Cien años de unas estampas milenarias: homenaje a don Claudio Sánchez Albornoz

Por Máximo Cayón Diéguez

10/07/2026
 Actualizado a 10/07/2026
Claudio Sánchez Albornoz en una imagen de archivo. | ABC
Claudio Sánchez Albornoz en una imagen de archivo. | ABC

Se declaraba católico, liberal, demócrata y republicano. Y se autodefinía de este modo: «Yo he sido un historiador por amor a España consagrado accidentalmente a las gestas políticas». Su actividad como hombre público alcanzó la cima con la Segunda República Española. Fue diputado, ministro, vicepresidente del Congreso y embajador de España en Portugal. En diciembre de 1940 llegó a Argentina, procedente de Francia, donde se había exiliado. Dos años después, en 1942, se instaló definitivamente en Buenos Aires. De 1962 a 1970 fue Presidente del Gobierno de la República en el exilio. Ahora bien, su personalidad y su recuerdo trascienden el propio ámbito político hacia el anchuroso y profundo territorio de la historiografía española, merced a sus inestimables aportaciones, fruto del rigor que empleaba en sus labores investigadoras. Hablo, naturalmente, de don Claudio Sánchez Albornoz y Menduiña, autor de «España: un enigma histórico», un ensayo originariamente publicado en dos volúmenes que vio la luz por vez primera en 1956 en la capital argentina, y que se ha considerado su obra magna, su obra capital.

Nacido en Madrid, el siete de abril de 1893, de padres abulenses, fue galardonado con el «Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 1984». Tras su fallecimiento, el ocho de julio de dicho año, recogió el galardón su hija María Luz Sánchez Albornoz el 16 de octubre siguiente. Sin atender a otros hechos tan admirables como esplendentes de su trayectoria humana y científica, ceñiré mi intervención a la vinculación de don Claudio con nuestra ciudad.

En 1925, con apenas 32 años, don Claudio fue elegido miembro de número de la Real Academia de la Historia. Su discurso de recepción, leído el 28 de febrero de 1926, versó sobre «Una ciudad de la España cristiana hace mil años. Estampas de la vida en León». La obra vio la luz en esa misma fecha – hace, por tanto, cien años -, con un magnífico prólogo de don Ramón Menéndez Pidal «sobre el lenguaje de la época», que fue a su vez el discurso de contestación a dicha recepción. 

Luis García de Valdeavellano, discípulo predilecto de don Claudio, escribió en su momento que éste «aportó en su discurso de recepción académica vivas luces de conocimiento para evocar lo que era la vida de una ciudad hace mil años, con unas ‘Estampas de la vida en León durante el siglo X’ que, sin hipérbole, pueden ser consideradas como una pequeña joya de nuestra historiografía moderna». [Revista de Historia Económica, Año III. N.° 1 – 1985, p. 124].

De tal grado era la entrega y pasión de don Claudio en sus trabajos de campo, que en su obra ‘Miscelánea de Estudios Históricos’, [1970, p. 13-14], refiere que una tarde estival de 1921, mientras leía y anotaba el Tumbo Legionense, el cabildo cerró la Catedral de León sin reparar en su presencia. Entre el silencio y la penumbra del atardecer, don Claudio recorrió naves y claustro. Pero su joven esposa  –Concepción Aboin Pintó, nieta del conde de Montefrío, fallecida el 22 de diciembre de 1932, a los 35 años de edad– se había quedado en el hotel y esta situación movió su ánimo a regresar a su lado. Para ello, trepó a la ventana enrejada del archivo y pidió auxilio. Una anciana que pasaba por allí oyó sus voces e intervino, como él mismo manifiesta, «para que me librasen del inesperado y extraño cautiverio».

El Tumbo Legionense, es decir, ‘El Códice 11’ del archivo catedralicio contiene la organización administrativa y archivística de la Pulchra Leonina en el siglo XII. Está siendo restaurado en el Centro de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Castilla y León. Según don José María Fernández Catón fue redactado antes de 1124 por el escriba Juan Pérez, canónigo del cabildo, siendo Diego obispo de León (1112-1130), y, por lo tanto, en pleno reinado de la reina Urraca I.

El texto alborciano es producto del análisis documental del autor. Elaborado entre 1921 y 1924, recoge siete estampas que describen el patrimonio material e inmaterial que atesoraba esta capital del Viejo Reino hace más de un milenio, así como las características de la economía y la cultura que impregnaban las relaciones humanas de la sociedad leonesa de entonces. Y todo ello lo hizo enarbolando esta divisa, inserta en el prólogo: «no quiero hacer novela, sino historia».

Dichas estampas responden a los siguientes títulos: «La ciudad y su historia», «El Mercado», «La Corte en León», «En vísperas de guerra», «Una casa y una corte», «Un yantar y una plática» y «León después del siglo X».

