Efrén García Fernández (1926-2005) fue el arquitecto encargado de trazar los planos del Palacio de los Deportes de León. Un edificio que no tiene nada de romántico. Situado en la margen derecha del Bernesga, en Sáenz de Miera, no desdice de los patrones de las anodinas instalaciones deportivas de los años setenta, en los que fue construido. Desde la pasarela que cruza el río, descubrimos un espacio funcional, de dos plantas, con siete divisiones acristaladas en la parte superior y cinco en la inferior, con una escalinata y una rampa para su acceso: antesala habitual de algunas de las gestas de clubes como Elosúa León o Ademar.
En una entrevista de mayo de 2018 del periodista Chechu Gómez a Eloy Algorri en Radio León, se repasaron algunas vicisitudes de la realización del proyecto del Palacio. Buscando un lugar apropiado, se decidió consultar a Efrén García sobre qué lugar consideraba idóneo para construirlo. Aconsejó utilizar los terrenos al norte de las instalaciones del Casino, y descartó expresamente la margen derecha del Bernesga, –por las características nada apropiadas del terreno–, según sugerían algunos. El Ayuntamiento, desoyendo sus recomendaciones, comenzaba las obras en diciembre de 1967 donde, según Efrén García, no debía hacerlo. Aunque al final se decidió encargarle la obra, tal vez por haber diseñado los planos de una instalación deportiva semejante en Lugo. Se contaba con un presupuesto de veintiún millones de pesetas, que la profundización de los cimientos, la instalación de un novísimo videomarcador y un sistema de calefacción por aire, aspectos no contemplados en el proyecto inicial, superó. Empezó a funcionar en 1970 y transcurridos solo tres años una tormenta descubrió las deficiencias de la cubierta, que debió ser renovada para resguardar el parqué de las goteras. En 1992 se procedía a una ampliación hasta el aforo actual de 5.188 espectadores. Como miembro no titular del equipo de voleibol de los Maristas – el entrenador así todo prescindió de mí– entrené, recién inaugurado, en aquel parqué resplandeciente como un espejo bruñido – es solo una metáfora – que no tardó en arrojarme lejos, lo que en el fondo agradecí. Competir nunca fue, desde luego, lo mío.
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