Director: Guillermo del Toro, Mark Gustafson.
Intérpretes: Gregory Mann, Ewan McGregor, David Bradley, Christoph Waltz, Ron Perlman.
Género: Animación / Fantástico.
Duración: 117 minutos.
Partiendo de las bases de una historia que todos conocemos, y haciendo uso de una detalladísima técnica de animación ‘stop motion’, Guillermo del Toro reinventa el clásico cuento de ‘Pinocho’ para Netflix, desde una perspectiva íntimamente personal y más madura que sus versiones anteriores, actualizándolo a un presente donde no todos los niños son de verdad, ni tienen por qué serlo.
A quien quiero engañar, soy el primero receloso de la historia de Pinocho. Incluso de pequeño me escamaba que un niño de madera cobrase vida, más aún cuando comprendí que este venía a sustituir la pérdida de un hijo de carne y hueso. Gepetto era esa figura tierna y paternal, que construye a Pinocho fruto de la pena y el amor. Pero en ningún momento de la narración se discute lo tétrico de sus acciones. Sinceramente, ¿a quién, en su sano juicio, se le ocurre llenar el vacío dejado por su hijo con una marioneta?. Pero a Disney no le interesa que los niños se cuestionen la moralidad de Gepetto, ni su parafilia por los muñecos, tan solo quiere contar una fábula que enseñe a los niños a ser buenos y a comportarse de acuerdo a lo que está normativamente bien, y las consecuencias de no hacerlo. Se podría decir que el cuento logró su propósito, a todos nos habrán dicho en algún momento que si mentimos nos crecerá la nariz o que no hablemos con extraños. Pero, por desgracia, no a todo el mundo le habrán dejado ser quien quiere ser, ni se habrá sentido aceptado, aun por sus propios padres. Hay cientos de relatos como el Pinocho de ‘la compañía del ratón’, cuyas lecciones, tan básicas como necesarias, han calado tanto en la memoria colectiva que no hace falta volver a contarlas. Los nuevos tiempos precisan nuevos cuentos, con moralejas actuales y renovadas, que sirvan a los niños de hoy en día como les sirvieron a los de aquel entonces.
De manera que, cuando se anunciaron, no una, sino dos películas de Pinocho para 2022, una producida por la propia Disney y otra por Netflix, solo cabía asumir que al menos una, si no ambas, sería una remasterización del clásico edulcorado. Y, mientras que la de Disney es exactamente eso, tan reglamentaria y predecible como la original, pero sin la magia característica de los dibujos tradicionales; la de Guillermo del Toro es una reinterpretación del cuento original escrito por Carlo Collodi en 1881, la cual, gracias a su particular estilo de animación fotograma a fotograma (‘Stop motion’), que ha tardado 15 años de duro trabajo en manufacturarse, crea su propia magia. Ya que, como mencionan en su muy recomendable documental detrás de las cámaras, también en Netflix, ‘si animas lo ordinario, se vuelve extraordinario’.
En su versión, del Toro explora los aspectos más lúgubres del clásico relato, algo que le viene como anillo al dedo al estilo del director, caracterizado por un cine rocambolesco y oscuro, donde lo fantástico baila con lo real, pero que esconde una belleza mágica y, en sus proyectos más personales, un mensaje directo al corazón. Su Pinocho se encuadra en este selecto grupo, junto con sus obras maestras, como ‘El Laberinto del Fauno’ o ‘La forma del agua’; presentándonos una historia de amor entre padres e hijos, con sus luces y sombras.
‘Pinocho de Guillermo del Toro’ no esconde sus cartas, y desde su primera escena muestra su planteamiento más adulto, adentrándose de lleno en el duelo de Gepetto por la pérdida de su primer hijo, Carlo. Esta situación, devastadora para cualquier padre, a pesar de ser la razón principal por la que aquel termina creando a Pinocho, es sorteada de puntillas por la historia que todos recordamos. En esta ocasión, Gepetto deja de ser un anciano entrañable, con una paciencia y bondad infinitas, para convertirse en un hombre traumatizado y ermitaño, que busca al hijo que perdió en el fondo de una botella. Y una vez lo sustituye por Pinocho, se resiente de que su creación no se parezca más a Carlo, ya que el comportamiento irritante e infantil de Pinocho, propia de un niño que, literalmente, nació ayer, lo exaspera hasta el rechazo.
Es en el rechazo donde el ‘Pinocho de Guillermo del Toro’ encuentra su contraparte e inspiración literaria: el ‘Frankenstein’ de Mary Shelley. Ya desde su concepción, fruto del alcoholismo y el delirio del maestro carpintero, Pinocho es una figura grotesca, antropomórfica pero antinatural, hasta el punto de que su propio padre, se horroriza en primera instancia por lo que ha hecho. Tanto la creación de Víctor Frankenstein como la de Gepetto, nacen con una naturaleza ingenua y bondadosa, y ambos son repudiados por su aspecto físico. Sin embargo, mientras que la de Frankenstein, debido al odio y a la influencia negativa del mundo, se acaba convirtiendo en un monstruo; Pinocho no solo mantiene su buena voluntad, sino que además mejora la de los demás. No aprende del mundo, el mundo aprende de él. Del mismo modo, Gepetto, al contrario que Frankenstein, termina por redimirse, aceptando a su criatura tal y como es.Y es que toda la trama se construye entorno a dicha aceptación del atípico protagonista. El director defiende el carácter desobediente y curioso de Pinocho, situándolo como algo inherente a la personalidad de este. Una personalidad que es constantemente recriminada por los demás. Más en el contexto histórico de la cinta, la Italia de Mussolini, donde los fascistas, colmados de disciplina y orden, se sitúan como los villanos de la película. No es casualidad que uno de estos se refiera a Pinocho como ‘un pensador independiente’, como si este fuera una amenaza a su concepto de ‘corrección social’, algo inaceptable. Porque no hay nada que de más miedo a un xenófobo que lo diferente.
Del mismo modo que la historia original de Pinocho buscaba alienar a los niños de entonces, con sus enseñanzas universales sobre el bien y la obediencia, esta última adaptación es más una lección para los padres, que no deben tratar de educar a sus hijos cambiándolos, sino guiándolos por la vida sin olvidar quienes son. No existen los niños ‘de verdad’, solo los que necesitan amor y comprensión, aunque sean de madera.