De la oscuridad a la luz

José Ignacio García comenta el libro de José Antonio Abella 'Agnus diaboli'

José Ignacio García
10/12/2022
 Actualizado a 10/12/2022
El autor burgalés José Antonio Abella.
El autor burgalés José Antonio Abella.
‘Agnus diaboli’
José Antonio Abella
Valnera Ediciones
Novela
600 páginas
24 euros

Hay libros que, aun conociendo al autor, a uno lo pillan por sorpresa. Por agradable sorpresa. Es el caso del que hoy nos ocupa. Y es que estaba todavía relamiéndome con el recuerdo de la última obra de José Antonio Abella, ‘Aquel mar que nunca vimos’, en la que apoyándose en ese género que se ha dado en llamar «novela de no ficción», recreaba la figura del profesor catalán Antonio Benaiges, su labor al frente de una pequeña escuela rural burgalesa, y la impronta que dejó impresa en sus alumnos antes de que los hijos de la sinrazón lo fusilaran apenas iniciada la Guerra Civil. Y mientras me relamía de aquella lectura (de la que di buena cuenta el pasado año en este mismo escaparate cultural), me sorprende a mí y a su legión de incondicionales seguidores el escritor, escultor y galeno burgalés afincado de antiguo en Segovia con una nueva criatura mastodóntica en gramaje y en contenido. Y además nos sorprende por partida doble el autor, entre otras novelas importantes, de ‘La sonrisa robada’, con la que consiguió el Premio de la Crítica de Castilla y León, en 2014. Como digo, nos sorprende doblemente; en primer lugar, por la cercanía, casi por la inmediatez, en la publicación de ambas novelas y, sobre todo, porque con ‘Agnus diaboli’ Abella retoma la senda de la ficción de alto voltaje, la que solo está al alcance de esos pocos elegidos que manejan la palabra como repuja el oro, y lo convierte en filigrana, un orfebre o arranca de su instrumento los compases más conmovedores un músico virtuoso.

Dedica la novela el autor a su nieta Lucía, «con la esperanza de que pueda crecer en un mundo de luz clara y sombras leves», y a partir de ahí, y durante la friolera de seiscientas páginas, la trama surge de lo lóbrego, de lo oscuro, del inframundo, para consolidar una joya luminosa e imaginativa, que arranca «recuadrando» a los lectores incautos y a los malintencionados que todo parecido con la realidad es pura coincidencia, si lo que se busca es comparar el argumento de ‘Agnus diaboli’ con la polémica que rodeó a Abella y que recorrió medio mundo a raíz de la construcción del diablillo que cinceló por encargo del Ayuntamiento de Segovia y que despertó las iras de los sectores más trasnochados de la ciudad del acueducto, llegando a ocupar un lugar destacado en rotativos tan representativos de la esfera terrestre como The New York Times.

No obstante, para los que consideren inevitable la comparación entre aquella realidad y esta novela, recurre Abella al ingenio, la ironía y el humor para salir bien librado del entuerto. Y de todos es bien sabido que manejar con acierto el desparpajo resulta con frecuencia más complicado que propagar un libelo rencoroso, anodino y de efectos lacrimógenos.

También podrán pensar algunos, dado el título latino, que la novela es sesuda, compleja, rebuscada, exigente y que no está al alcance de cualquier lector. Y no les faltará razón; porque, aunque –como cuenta el autor en la esclarecedora nota final– el diablo odia el latín, y quizás el uso de latinajos sea una especie de amuleto idiomático frente al maligno, el texto rebosa erudición, conocimiento, juicio, valoraciones sobre la política, la literatura, la sociedad o la religión. Pero también atesora una prosa tan atractiva, que, como si se tratara del superventas más adictivo, empuja a seguir leyendo sin parar para sumergirse en lo más frondoso de un argumento que atrapa a lo largo de una cuarentena de capítulos.

Yo mismo, que siento últimamente esa suerte de vocación bombera del que tiene que estar apagando fuegos abiertos en diferentes frentes, y apremiado por las urgencias, me sentí al tener el libro entre mis manos como el novillero que espera que aparezca un utrero cómodo de armamento por la puerta de los sustos, y se encuentra con un portaviones que tiene un par de alfanjes por pitones. Y, sin embargo, me embebí tanto con la lectura, me enredó tanto la trama que de la primera sentada me leí casi un tercio de la novela, sin que se hiciera pesada ni precisara de una infusión de bicarbonato para hacerla más digestiva.

Sitúa Abella la historia en una ciudad imaginaria, «la muy noble, muy vetusta, muy pintoresca y muy endemoniada» Agghiarka, y en un país figurado, Akantolia. La ciudad está bañada por las aguas turbulentas del río Gaamkar, y a esas aguas procelosas –tras sufrir una grave pérdida familiar– quiere arrojarse desde el puente de San Küpriam el escultor Jozseph Kirlian, pero en el último momento surge de la nada el millonario norteamericano Amadeus Goggins (¿o quizás el propio demonio disfrazado de rey Midas?) para que desista de sus intenciones, invitándolo a tomar algo en un antro de mala reputación, de nombre Parthénope. Allí ambos personajes conocen a una niña, Djavnina, que ejerce la prostitución más aberrante y precoz. Goggins trata de comprarla por un precio desorbitado, para arrancarla de la nefasta influencia de una madre que ejerce el mismo oficio que la hija y de un padre drogadicto, y al final termina adoptándola hasta que alcance la mayoría de edad, cediendo su tutela a Kirlian y confiando su educación a un maestro portugués, que responde al rimbombante nombre de Simáo de Magalháes e Pinto da Silveira, y que se encargará de convertir a Djavnina en la protagonista estelar de la novela.

En cuanto al estilo y los recursos empleados, nos deja pegados el autor con el adhesivo de sus metáforas prodigiosas como «ropas que pingan al sol», nos deslumbra con ambientaciones cinematográficas, con afortunadas combinaciones de narración en presente y fragmentos de diarios escritos por el escultor en un tiempo más reposado, nos conmueve con unos diálogos incisivos y atinados y con reflexiones en las que la intuición, la verdad -‹‹esa palabra tan extraña››-, el bien, el mal, la defensa de la dignidad femenina, lo divino, lo demoniaco o la luz o la oscuridad parpadean continuamente.

Alude también a lo largo de estas páginas Abella a numerosos escritores clásicos y contemporáneos, manifiesta su pasión por el italiano Papini –es magnífica la conversación apócrifa que mantiene con él–, y por otros como Tomás Sánchez Santiago, que en los albores de este siglo elevó a los altares de las letras castellanas y leonesas su monumental Calle Feria.

Ahora, quizás para llevarle la contraria al propio Abella, cuando asegura que «el olvido avanza más deprisa que el tiempo», y para compartir lo más alto del podio literario con la novela del maestro zamorano afincado en León, nace esta criatura de pretensiones memorables; esta maravilla que, una vez abiertas sus páginas, y parafraseando a la propia Djavnina en sus postrimerías, es una especie de piedra filosofal, capaz de convertir en luz todo aquello que toque.

José Ignacio García es escritor, crítico literario y coordinador del proyecto cultural ‘Contamos la Navidad’.
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