El color del dolor

El crítico literario escribe sobre la novela de Isolda Patrón-Costas, 'La vergüenza es de color azul'

José Ignacio García
24/10/2026
 Actualizado a 24/10/2026
Isolda Patrón Costas y la portada de su publicación. | MENOSCUARTO EDICIONES
Isolda Patrón Costas y la portada de su publicación. | MENOSCUARTO EDICIONES

Por lo general, y por extraño que parezca, no conozco personalmente a la mayoría de los autores sobre los que escribo. Y casi lo prefiero, porque evitar la cercanía me absuelve de posibles encontronazos físicos o dialécticos, sobre todo si el escritor cuestionado, o su obra, no salen indemnes de mi particular valoración. Sí es verdad que, muy de tarde en tarde, me llega, como el rumor sordo de las olas mansas que se difuminan cuando acarician la arena de una playa, el comentario remoto de algún aludido por mis comentarios que se dirige a mí con un mensaje aséptico y socorrido que alude a mi generosidad y a la lúcida lectura que he hecho de su novela o de sus relatos. Pero esos casos son insustanciales. Por lo general, no sé (ni me preocupa) si los escritores o sus editores llegan a saber lo que opino de sus publicaciones.

Lo que no me había ocurrido hasta los preludios del pasado verano era coincidir con una autora antes de descubrir su obra. 

Soy, aunque quienes me tratan de cerca no están muy de acuerdo con esa apreciación, bastante tímido. Me cuesta acercarme a alguien desconocido, porque me abruma irrumpir en los arrabales de su intimidad, y, además, cuando comparto espacio, respiración o palabras con más de dos o tres personas, suelo agobiarme, como si me rodeara una multitud en una manifestación o los usuarios de un tren subterráneo en hora punta. Y esa capacidad para turbarme por menos de nada, se hace aún más latente e incómoda cuando la persona que eclipsa mi campo visual es una mujer. 

En semejante tesitura, José Ángel Zapatero, editor palentino de Menoscuarto, se ofreció a presentarme en la feria del libro de Valladolid, y apenas unas horas antes de que le entregasen el galardón, a Isolda Patrón Costas, flamante ganadora del último premio Ateneo Ciudad de Valladolid. Protesté, aduje que no quería entrometerme ni molestar. Pero fue en vano. Cuando volví a pestañear estaba frente a una mujer elegante y feliz, que irradiaba alegría con su sonrisa inabarcable, incluso en los rincones más desportillados del egregio Círculo de Recreo vallisoletano. Por un instante supuse que todo se quedaría en un protocolario hola, qué tal, en un encantado de conocerte, acompañado por mi felicitación obligada y un forzado saludo de despedida, preliminar de mi fuga minina y apresurada. Pero nada de eso ocurrió. No recuerdo si fue el editor o la propia autora quien propuso entretener la espera hasta la hora de su acto estelar en la cafetería del Círculo. Solo admito que me dejé arrastrar sin cadenas, como un peluche sin voluntad, fascinado ya por el personaje que Isolda misma encarnaba, hasta la cafetería y en menos de lo que tarda en disolverse un azucarillo en una taza de café estábamos contándonos nuestras vidas, con la confianza que destilan las amistades eternas o las personas que manifiestan su buena química con sus reacciones a primera vista.

Fue una conversación efervescente como su agua con gas, hielo y limón; y de cine. De eso, Isolda sabe mucho más que yo. Pero también fue un trasiego de reflexiones y confidencias sobre la literatura auténtica, la que atesora verdadera calidad. Y lo agradecí mucho, porque intuí (luego su novela lo ha corroborado) que me encontraba frente a una sacerdotisa de esa religión que adora los dogmas de la palabra bien pulimentada. Fue tan grato el encuentro que, cuando quise darme cuenta, había llegado el momento de decirnos adiós, porque compromisos ineludibles requerían su atención. Mientras se despedía, me prometió que me haría llegar un ejemplar dedicado de su novela, y yo me quedé añorando su presencia, aspirando la estela de su perfume, escarbando en mi agenda para ver si podía asistir a la presentación capitalina a la que cordialmente me había invitado, dudando si de verdad la habrían premiado por escribir una gran novela o porque era una productora cinematográfica muy reconocida y relacionada y, sobre todo, reparando en el título de la novela, me petrifiqué preguntándome por qué, según ella, la vergüenza es azul.

