El pasado lunes por la mañana me llevé a mis cafés leídos el último poemario de la también colaboradora de este diario, Marina Diez, adquirido en la pasada Feria del Libro de León, en su stand de Mariposa Ediciones, ‘Las que nunca fueron vistas’, (Bajamar Editores, Gijón, mayo de 2026). Mas, no teman, el texto que sigue no es, ni siquiera lo pretende, reseña o crítica de dicho libro. No llegan a tanto las osadías de este «incurable aprendiz de escribidor» que lo firma. Es una confesión pública de las sensaciones, las emociones con que se ha visto enriquecido un lector que tiene escrito que «Lee… ¡para aguantarse!», que «Lee… ¡para salvarse!». Y si se las cuento hoy es porque no había terminado de leer la primera solapa cuando ya sentí, a la mesa que ocupaba en el café, las dignas, imprescindibles presencias de algunas de mis mujeres ancestrales y ausentes. Y es que en ella, la solapa, ya se anuncia que Marina escribe «desde ese lugar: el de las manos que trabajaron antes…, el de las ausencias que siguen sentándose a la mesa»; que «su poesía es una forma de volver, de abrir las ventanas en casas antiguas y dejar que entre la luz»; que dicho poemario «nace de esa necesidad de nombrar lo que sostuvo el mundo en silencio».
Cómo, entonces, no iban a sentarse a mi mesa mi abuela paterna, abuelita Evelia, mi madre, Covadonga y unas tías, de sangre, Luz, política Enriqueta…, cuando a la lectura de tan sencilla advertencia se me (re)presentaron, primero, en el recuerdo de la casa de infancia y juventud y luego, por memorias de discretísimas oralidades, casi, casi susurradas –las paredes oían–, mucho más atrás en la historia de sus sangres, mías ya también.
Después, terminado el café y regresado a casa, publiqué estas sensaciones tenidas en la red social que más utilizo y me preguntaba, como después me pregunté en varias ocasiones a lo largo del libro: ¿si sería este efecto eso que los eruditos, incluidos los a la violeta, llaman «realismo mágico»? Y, de alguna manera, prometía contar más de él, el libro, una vez terminada y reposada, cavilada su lectura. Por eso aquí comparezco y digo y firmo algunas cosas de este libro, sus poemas, sus versos. Porque las cosas que me rozan y emocionan creo que es bueno que se sepan por si a alguien más acerco al mismo placer. Veo mundo y hombres tan endurecidos que tal parece que estuviesen por prohibir sentir y emocionarse.
Y sí, siguieron acompañándome mis ancestrales mujeres día y tarde en la completa leida del poemario, afirmando silenciosamente la verdad de los poemas, cabeceando hasta, a veces, con ojos anegados de memoria, a veces, también de orgullo y gratitud, pues ya desde el mismo prólogo -sabido después pleno de certeza, justicia y merecimiento- fruto de la sensibilidad y conocimiento de la poeta, su medio y su poética, escrito por la cuentista infantil y también poeta Vanesa Díez que sabe clara y bellamente avisar de que en ‘Las que nunca fueron vistas’ «no se inaugura una memoria: se desentierra». «No se inventan voces: se devuelven”; que «Hay en este libro una ética de la raíz», «una convicción serena y luminosa: nada de lo que ellas sostuvieron fue en vano». Que «Marina no escribe desde la nostalgia, sino desde la restitución. Nombra a Donatila, a Magdalena, a Eudosia, y al hacerlo convierte el acto de nombrar en un gesto político y amoroso a la vez», pues «decir sus nombres es inscribirlas, por fin, en la cartografía visible del mundo».