La primera contiene una reconstrucción histórica de León en el siglo X. La segunda describe la celebración de un mercado, un miércoles, que «es cuarta feria, día de Mercurio, como decían los romanos», ateniéndose al Fuero de León de 1017, con sus transacciones comerciales, el sayón cumpliendo sus funciones recaudatorias y el zabazoque las suyas de inspector del mercado. La tercera sitúa en el Pallatium o Aula Regia del rey Ramiro II una asamblea plena  - que incluye un besamanos a dicho soberano -, y en el atrio de la iglesia de Santa María, es decir de la Catedral legionense, la celebración de una asamblea judicial. La cuarta relata cómo, tras convocar al fonsado, Ordoño III, hijo del citado Ramiro II, emprende una aceifa contra los árabes  dirigiéndose, por la calzada romana que une Astorga con Braga, hacia Lisboa en busca de un gran botín, expedición que, como refiere Sampiro, resultó un éxito.

Las dos siguientes, quinta y sexta, muestran al lector una ciudad en paz, dedicada a sus actividades cotidianas. Estas revelan, por ejemplo, que Leticia la panadera, esposa de Ermiario, hacedor de cubas para las apotecas o bodegas que almacenan vino, es azotada por cometer fraude en el peso del pan. También difunden el protagonismo del Conde de Monzón, encarnado unas veces por el padre, Assur Fernández, y otras por el hijo, Fernando Ansúrez. Asimismo, traslucen la hospitalidad de don Arias, rico hacendado, y de su esposa Adosinda, reflejada en el hecho de que ésta disponga un copioso yantar en honor del abad de San Justo y Pastor de Ardón, recién llegado de Córdoba tras culminar satisfactoriamente la misión diplomática encargada por la reina Elvira, tía y tutora del rey Ramiro III. La séptima y última estampa presenta ya la ciudad de León, «demasiado alejada de la frontera para servir de capital al reino».

Y a mayor abundamiento, el eximio historiador nos ofrece los perfiles de la personalidad liberal del citado don Arias en estos términos: «Es don Arias, como todos los leoneses de su siglo, hombre temeroso de Dios y de piedad ardiente, pero sin darse cuenta siente una casi imperceptible, aunque al cabo efectiva, hostilidad al clero» [1982, p. 159].

En definitiva, don Claudio reconstruye el marco de la ciudad de León en el siglo X, con sus monumentos y monasterios, sus calzadas, calles y carrales, presentándonos un escenario secular por el que transitan personajes de la realeza leonesa, prelados y condes, clérigos y diáconos, caballeros y escuderos, menestrales y campesinos, próceres y aldeanos, en un ambiente donde subyace el influjo tanto islámico como judío. Hasta tal punto es así que, sin ir más lejos, Zaayti Manzor, mercader mozárabe, tiene su tienda muy cerca de la Puerta Cauriense, al mismo tiempo que mercaderes judíos traen al mercado sus recuas cargadas con «sedas, tapices y brocados del oriente islamita».

El inmueble que albergó la Escuela Normal de Maestros, construido sobre un solar cedido por el Ayuntamiento de León, proyectado en 1928 por el arquitecto Antonio Flórez Urdapilleta, (1877-1941), edificio ubicado en la avenida Álvaro López Núñez, colindante con la avenida de Asturias y la avenida de Mariano Andrés, acoge hoy entre sus muros, casi centenarios, al I.E.S. «Claudio Sánchez Albornoz», así denominado desde 1991. Y asimismo, un busto en bronce, obra de Cristina Carreño en 1985, situado en el Jardín del Obispo Cuadrillero, frontero a los edificios de Correos y del Conservatorio de Música, alude a don Claudio Sánchez Albornoz, maestro de historiadores que sentía por nuestra ciudad un amor inconmensurable.

Lo acreditan dos cartas, remitidas desde el exilio por don Claudio al citado don José María Fernández Catón, sacerdote y Director del Archivo Histórico Diocesano y de la Colección ‘Fuentes y Estudios de Historia Leonesa’. En la primera, fechada el 21 de noviembre de 1974, manifiesta: «Ya sabe cuánto me interesan todas las cosas de León, soy en verdad un leonés honorario». En la segunda, datada en agosto de 1975, confiesa: «Tengo cada vez más viva nostalgia de León». 

Don Claudio Sánchez Albornoz fue nombrado «Hijo adoptivo de la provincia de León» el 28 de junio de 1984. Su obra «Una ciudad de la España cristiana hace mil años. Estampas de la vida en León» permanecerá por los siglos de los siglos en los anales de la Historia de León, lo que equivale a decir de la Historia de España. Por ello, rendir público homenaje a la memoria de don Claudio es un acto de justicia, admiración, respeto y agradecimiento. Y es que la gratitud no prescribe nunca, porque ese sentimiento, evocando un verso de Miguel Hernández, «en el sabor del tiempo queda escrito».

Máximo Cayón Diéguez es Cronista Oficial de la Ciudad de León.

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