mencionar el aire sombrío que desprendía su rostro.
A Alberto no le gustaban las reuniones familiares ni acompañar a Carmen a Santa María los domingos. Solía aprovechar la mañana para recuperar el sueño y comer el cocido maragato, que la abuela traía a pie desde varias casas más abajo. Ya casi no quedaba nadie en el pueblo y con Alberto se acababa el apellido familiar; no quería tener hijos con su enfermedad.
Años después de terminar la carrera, Carmen se volvió impaciente y cada vez más arisca. Ya casi había cumplido veintiocho y la petición no llegaba, así que abordó el tema de forma práctica durante una exposición de Chagall en los Guzmanes.
– ¿Quieres que nos casemos?
La pregunta no pilló a su novio por sorpresa.
– Yo no puedo casarme –sentenció él sin despegar los ojos de un cuadro.
– El director del colegio me ha dado un ultimátum: tengo que aprobar al hijo de un amigo suyo o me voy fuera.
– ¡Pues apruébalo! –exclamó ella.
– No lo haré. Ni siquiera por ti. Eso va en contra de mis principios –dijo él.
Ella se sintió avergonzada, pero volvió al ataque:
– ¿Es definitiva tu negativa?
– Sí –respondió Alberto con rotundidad.
Carmen lloró durante días. Aunque siempre se ponía al teléfono cuando él llamaba, tenía una última esperanza: que la ruptura le doliera tanto a Alberto como para abandonar su obstinada soltería. Y le dolió, pero no retrocedió ni un milímetro.
Los padres, hermana y amigas la convencieron de que había perdido demasiado tiempo con alguien que no la quería.
Modesto se convirtió en su paño de lágrimas preferido.
– Os quiero a los dos, sois mis amigos desde hace mucho; no sé qué decirte. Yo me casaría contigo mañana mismo… –le aseguraba a Carmen a menudo.
Ella tuvo a Alberto clavado durante meses, pero empezó a ver a Modesto con otros ojos. Y un buen día, él lo ocupó todo.
Alberto, cuando supo la noticia, quiso impedirlo, pero no se atrevió a marcar el teléfono de Carmen; resignado, lo dejó correr.
La madre acudió a poner fin al ánimo deprimido que lo invadió mucho tiempo; llegó a convencerlo de que ella nunca fue para él y que con sus padres nada le faltaría.
Pasaron años antes de que se vieran de nuevo. Fue en el entierro del padre de Alberto. Iba con la misma gabardina de siempre. Carmen y Modesto destacaban en elegancia con abrigos largos y oscuros; lo saludaron afectuosamente y sin rencor; él trató de erguirse para que no se le notara el pie recién operado; había perdido el dorso por una amputación parcial debido a la diabetes.
Ya no se cuidaba, o no tenía a Carmen para velar por él.
Fingió felicidad ante el encuentro; con disimulo se pasó la mano por el escaso pelo que aún le quedaba, y que Carmen tantas veces había colocado en su sitio.
Despidió a sus amigos con sendos abrazos, y el de Carmen le trajo un fugaz y familiar aroma que todavía no había borrado de su mente.
Cuando murió su madre, ya no aparecieron.
Alberto vivía solo entre penumbras, prácticamente ciego por la enfermedad.
Aún perdió dos dedos más del pie contrario, y su ceguera total llegó a los pocos años.
Seguía saliendo por aquellos caminos que conocía a la perfección, ahora apoyado en su bastón.
–Estoy solo, pero muy organizado –solía comentar a los vecinos cuando acudían a su encuentro a interesarse por su vida. Su renuncia nadie la entendía.
Le gustaba bajar al parque y caminar siguiendo el murmullo del Bernesga; buscaba siempre el mismo banco donde el calor no apretaba mucho. Descansaba sobre el bastón con el mentón apoyado en ambas manos y proyectaba imágenes de cómo solían ser las cosas antes; les añadía una nueva percepción, más nítida. Podía oír el sol arder sobre la piedra del suelo en verano, el sonido líquido de la lluvia o las hojas arrasadas por el Cierzo; sentía incluso los nuevos brotes abriéndose paso. Se hizo experto en distinguir el tipo de pájaros y averiguar cuántos podrían estar disputándose la rama.
No tenía ni cincuenta y cinco años y parecía un anciano.
¿La historia tendría otro final si hubiera cogido la mano que un día le tendió el amor? Quizás, pero allí sentado, acomodado entre las sombras de los chopos, no se podría decir si está en paz o se arrepiente.
Siempre fue tan hermético, tan misterioso.
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