Todavía quedaban un par de horas de sol cuando salí a la calle. Atravesé la ciudad en un moderno tranvía, junto a un grupo de adolescentes que jugaban a bambolearse al compás que el vehículo marcaba en cada curva. Sus cuerpos, al encontrarse, chocaban de manera tímida, en lo que parecía una tácita promesa que se cumpliría en un futuro no muy lejano. Bajé del tranvía a dos calles de su casa. Cuando las puertas se cerraron detrás de mí y escuché el zumbido eléctrico alejarse, sentí por primera vez el peso real y concreto de los nervios en el estómago. Eché a andar con paso lento e inseguro. Unas gotas aisladas de sudor me recorrían el costado, que intenté airear con el aire fresco de la tarde. El reloj todavía no marcaba las siete cuando llegué frente al edificio, así que me dispuse a hacer tiempo, no fuera a pensar que estaba impaciente. Sobre la ciudad pendía una gran nube negra y amenazante cual espada de Damocles, lista para ejecutar su sino en cualquier momento. Una bocanada de viento frío barrió de la calle las últimas hojas otoñales que se resistían a desaparecer, y pensé que ya había esperado suficiente y que no pasaba nada por llegar un poco antes. Enfilé las escaleras y llegué hasta el soportal. Llamé. Ella abrió la puerta.
Más tarde, después de que terminara la película, después de quedarnos mano sobre mano en la penumbra de su habitación, con mi corazón encabritado ante el tacto suave y pálido de su piel, después incluso de que mis labios conocieran sus labios, los nervios desaparecieron. Lo que antes fue peso se convirtió en ligereza, la gravedad se tornó ingravidez y floté extático sin siquiera moverme mientras mis manos recorrían las blancas colinas de sus caderas y el deseo se extendía por mi interior como un incendio. «Espera», dijo entonces. Mientras se erguía, se quitó la camiseta de algodón y tapó la lámpara con ella. La habitación quedó sumida en una penumbra aún mayor bajo una luz herida y apagada. «¿Así está bien?», preguntó. «Sí», me pareció que respondía alguien. Estaba absorto en la obscena contemplación de su cuerpo perfecto (pues aún a oscuras causaba maravilla) y bendecía cada piedra del camino que me había llevado ante la beldad suprema hecha mujer. Me sentí el más afortunado de cuantos hombres hollaran la tierra. Y, a la vez, desde que se había separado de mí, la distancia se había vuelto insoportable y ridícula. ¿Qué hacía allí de pie, y por qué no estaba entre mis brazos? Mi cuerpo, sabedor del problema que le aquejaba, había empezado a temblar sin control, como una estatua de sal a punto de estallar en pedazos. Ella volvió a mi lado con rostro preocupado y nos abrazamos largo rato hasta que mis temblores desaparecieron.
Cuando recuperé el control sobre mi cuerpo, una erección montaraz me empujó a poseerla como un animal.
Aunque el tiempo transcurrido desde entonces ha borrado de mi memoria los detalles, la fragancia primordial de aquella noche quedó prendida en mis huesos. Sé que le hice el amor y sé que la experiencia me transformó. Y sé que, mientras accedía a un palacio esculpido en perfección y belleza, temeroso de ser desterrado de las puertas del cielo como un segundo Lucifer, la tormenta que había estado amenazando estalló sobre nosotros (pues ya no existíamos yo ni tú, sólo nosotros). Los gemidos se mezclaron con el estruendo de los truenos, y el fulgor de los rayos, que atravesaban los mil ojos de la ventana, nos iluminaban arrastrándonos por el suelo en un baile arrítmico, convulso y salvaje. Más tarde, nos llegó el efluvio húmedo de la lluvia que había empezado a caer, y caímos dormidos.
(Manuel Cuenya. Escritura creativa: El arte de narrar. Nivel intermedio. Uned)