Iba a abandonar el Círculo, sin hacer ruido, casi de puntillas, como un espectro difícil de divisar, cuando Zapatero se acercó para entregarme un ejemplar de la novela. Isolda me había regalado unas palabras hiladas con tinta negra y una caligrafía fácil de desentrañar. Ese gesto certificó que la autora es una mujer de palabra escrita y comprometida. E intuí, sin empezar a leer siquiera las primeras páginas, que tenía razón en lo que me auguraba. No atisbaba el porqué, pero estaba convencido de que la obra iba a pintar nuevas sensaciones en mí y, además, iba a disfrutar mucho del viaje literario.

Diversas tareas ineludibles pospusieron la lectura. Pero cuando me he sumergido en ‘La vergüenza es azul’ he respirado aliviado y he corroborado mi arriesgada certidumbre, vaticinada aquella tarde mágica. Se conceden tantos premios por razones que poco o nada tienen que ver con lo literario, se publica tanta hojarasca prescindible que se atañe al género, edad y estilo de su autor o autora, se siguen unos patrones (en plural y con minúsculas) tan reiterativos en las temáticas, que uno acaba hasta la coronilla de enfrentarse a noveluchas bien redactadas y estéticamente impecables, pero que no acumulan unos gramos de originalidad, de talento, de emoción o de sensibilidad.

Afortunadamente, no es el caso de la que nos ocupa. ‘La vergüenza es azul’, en un año poco feraz, es una de las dos o tres novelas que más me ha conmocionado alcanzadas estas fechas. Es la segunda entrega literaria de su autora, pero muestra ya a una escritora madura, con las ideas claras, que describe y compara con brillantez, que maneja las tramas, las frases, los diálogos y el lenguaje con la solvencia de una novelista consagrada. Ciertamente, suelen aburrirme sobremanera los libros que empiezo a leer y que, habitualmente, abandono apenas iniciada su andadura. En este caso me ha ocurrido lo contrario, no podía aparcar la relación tormentosa que mantienen Clara y Adela. Quería descubrir los continuos enfrentamientos dialécticos y emocionales entre la madre y la hija que protagonizan el eje central, que va y viene en el tiempo, desde la actualidad adulta hasta el pasado juvenil; sometido unas veces a los bamboleos del presente y otras a la óptica adolescente de una Clara demasiado madura para su edad, que abandona, junto a su hermana pequeña, el amparo paterno y catalán para ubicarse en Granada -otro personaje fundamental del engranaje- donde reside una madre bohemia e inestable, que sigue los dictámenes de la secta que la ha captado.

Paradójicamente, tengo la sensación de que la Clara juvenil alberga más convicciones que la exitosa pintora exiliada en los Estados Unidos, quizás porque el discurrir de los años y la experiencia hacen más vulnerables e indecisas a las personas y las dejan huérfanas de certezas.

Me conmueve la policromía de las emociones, los conflictos y los sentimientos, y sobre todo el color con que se pintan el dolor, los traumas mentales, las tensiones psicológicas, el instinto maternal o los miedos, muchos de ellos derivados de los estigmas que acuña una secta en sus seguidores. Y si la tensión va en aumento conforme avanza la historia, mi crispación como lector alcanza su apogeo en ese instante inevitable en que Clara se aleja de su entorno familiar y granadino para alojarse en el hogar alemán de uno de los prebostes de la secta que le ha comido el seso y la voluntad a su progenitora.

Es muy manido aquello de que hay lecturas que no nos dejan indiferentes. Pero, en este caso, la expresión no puede ser más apropiada. ‘La vergüenza es azul’ no deja indemnes a sus lectores. Y empleo en este caso el masculino porque, aunque sus protagonistas son femeninas, Isolda Patrón Costas sabe llegar al corazón de cualquier persona sensible que sienta y comprenda la vulnerabilidad humana, más allá de su sexo.

No me extiendo más. No es esta una novela para contarla sino para vivirla. Eso sí, lean, también, para descubrir por qué se titula así.

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