Cuando el cine también piensa: el leonés Pablo Huerga reivindica a los directores como filósofos

El filósofo leonés presenta su último libro Filosofía, cámara y acción donde defiende la capacidad del séptimo arte como un ámbito de reflexión porque "puede decir más de lo que los argumentos pueden proponerse"

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21/10/2026
 Actualizado a 21/10/2026
La portada de la obra y una imagen de su autor, el leonés Pablo Huerga. | REMA Y VIVE
La portada de la obra y una imagen de su autor, el leonés Pablo Huerga. | REMA Y VIVE

Hay una cierta paradoja en el hecho de que la filosofía haya podido mirar con recelo a una de las artes que con mayor eficacia reproduce, interroga y transforma el mundo. ¿Puede un director de cine ser un filósofo? Esa es la propuesta del leonés Pablo Huerga Melcón, estudioso de las relaciones entre pensamiento y cultura, para quien la respuesta es, sin duda, afirmativa. Al menos en la medida en que las películas articulan ideas, examinan conflictos y ensayan respuestas a preguntas fundamentales de la existencia. Su tesis, sin embargo, tal y como reconoce el propio autor, provoca y sigue provocando cierta «urticaria» en algunos filósofos.   

Su nuevo libro, ‘Filosofía, cámara y acción. Apuntes de Filosofía y cine’, (Rema y Vive, Gijón, 2026) nace de las clases impartidas en el Programa Universitario para Mayores de la Universidad de Oviedo. Aquellas sesiones fueron, según recuerda, una «auténtica fiesta», y el entusiasmo compartido terminó por convertir en libro lo que inicialmente había sido una promesa hecha en el aula. Quince capítulos y una coda componen el volumen. Doctor en Filosofía por la Universidad de Oviedo, donde defendió en 1997 una tesis sobre filosofía, ciencia y sociedad bajo la dirección de Gustavo Bueno, Huerga Melcón (Benavides de Órbigo, 1966) ha desarrollado una trayectoria intelectual en la que el materialismo filosófico, la educación y el análisis de la cultura ocupan un lugar central.

A esa línea pertenece también ‘La ventana indiscreta. Una poética materialista del cine’, aparecida en 2015, antecedente directo de esta nueva obra donde la cuestión que lo vertebra exige detenerse un instante en la naturaleza misma del cine. Una película no es únicamente una historia que transcurre ante el espectador: es también una manera de presentar el mundo. «Toda obra cinematográfica encierra contradicciones que desbordan los límites de su propia construcción. Por otra parte, el cine estudia los haceres humanos en los más diversos contextos escénicos, entre los cuales están también los haceres filosóficos», señala el leonés. 

De ahí que las películas puedan decir más de lo que sus propios argumentos parecen proponerse. El filósofo advierte que «ninguna película constituye una totalidad cerrada y autosuficiente de sentido». Bajo la superficie de la trama permanecen contradicciones que la desbordan, preguntas que no se resuelven y conflictos que sobreviven al desenlace. El cine no necesita, por tanto, disfrazarse de tratado ni introducir a un filósofo en escena para pensar filosóficamente. Le basta, en ocasiones, con colocar a un ser humano ante una decisión cuya complejidad no admite respuestas sencillas.


De ‘Blade runner’ a ‘Tesis’

La historia del séptimo arte ofrece un repertorio casi inagotable de esas interrogaciones. Marco Ferreri lleva directamente a la pantalla ‘El banquete’, de Platón, mientras que ‘El puente sobre el río Kwai’ permite a Huerga Melcón establecer una lectura a partir del mito platónico de la caverna. La pregunta por lo humano atraviesa ‘En busca del fuego’ y ‘Blade Runner’; la verdad se vuelve materia de disputa en ‘Rashomon’ y ‘Tesis’; la justicia comparece en Vencedores y vencidos, y el mal encuentra una de sus expresiones en ‘El tercer hombre’. La llamada sirve para abordar la idea de Dios, mientras que la ciencia ficción convierte la propia noción de mundo en un territorio de especulación.   

El cine reflexiona incluso sobre sí mismo, como sucede en ‘La ventana indiscreta’, y el amor, recuerda el autor, ha suscitado tantas variaciones que sería imposible agotarlas. También los filósofos, sus vidas y sus ideas han pasado por la pantalla: Sócrates, san Agustín, Tomás Moro, Giordano Bruno, Marx y Wittgenstein; Aristóteles como maestro de Alejandro, o Marcuse sometido a la «profunda acidez cómica» de ‘¡Ave, César!’, de los hermanos Coen.

Entre los cineastas contemporáneos, el «genial» Alejandro Amenábar representa para Huerga Melcón un caso especialmente revelador. Desde ‘Mar adentro’ hasta ‘Ágora’, ‘Mientras dure la guerra’ y ‘El cautivo’, su filmografía se adentra en cuestiones que conciernen a la libertad, las creencias, la historia y la identidad. En ‘El cautivo’, como también en ‘Tesis’, la relación entre realidad, ficción, verdad y belleza adquiere una relevancia particular. «Prácticamente todas sus películas son filosóficas explícitamente». No se trata de que el director ilustre conceptos previamente elaborados por la filosofía, sino de que se valga del lenguaje cinematográfico para desarrollar planteamientos que pueden pertenecer, por pleno derecho, al ámbito del pensamiento. 


Directores de cine escépticos

Así, el cine, como las propias escuelas filosóficas, puede discrepar y confrontar también. «Podría hablarse de directores de cine materialistas, idealistas, pragmáticos o escépticos», señala el leonés. Aunque la obra cinematográfica sea fruto de un trabajo colectivo, el director, desempeña un papel decisivo en la perspectiva desde la que se organizan los conflictos. La filosofía, en esta concepción, aparece también en las imágenes, en las decisiones formales y en las consecuencias que una película hace experimentar al espectador.   

Tal vez sea precisamente ahí donde se encuentre el motivo de aquella «urticaria». El cine puede actuar como instrumento de propaganda, vehículo ideológico o mecanismo de manipulación política, y Huerga Melcón no pretende absolverlo de esas cuestiones, pero tampoco reducirlo a ello. En ‘Filosofía, cámara y acción’, Pablo Huerga Melcón propone, en definitiva, ampliar el lugar donde buscamos el pensamiento. Quizá no siempre se encuentre donde habla un filósofo, ni adopte la forma solemne de un argumento. A veces está en un plano, en una mirada o en la decisión irreparable de un personaje. Y quizá la pantalla, lejos de ser un mero espejo del mundo, también constituya uno de los múltiples lugares donde ese mundo se interroga a sí mismo.

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