Centro de Interpretación de la Vida Monástica 'Santa María de Carbajal'

Un recorrido histórico por el origen y la historia del enclave de la capital provincial

Gregorio Fernández Castañón
29/11/2025
 Actualizado a 29/11/2025
Algunas imágenes del interior del Centro de Interpretación ‘Santa María de Carbajal’. | MAURICIO PEÑA
Algunas imágenes del interior del Centro de Interpretación ‘Santa María de Carbajal’. | MAURICIO PEÑA

Para entender mínimamente esta pequeña historia museística hay que remontarse al año 966. En León, entonces, reinaba Sancho I «el Gordo». Y, como la fe mueve montañas, debemos subirnos rápidamente a su vuelo para acudir al califato de Córdoba. Un paseo por tierras amigas con el fin de que tan ilustre personaje encontrara los remedios adecuados para eliminar las causas que le producían unos fuertes dolores en su voluminoso y, a la vez, frágil cuerpo. Los historiadores dejaron escrito que el rey iba acompañado por su esposa, la reina doña Teresa Ansúrez, y por su hermana, la infanta Elvira Ramírez, pero lo que no nos indicaron fue si consiguió o no poner remedio a sus males (murió aquel mismo año). De aquel viaje, lo que sí trascendió fue que el sol, que da vida al color de las naranjas, al parecer iluminó y dio calor al corazón del alma de la infanta Elvira. Alguien por allí, para que se entienda, le habló de que los restos de un niño de apenas 14 primaveras, san Pelayo, martirizado unos años antes (925), dormían bajo el peso de la indiferencia. Y aquello, además de intolerable, no era justo a los ojos de tan buena defensora de la fe cristiana. De regreso a León…

Un año después (967), reinando Ramiro III, las reliquias del niño san Pelayo, bajo las intervenciones y el mecenazgo de la viuda del rey Sancho I y de su cuñada Elvira, por fin llegaron a León y con ellas las dos mujeres lograron, además, otro objetivo: dar un mayor sentido espiritual a la fundación del monasterio de San Pelayo de León, germen de las monjas benedictinas de Santa María de Carbajal, conocidas popularmente como Las Carbajalas. Una noticia realmente histórica, aunque hasta llegar al centro donde continúan habitando en León –plaza de Santa María del Camino (plaza del Grano)–, lugar en el que se encuentra su Centro de Interpretación de la Vida Monástica, tuvieron que recorrer un largo trecho: Oviedo (995), León (1063), Carbajal de la Legua (1148) y de nuevo León (1600), ahora sí, tras permanecer en Carbajal… 452 años.

Para acceder al actual monasterio de las benedictinas de Santa María de Carbajal, llamé al timbre y aquellos sonidos electrónicos se repitieron y prolongaron durando unos larguísimos segundos que, sinceramente, me parecieron una… eternidad. Sonriente, me recibió sor Ana María, quien después de conocer mi intención, me facilitó el contacto de Pedro, uno de los responsables del montaje del Centro de Interpretación. Quedamos en que volvería, y así lo hice cinco días antes de la inauguración oficial.

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Lunes, 24 de noviembre de 2025: en el interior del monasterio el silencio caminaba muy lentamente hacia el oscuro bosque de la noche con los pies descalzos. Y por el claustro, renacentista él, se colaba un cielo gris, con severas amenazas de lluvia. Nada importante porque, incluso unido al frío, no consiguió romper el reinado del color verde en los nidos superficiales de las hiedras y en los arbustos de hoja perenne. Al fondo, una joven monjita colaboraba en reponer los niveles de la savia perdida a un geranio con flores rosas. Pedro, de pronto, se detuvo y me habló de los dos primeros detalles que ya pertenecían al fondo del museo: una parte del artesonado (en la zona alta) y la puerta del antiguo torno monacal, aunque con mensaje trampa al no existir, tras la gruesa portezuela, el hueco de «trae y lleva», sustituido aquí por un espejo hecho añicos: «Si unes los trozos podrás contemplar tu verdadero ser» –me dijo Pedro–. ¡Muy curioso, sí señor!

Una parte de las Reglas de san Benito y unas frases apotegmas (escritas en unos cubos de papel colgados de una cuerda, oscilantes ellos) nos dieron la bienvenida justo a nuestra derecha. 

La primera sala está dedicada a san Benito, el iniciador de la vida monástica en Occidente, patrón de Europa y patriarca del monacato occidental. Y como es obvio, una talla dedicada al santo, en el centro de la pared del fondo, es la gran protagonista. Talla en madera realizada en el año 1704 por Fray Alonso Bravo, que no se olvidó de poner en sus manos los atributos iconográficos: el báculo, en la derecha, y el libro de las Reglas (Reglas para sus monjes y monjas ‘benedictinos’), en la de la izquierda. El artista, además, «lo vistió» con la ya famosa (y negra) cogulla talar manicata, con esas mangas tan largas y anchas que quitan el hipo al viento –es un suponer– si intenta colarse por los huecos de tela sin permiso. De esta misma sala he de destacar otros dos rincones: uno saliendo, a la izquierda, con la talla de san Bernardo de Claraval (monje cisterciense francés, abad de la abadía de Claraval), realizada también por Fray Alonso Bravo en el año 1704, y la reproducción, en la esquina contraria, de la cueva de Subiaco –lugar donde san Benito, en Italia, encontró refugio y vivió como eremita; el mismo lugar donde, sin duda alguna, se inspiró en la redacción de sus «reglas»; reglas que escribió en el Monasterio de Montecassino bajo el lema Ora et Labora (reza y trabaja).

