Para ser torero primero hay que parecerlo. Y él lo parece. También hay que tener ese punto extra de locura que no impida ponerse delante de la cara del toro, y él cuenta con ello. Es calmado, sabio y listo. Trata de usted a los desconocidos, agradece hasta el más mínimo detalle y le encanta hablar de toros: “Conversaciones de arte”, dice.
No hay muchas personas como él, mucho menos chavales. No porque quiera ser torero, que de esos, aunque no lo parezca, hay bastantes, sino porque tiene esa capacidad de enganchar y encandilar a la gente en pocos minutos. Es más bien alto, elegante, anda recto, despacio y con clase. Está siempre en torero: tiene torería. Defínase este término, torería, como un sinónimo de chulería, pero de la buena, de la chulería de aquel que sabe que tiene arte y personalidad convencido de que, sin nada estrafalario, tiene ese “algo” que no tienen los demás. Se llama Diego González, es natal de Palencia y acaba de terminar segundo de Derecho en la Universidad de León.
Su sueño de siempre
Ahí estaba él en el Café Bar Azaila 1930. Vestía Barbour, un polo metido por dentro del chino y zapatos de hebilla. Nada mal para estar en tiempos donde las figuras visten camiseta, pantalones de chándal y deportivas Nike. Los toreros siempre vistieron de traje. A los dos minutos del encuentro, Morante de la Puebla ya era motivo de conversación, por no decir tertulia. Desde entonces hemos vuelto a quedar varias veces y sería mentira si se afirmase que el 90% de nuestras charlas no han sido sobre toros. Sin embargo, es su historia lo que más curiosidad genera: un chaval de Palencia que desde pequeño tiene el sueño de ser torero, que está estudiando Derecho en León y tiene pensado opositar a juez una vez la acabe, pero que a su vez ni olvida ni cierra la puerta a lo que siempre quiso ser. En cierta medida puede que sea, además, un acto revolucionario. En León, por cierto, también ha echado raíces, pues recientemente se ha hecho hermano de la Cofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno.
“Cuenta mi madre que ya con cinco años me llevaba con mi abuelo a los toros en Palencia y con siete yo ya jugaba al toro con el capote, la toalla o lo que tuviera por casa”, explica. Y ante su incredulidad por ver a chicos de su edad ponerse delante, decidió apuntarse a la Escuela Taurina de Medina de Rioseco, en Valladolid, que era la que más cerca le quedaba por entonces. Allí estuvo nueve años, forjándose poco a poco cada sábado de septiembre a junio, con todo lo que conllevaba a nivel familiar: “El sacrificio no era solo mío, mi padre trabajaba esos días por las mañanas y después siempre me tenía que llevar en coche hasta Medina”. En 2020 se abrió una escuela taurina en su ciudad, se unió al año siguiente y en el 2022 la abandonó “por motivos académicos”. “Allí fue donde más pude exprimir mi toreo más artístico, tuvimos doce clases prácticas y también muchas jornadas de campo”, reconoce. Aun así, se aventura a señalar que lo dejó en su mejor momento, cuando “peleaba por finales en certámenes”: “Nunca me quise ir un estado bajo de forma y sabía que si lo compaginaba con los estudios no iba a poder dar el 100%”.

Sin estar en activo en la actualidad, no descarta que en el futuro vuelva a apostar por el toro. Tiene la cabeza muy bien amueblada, sabe lo que hace y toma consejos de quien debe: “Muchos maestros me decían que siempre había tiempo de volver al toreo y se ha demostrado que no hay edades, pero en la carrera no, que al final puede ser lo que más te dé de comer. Pablo Aguado, por ejemplo, tiene estudios de Economía, dejó el toro al lado y luego lo retomó, así que una vez que acabe Derecho puede ser que lo pueda compaginar, pero es que el toro te exige pisar el acelerador todos los días y es complicado”. Y añade: “Eso sí, la gloria que te da el mundo del toro ni te la da ni la carrera ni el mejor examen”.
Con la posibilidad de un posible retorno en unos años, cabe otra a mayores, que es la de mezclar el mundo taurino y el del Derecho. “Podría ser una salida, sí”, comenta al tiempo que explica la gran correlación entre los dos ámbitos: “Hablando de contratos en la carrera yo me acordaba de los que firmaba cuando era novillero o de cuando tenías que estar en la Guardia Civil haciendo los informes del festejo”. Todo ello, claro está, por “contribuir” paracon la tauromaquia: “El toro y su mundo ha sido lo que más me ha dado en educación y valores junto con mi familia. El respeto a los mayores, cuando pides permiso al ganadero o al presidente, cuando llamas maestro al torero…”.
Con todo, la afición por los toros Diego la lleva de forma comedida: “Se la he reconocido más a gente de la residencia y de fuera de la facultad que de dentro, por desgracia vivimos en una sociedad en la que no se puede mostrar esta afición por el qué dirán”.