Cómo, cómo sustraer de esta lección poética la presencia de mi ancestrales mujeres, sus memorias, cuando en el primer verso del primer poema Marina proclama que como ellas, las mías, como tantas y tantas sin duda alguna, las suyas «Ellas fueron las manos que tejieron el mundo / pero nadie las nombró»; cómo cuando «Las abuelas guardaron historias en sus delantales, / hilos de memoria que nunca se rompieron»; cómo «Fueron las que rezaban sin fe, / y las que cantaban sin voz / las que sembraban trigo y paciencia / con las manos rotas de tanto dar». Cómo no recordarlas, compartir con ellas este libro si «...cuando las decimos en voz alta / el mundo se ilumina».

Cómo no leerle a mi abuelita Evelia y a mi madre, que, como las abuelas de Marina, ella también «tenía las manos rotas / de sostener el mundo entre los dedos»; cómo no reconocerles que ninguna de ellas, aun sus «manos rotas» «...nunca dejó caer lo que amaba». Cómo cada una «sostuvo el aire, la tierra, los libros y nuestras vidas»; cómo «sus manos siguen aquí, / en cada página que pasamos», en cada uno de sus recuerdos atesorados.
Cómo no leerles a todas ellas lo que aun ya sabido de ‘Las mujeres de las minas’, y algunas otras, que «Cuando los hombres no volvían / sostenían las casas / y los inviernos», que «guardaban las palabras / y las cosían en la ropa, / como quien cose el tiempo / para no perderlo».
Y qué decirles, con qué entonación leerles, esa prevención educativa que tantas veces con otras palabras les escuche y sentí ir haciéndose en mí; esos versos del poema ‘Carta a una hija que aún no nació’ y enseñan: «Te hablarán de héroes y reyes, / pero quiero que sepas / que las verdaderas conquistas / se hicieron en silencio, / con manos que nunca soltaron / y corazones que nunca cedieron». Y mientras, saber que tantos y tantos siguen creyendo o pensando que derechos y libertades son cosas, que ni por bienes tienen, que cayeron del cielo.
Cómo silenciarles la lenta, casi si-la-be-a-da lectura de esa dolorosa memoria común de ‘Lo que no quemaron’ que así comienza: «Quemaron cuerpos, / pero no ideas. / Quemaron palabras, / pero no silenciaron la verdad»; y así termina: «No quemaron la fuerza. / No quemaron la voz. / No quemaron la vida / que sigue ardiendo / en cada historia / que nos atrevemos a contar».
Cómo ocultarles a ellas, mis ancestrales mujeres, mis presentes ausencias lo que hoy, salvo voluntaria y extrema necedad, sabemos todos los hombres: que «las mujeres conocen el fuego. / Lo llevan dentro. / como una chispa que nunca muere». Que «convierten el dolor en fuerza, la pérdida en semilla, / y el silencio en voz». Que «las manos que un día temblaron, / hoy sostienen mundos», tal y como escribe o canta Marina en su poema ‘La ceniza no es el fina».
Cómo no cantarles con alegría que quise contagiosa que «vuelven. / Las que nadie nombró, / las que cargaron con el peso del mundo / sin que nadie las viera. / Las que tejieron días / y sembraron mañanas / aunque la historia las borrara». Que «vuelven, con pasos firmes / y ojos que ya no bajan la mirada». Que «no vienen solas». Que «traen consigo las lágrimas secas, / las rabias contenidas, / y las canciones que nunca pudieron cantar». Que «traen la memoria de todas las que callaron, /de todas las que no pudieron alzar la voz, / y ahora gritan a través de nosotras» y añado muchos de nosotros, cada día más.
Cierro el poemario. Miro nublado a mis ancestrales mujeres. Contemplo sus húmedas miradas. Compartimos en elocuente silencio la emoción que la lectura de ‘Las que nunca fueron vistas’ ha producido en sus memorias y conciencias, cómo se han sentido reconocidas, mientras yo atesoro esta mayúscula suerte de momentos compartidos. Parpadean ellas, parpadeo yo para aclarar la vista y, sin consigna alguna, mas al unísono, decimos desde lo más intimo con nuestras voces y tonos recuperados: Gracias, Marina, por este justo y reparador poemario. Muchas gracias.
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