Y, precisamente, en la sala denominada Ora, la siguiente con la que se va a encontrar el visitante, lo primero que me llamó la atención fue la «barrera» que deja pasar el viento y la luz, sí, pero limita (limitaba) el espacio entre los habitantes del interior (en clausura) y del exterior (fieles del pueblo que asistían a los actos religiosos). Esta reja de forja artística estaba situada justo detrás del coro de este monasterio. 

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Entramos. Y, además de otros interesantes elementos, como un viejo armonio, una lámpara enorme de sagrario plateado, una preciosa talla de la Virgen (de autor desconocido), elementos litúrgicos y la reproducción de tres sillones del coro con sus perfectos herrajes, también con luz propia brilla un grandioso cantoral del año 1716 al alcance de los ojos. Este cantoral se apoya en otra espectacular grandeza expositiva: un llamativo viejo facistol. Espectacular estancia.

En la sala Labora tuve el privilegio de encontrarme con una de esas personas que irradian vida a la vida: sor Carolina, de 92 añitos, que, por supuesto, estaba colaborando en el montaje y limpieza de diversos elementos expositivos. Pedro aprovechó para decirme que una de las importantes normas de la congregación es vivir de su trabajo, sin olvidar, además, en la medida de lo posible, ayudar a los más necesitados. Por eso, allí, en esta sala, con lo que se va a encontrar el espectador es con toda una serie de elementos (especialmente herramientas) que definen a la perfección todas las actividades que se realizan en el interior de cualquier monasterio, incluido este mismo: agricultura, ganadería (básicamente con la cría de aves y cerdos en otros tiempos), apicultura, artesanía, repostería, bordados, carpintería, vinificación, editorial, enseñanza... 

Por el pasillo, antes de entrar en la tercera sala, Pedro me explicó que no se han olvidado de dejar constancia de la importancia de la ropería y de la huerta. Y efectivamente, allí, colgados de una percha, el espectador se va a encontrar con una auténtica cogulla y con una vieja chaqueta de tela recia con adornos dorados, así como una selección de plantas vivas/ornamentales para simbolizar precisamente «la huerta». 

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La dirección de este pequeño museo intenta, en la tercera sala, representar una celda monástica. Y lo consigue. Allí –según me indicó Pedro– el maniquí de una monjita «da vida» a la primera de las monjas monásticas en León: Elvira Ramírez, hija del rey Ramiro II, hermana –lo recuerdo– del rey Sancho I «el Gordo», una de las interesadas en traer a León los restos de san Pelayo y de custodiarlo hasta su descanso definitivo en Oviedo. El camastro y todos los elementos que la rodean son suficientes para entender, también, la difícil, pero a la vez sencilla vida monástica. El espectador, allí, dispone de toda una enciclopedia abierta, donde cada capítulo ofrece diversos ejemplos visuales, como el refectorio y el comedor, la cocina, el mayordomo, la enfermería, la peluquería, la biblioteca y… el recreo (una mesa con tres sillas para simbolizar el tiempo –de seis a siete de la tarde– en el que, por fin, se permitía que las palabras surgieran de las silenciosas gargantas).

Una gruesa cuerda, en el pasillo, es el hilo conductor para visitar la última de las salas. Cuerda que va destacando los años en los que las benedictinas han variado el rumbo de su historia hasta asentarse en este lugar (viaje similar al que yo he recorrido en este artículo). De esta sala quiero destacar la imagen de un San Roque, un bonito relicario y tres piedras labradas traídas del viejo monasterio –hoy inexistente– situado en Carbajal de la Legua. Las Carbajalas –abiertas al mundo– cierran la exposición en esta sala con guiños hacia el albergue de peregrinos (a su paso por León con dirección a Galicia –Camino de Santiago–) y hacia diversas cofradías cuyos pasos de Semana Santa se detienen o salen de este monasterio o, también, se mantienen en su interior durante todo el año (como es el caso, por ejemplo, del denominado Santo Sepulcro, que, perteneciendo a la Real Cofradía del Santísimo Sacramento de Minerva y la Santa Veracruz, descansa al fondo de la iglesia).

Termino y resumo: porque considero que este Centro de Interpretación de Vida Monacal ‘Santa María de Carbajal’, en León, es novedoso (y distinto a la vez), aconsejo su visita. Un ejemplo de humildad bien administrada para difundir y defender la historia de una larga vida monacal. Impresionante

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