La imagen de la armazón después de esta reforma no difiere mucho de la actual, con sus ocho arcos, algo más de ochenta metros de longitud y un ancho de unos cinco metros destinados a la circulación de los peatones. Se trata de una de las referencias arquitectónicas con más tradición de la ciudad. Cerrado desde hace tiempo al tráfico rodado, comunica el barrio del Crucero con el Paseo de la Condesa. Cruzado a lo largo de la historia por infinidad de peregrinos, su imagen, con aire de edificación intemporal, está asociada al actual parador de San Marcos y así aparece en numerosas postales, en una elocuente simbiosis que hace referencia al camino de Santiago, a sus hitos, al pasado de una ciudad milenaria erigida entre la confluencia de dos ríos. La corriente de agua que recogen esas postales de principios de siglo funciona como una metáfora del tiempo, de su curso ininterrumpido que fluye entre un ayer y un mañana, a través de un presente que asoma con la luz incierta que dejan escapar los ojos de los ocho arcos.
Hoy, bajo uno de esos arcos, el que limita con la Avenida de Salamanca, discurren al día miles de vehículos. La imagen decimonónica de esas postales que reflejaban una ciudad suspendida en la eternidad, adormecida en el sueño de su pasado glorioso, ha sido suplantada por otra distinta, la de una ciudad urgida por la prisa, por la indiferencia de quienes se deslizan en sus vehículos bajo el puente, ajenos al sonido evocador del agua que discurre a unos pasos de ellos adaptándose a los pilares del puente, envolviéndolos con sus manos de cristal.
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