Esculturas anónimas de factura neoclásica, maltratadas por el tiempo, que no parecen contar para las guías sobre la Catedral. Nada sobre ellas. Ni cuándo fueron hechas ni por quién, ni lo que representan. Su realización correspondería al primer levantamiento de una verja en torno de la Catedral en 1794, obra encomendada al arquitecto leonés Fernando Sánchez Pertejo. Su cometido, como el de los jarrones, florones y esferas que rematan otras columnas, es el de adornar y resaltar la labor de la verja, darle una dimensión distinta, corregir en lo posible su escueta función de barrera entre dos espacios, el urbano y el que concierne a un recinto sagrado destinado al culto.
A medio camino entre el cuerpo de unos gozosos infantes y el de unas criaturas angelicales –dos estratégicamente situados en los extremos de la parte que corresponde a la fachada–, se ofrecen a la contemplación o a una mirada superficial, con su cándida desnudez, envueltos en un aire informal, en una actitud desinhibida propia de alguien que muestra un ánimo de vital celebración, según el gusto y la tradición barroca, en lugar de ese otro de recogimiento de las figuras de los atrios con sus serios ropajes y con su aire circunspecto, indicándonos que su cometido es más trascendente que el las figuras de la verja. Mientras unas nos recuerdan que vamos a traspasar, al cruzar ante ellos, la barrera entre un mundo de preocupaciones mundanas y otro de ansias y congojas espirituales, las figuras suspendidas sobre las columnas relativizan ese mensaje trascendente. Allí, en esa tierra de nadie que supone la verja, donde aún nada está del todo definido, lo sagrado y lo profano se confunden y entablan un diálogo por medio de esas cinco esculturas sin memoria.
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