Hoy la lluvia ha empezado a caer hacia arriba. No ha sido una tormenta, sino una filtración inversa: el suelo de mi alma está empapado de un agua vieja que no reconoce las nubes. Me senté frente al ventanal, observando cómo el mundo exterior mantiene su barniz de perfección.
Las personas son engranajes bien engrasados que giran con una precisión insultante. Yo, en cambio, soy un reloj de arena al que alguien le ha roto el cristal. Los granos de mi presente se mezclan con el polvo de mis miedos y han trastocado mi percepción del transcurrir del tiempo. Hay una mano invisible que no sólo me aprieta, sino que también me desdibuja, borrando los bordes como si yo fuera un dibujo hecho con tiza bajo la marea.
17 de mayo
He lanzado palabras al aire para ver si rebotaban en las paredes, pero el eco ha regresado con una lectura extraña. Mi voz ya no es un hilo de seda; es un crujido de una madera seca, que se dobla bajo un peso que no tiene nombre.
He buscado mis pertenencias, intentando anclarlas a la tierra. Pero al decir «silla», el objeto ha parecido dudar de su función. Al pronunciar mi nombre, el aire se ha vuelto denso, como si estuviera escribiendo una palabra en un idioma muerto que sólo las sombras comprenden. Siento que mi cuerpo es una casa alquilada donde el verdadero dueño acaba de abrir la puerta con su propia llave. Se ha sentado en el rincón más oscuro de mi mente y ha comenzado a desempacar sus inviernos.
19 de mayo
He mirado al cristal y no he visto un rostro, sino un mapa de islas abandonadas. Me acerqué al espejo buscando a la mujer que solía habitarme, pero sólo encontré a una guardiana cansada. Sus ojos eran dos pozos que no reflejaban la luz, sino que la devoraban.
Toqué la superficie fría y sentí que el cristal era, en realidad, una membrana. Del otro lado, la «otra» me miraba con una piedad que me heló la sangre. Ella no es un monstruo; es la versión de mí que sobrevivió al naufragio y ahora reclama su lugar en la balsa. He cubierto el espejo con una sábana, como quien tapa un cadáver que aún respira. No es miedo; es el pudor de ver cómo la hiedra devora finalmente la estatua.
21 de mayo
Un recuerdo feliz ha cruzado mi mente como un pájaro de fuego en un bosque de ceniza. Fue una caricia, una risa bajo el sol, un momento en que el tiempo era un río manso. Pero al intentar tocarlo, me he quemado los dedos.
Mis recuerdos están siendo colonizados. Lo que antes era mi historia ahora me parece una película muda proyectada en una lengua extranjera. Soy una turista en mi propia biografía, leyendo los subtítulos de una vida que ya no reconozco como mía. La memoria ya no es un refugio; es una expropiación.
23 de mayo
He salido a la calle y me he sentido como una astronauta caminando sin escafandra por el fondo del océano. El oxígeno de los demás es mi veneno. Cada sonrisa de un extraño es una grieta en mi realidad, un recordatorio de que ellos viven en la arquitectura del «sí», mientras yo me hundo en la geometría del «quizás».
Nadie ve la fisura que me recorre de arriba abajo. Caminan sobre el abismo como si lo hicieran sobre asfalto sólido. La soledad no es estar sola; es ser la única que escucha cómo se resquebraja el cielo mientras todos los demás comentan la bonanza del tiempo.
25 de mayo
La marea ha dejado de rugir. El silencio ha echado raíces en mi garganta. Ya no hay lágrimas porque el río se ha secado o, quizás, porque se ha convertido en hielo.
Anoche, la presencia no fue una sombra, sino una pesada manta de terciopelo. Se sentó a mi lado y me tomó la mano. Su tacto no era frío, sino de una calidez mineral, como una piedra que ha estado mil años bajo el sol. Por primera vez, dejé de luchar contra el naufragio y decidí respirar el agua.
Lo que me aterra no es la oscuridad, sino lo cómoda que empieza a resultarme la cama que me ha dispuesto. Estoy dejando de ser náufraga para convertirme en mar. Si alguien encuentra este diario, que sepa que no se produjo una explosión. Sólo hubo un lento y elegante proceso que me convirtió en humo.
Lo más triste no es perder el hilo de la cometa. Es darse cuenta, por fin, de que, es el viento quien manda. Y que yo, ya no tengo ganas de volver a tierra.
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