Diferentes paisajes, mismos sentimientos

Composición de escritura creativa de nivel intermedio de la Uned bajo la organización de Manuel Cuenya

Alicia Martín
27/07/2026
 Actualizado a 27/07/2026
Diferentes paisajes, mismos sentimientos
Diferentes paisajes, mismos sentimientos

Donde las Hurdes se llaman Cabrera’ ha sido para mí mucho más que un libro de viajes. Además de recorrer la geografía de una zona leonesa y conocer su historia, sus valores y su espíritu de lucha, a través de los propios personajes, me ha invitado a realizar un viaje hacia mi propio pasado y mi interior. Conforme me adentraba en sus páginas, me iba identificando con sus protagonistas; eran espejos que me devolvían mi propio reflejo.


En primer lugar, el propio Carnicer, a quien vamos conociendo de forma tímida y pausada por sus pasos en el camino, y no porque se describa realmente a sí mismo. Como a él, me ha gustado siempre andar por caminos y recorrer sitios desconocidos, no sólo por ver su belleza, sino por conocerlos a través de la mirada de su propia gente; durmiendo y viviendo con ellos cuando todavía era turismo rural de verdad, en el que te metías en el cuarto de su casa y compartías su baño. He recorrido mucho… por supuesto el Pirineo, que lo tengo a un tiro de piedra, y otras muchas zonas de España, entre ellas, tuve la oportunidad, con dieciséis años, de estar un mes en el pueblo de Caín, recorriendo los caminos de Posada de Valdeón y la Ruta del Cares cuando todavía los lobos se escuchaban de noche y un pastor del pueblo nos despertaba cada mañana con su gaita.


Un poco más mayor, repetí varias veces mi estancia en una casa en Boisán, donde tuve el gran placer de bailar la jota maragata con Toribio al son de la flauta y el tamborín (yo bailaba la jota aragonesa y, aunque no es igual, el baile corría por mis venas) y comer su cocido maragato cocinado por Amparo. Ella me contaba las historias de su familia, que se había emigrado a Argentina, y de cómo ella misma se marchó para montar un próspero negocio de congelados en Madrid, aunque en cuanto podía volvía a su casona de piedra para pasear a sus gallinas por la calle (hacíamos un encierro como en San Fermín). La recuerdo con gran cariño relatándome historias sobre las ánimas del purgatorio, la Santa Compaña y los crujidos de la madera de su casona, que para ella eran el espíritu de sus antepasados regresando de Argentina para descansar en paz. Su diminutivo «-ín/-ina» hacía pareja perfecta con mi «-ico/-ica». 


En segundo lugar, me he identificado con muchos de los personajes. Mi padre fue de los que se fueron del pueblo en busca de oportunidades, pero volvíamos siempre que podíamos: todos los fines de semana y veranos. Sin embargo, en mi caso, tuve que vivir sola con mis tíos y primos, que fueron los que se quedaron, durante muchos meses a lo largo de varios años.


Me considero afortunada porque soy un «híbrido». Por un lado, viví lo mejor del pueblo y sus costumbres: estaba todo el día por la calle jugando con adobes y melones, tomaba la fresca por la noche con mis mayores, hacíamos el mondongo o embotábamos melocotones y tomates recogidos del huerto. Iba a por leche con la lechera metálica (alguna vez tuve que ir dos veces, porque jugaba a hacer el remolino y se me caía…). Me despertaban, como a Carnicer, los gruñidos de los cutos cada mañana cuando mi tía iba a darles de comer a la vez que, cariñosamente, les llamaba «sus hermanos» (con el consiguiente enfado irónico de mi padre). Hacía pan y magdalenas en el horno con las mujeres del pueblo y, sobre todo, absorbí sus valores: el respeto, la solidaridad vecinal, el amor a la naturaleza, la importancia de lo sencillo, el espíritu de lucha, el trabajo constante y una gran dignidad que defendían a capa y espada (mi tía siempre decía: «De pueblo y a mucha honra»). Ellos en aquel momento eran como los de La Cabrera; cuando yo iba allí, entraba en un medio de subsistencia anclado en el tiempo en el que me mimetizaba y me sentía como en mi propio hogar.


Por otro lado, también heredé de mis padres esos mismos valores, pero sumándole su espíritu de aventura y de abrir nuevos y mejores horizontes. Nos dieron estudios universitarios con gran esfuerzo, pues decían que la mejor herencia era la oportunidad de tener una vida mejor, más cómoda y con menos sacrificios que los que ellos vivieron durante la posguerra. De hecho, con el tiempo, los del pueblo se enriquecieron mucho más que mis padres en la ciudad; mi padre trabajaba sin vacaciones en la obra y mi madre era ama de casa, pero no paraba ni un momento para cosernos toda la ropa, cuidarnos y llevar la estrecha contabilidad doméstica. 


Así, disfruté del espíritu de los inicios de la libertad y de las movidas culturales de los años 80 y 90, de viajes en Interrail con lo justo en el bolsillo y, gracias a esos cimientos, no me he aburguesado. No soy millonaria, pero he tenido la gran suerte de trabajar en aquello que me apasionaba, la docencia, y he vivido experiencias que volvería a repetir si volviera a nacer. Todo ello me ayuda a vivir los avatares de la vida con el mismo espíritu de lucha y empuje que cuando era joven y con fuerzas.


Al mencionar las Hurdes, famosas por el documental de Buñuel, Carnicer nos interpela: «Si creían que lo peor eran las Hurdes, miren hacia La Cabrera». Yo le añadiría: «y a tantas otras zonas de nuestra geografía».
 

Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora
Lo más leído