Se fue Celerina; y el destino no eligió un día cualquiera para arrebatárnosla: lo hizo el día de Año Nuevo, como si quisiera mandarnos un mensaje cargado de simbolismo.
Como si pretendiera anunciarnos que, tras el luctuoso hecho, fuera a haber un antes y un después para el pueblo de Velilla de la Reina.
Se fue en silencio, con la discreción de quien ha hablado mucho sí, pero nunca ha interrumpido un discurso o un razonamiento por peregrino que fuera. Con la educación de quien siempre ha valido más por lo que calla que por lo que manifesta, por muy prolija y sabia que sea su enseñanza. Se fue como se van las cosas que parecen eternas: sin hacer ruido, dejando el aire quieto pero cargado de lágrimas y de llanto contenido. Cuando vuelva a soplar el viento seco arrancará gemidos de dolor de los lugares que habitó y de las esquinas del tiempo a las que dio sentido con su mera existencia. Tras su paso, la veleta señalará al cielo como si se hubiera vuelto loca, pero no, estará apuntando el lugar de privilegio que allí tenía reservado.
El Negrillón, embalsamado hace lustros, la esperará celoso, sabedor de que, cuando Celerina llegue, le volverá a hacer sombra como antaño.
Con Celerina se va un símbolo, un icono de Velilla de la Reina. Alguien solía decir, medio en broma medio en serio, que era más Reina de Velilla que la propia Berenguela.
Desde entonces, el pueblo amanece con una memoria distinta, como si un pirómano hubiera quemado la biblioteca de Alejandría y se hubiera quedado tan pancho. Un vacío hueco habita hoy las calles de su pueblo y encoge el pecho de los que fueron sus vecinos y amigos.
Será muy difícil llenar ese hueco de Celerina porque no es sólo ella la que se ha ido. La precedieron muchas otras personas, integrantes de una generación inigualable, inimitable, increíble, insustituible…
Celerina era de esas mujeres hechas de tiempo a la que las carencias les hizo ser mayores antes de tiempo. Tenía una humildad infinita que desbordaba su cuerpo pequeño. La humildad de quien no presume de saberlo todo y, sin embargo, guardaba en la cabeza la historia entera de Velilla: los dichos antiguos, las fiestas de antes, los nombres que ya nadie nombra. Su memoria era un pozo hondo al que supieron asomarse músicos, etnógrafos, entusiastas, profesionales y aficionados, de la cultura popular para aprender lo que no está en los escritos. Su palabra, clara y mansa, enseñaba sin levantar la voz y de su manos brotaba el ritmo que arrulló la vida cotidiana y festiva de Velilla durante su reinado.
Nos queda el consuelo y la certeza de que su saber no lo guardó en ningún arcón esperando a que la polilla del tiempo lo robiese. Al contrario, tuvo la inmensa generosidad de ofrecerlo como un don a todas aquellas personas que se sintieron llamadas a su encuentro.
En su casa no había cerrojos para la gente ni para las preguntas. Allí entraban los curiosos, los jóvenes, los que querían saber cómo se hacía la fiesta o por qué se cantaba así. Celerina los recibía como se recibe a la familia: con paciencia, con generosidad, con esa humanidad que no se aprende en colegios de pago ni en enciclopedias, sino que brota como una inspiración en el corazón de las personas señaladas por el lado amable del destino.

Con ella se va algo más que una persona. Se va un referente, una guardiana de las tradiciones, una de esas almas que sostienen al pueblo sin que nadie lo note. Una bruja buena de esas que, con tan solo la palabra, consiguen sanar personas y almas.
Todo lo que la asociación haga, todo lo que Velilla recuerde y celebre, llevará su sombra buena caminando al lado.
Quedan sus valiosísimas enseñanzas, los momentos impagables, la gratitud callada de quienes saben que mucho de lo que aún vive en el pueblo es gracias a ella. Queda también el abrazo colectivo, apretado y sincero, para sus hijos, Toño y Cande y para sus nietos y toda su familia, que es, al final, la gran familia de Velilla.
Dicen que el cielo quiso llevársela para que también allí hiciera fiesta. Aquí abajo, mientras tanto, nos quedamos en deuda, rezando a nuestra manera y recordando.
Velilla hoy es más pequeña y en su aire se huele la ausencia irreparable de quien fue su reina, una más de las muchas que, con su singularidad irrepetible, preñaron el topónimo de Velilla: Velilla de la Reina.
Que descanse en paz, Celerina. El pueblo no te olvida.
…Y que se prepare el cielo para vivir la fiesta eterna.
Allí estará sonando ya un coto de voces llamargueras, con Celerina al frente, interpretando aquello de:
Que somos de Velilla de la tierra más guapa Que somos de Velilla donde más corre el agua.
