Cuentan las crónicas que a finales del año 1851, concretamente el 23 de Noviembre, se reúnen un grupo de 34 conocidos leoneses en el “Iris”, que era una sala de baile, tertulia, veladas sociales y fiestas, situada en la calle Cuatro Cantones de León - hoy Cervantes - para fundar el Casino de León. Entre ellos se encontraban industriales, financieros, terratenientes, abogados, prestamistas y comerciantes sobre todo, tales como Antonio Álvarez Reyero, Antonio Jorge Chalanzón de Dios, Francisco Miñón Quijano, Ramón Roales y Cayo Balbuena López, que forman la primera Junta Directiva de la naciente Sociedad.
Se instalan, de primeras, en un local o vivienda amplia, compuesta de varias habitaciones destinadas a las distintas funciones sociales, como recibidor, salón, sala de billar, pasillo, antesala, habitación de bebidas, habitación de chimenea, gabinete de lectura y habitación de juego. Pero con el paso del tiempo, en el año 1855, no conformes con esa ubicación y dependencias, alquilan la casa de Valgómez, que se decora y acondiciona debidamente para las actividades lúdicas y sociales que desarrolla la Sociedad. Mas adelante, buscando mayores espacios se trasladan, de nuevo, al palacio de los Torreblanca, donde hoy se ubica el Recreo Industrial.
Pero a pesar de ello, el auge de la Sociedad y la necesidad de dotarse de una sede acorde con la condición social de la burguesía que la formaba, en los años 1917 a 1919, adquieren las casas de la actual, y entonces en formación, Plaza de Santo Domingo, propiedad de los Herederos del Marqués de San Isidro y Don Antonio Fernández, así como las de los señores Eguiagaray, casas que, unidas a la expropiada por el Ayuntamiento de León llamada de Perestona – que fue propiedad de Nicolasa Mallo Ballesteros, los herederos de Perestona y Luis Gutierrez (y luego cedida a la Sociedad por el Ayuntamiento), consiguen conformar, una vez derribadas las construcciones, un magnífico solar situado en la ubicación privilegiada de conexión entre el Ensanche urbano del XIX con la Ciudad histórica antigua para ubicar su nueva Sede Social, en un sitio excepcional y con la pretensión de construir una Sede excepcional. Un sitio y una Sede acordes con la necesidad de mostrar el poder social, económico y de prestigio de la burguesía leonesa que formaba parte de la Sociedad.
A tal efecto, el Casino, siguiendo el modelo de actuación de otros Ateneos, convoca un Concurso de Proyectos para la Sede. A este Concurso acuden 5 proyectos: Uno de los arquitectos madrileños Luis Martínez y Salvador Germán, otro del arquitecto también madrileño Jose Luis Aranguren, otro del arquitecto palentino Jacobo Romero, otro de los arquitectos de Madrid Javier Sanz y Fernando Arzadun y, finalmente, otro fuera de concurso del ingeniero industrial Antonio Martínez Santos.
El jurado, compuesto por los arquitectos Torbado, Cárdenas y Costilla, el presidente del Casino Emilio Hurtado y al alcalde de León Mariano Andrés deja desierto el Concurso en Julio del 1919.

Sorpresivamente, el proyecto se adjudica al joven arquitecto madrileño de 31 años, con raíces leonesas - por parte de su madre Socorro Balbuena - en Ardoncino, Gustavo Fernandez Balbuena. No hay noticias del porqué de esta adjudicación a un arquitecto que no se había presentado al Concurso convocado pero, algunos biógrafos, cifran el encargo en la circunstancia de que, a la sazón, Gustavo Fernández Balbuena había contraído nupcias en 1915 con Asunción Balbuena Alonso, prima hermana suya, de manera que aunaba la condición de sobrino y de yerno de D. Isidro Valbuena que fue Presidente del Casino en su momento y que, a su vez, era hijo de Cayo Balbuena López, influyente y poderoso personaje de la época que llegó a desarrollar una importante actividad política siendo Concejal del Ayuntamiento y, a la vez, secretario de la fundacional Junta Directiva del Casino de León.
De la infancia de Gustavo Fernández Balbuena pocos datos se tienen, pero si se sabe que tuvo una educación muy rígida propia de hijo de militar de la época, que le marcó y condicionó a lo largo de su vida, tanto personal como profesionalmente. También de su debilidad física por unas fiebres que sufrió. Tras superar los estudios de bachillerato, intenta cursar la carrera de Ingeniero de Minas, que abandona al no aprobar la disciplina de Dibujo Lineal. A partir de ello, ingresa en la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid, de donde sale titulado como Arquitecto en el año 1913 a los 25 años de edad, solo 6 años antes de recibir el encargo del nuevo edificio Sede del Casino, habiendo realizado en ese breve periodo, tan solo, la casa familiar en Ardoncino, una cervecería en la calle Ordoño II para Dupont y un chalet hoy desparecido que se le atribuye.
Tras la experiencia de la obra del Casino de León, se asienta definitivamente en Madrid, donde toma conciencia de la realidad social de la arquitectura y del papel que el arquitecto desempeña en ella. En la etapa madrileña realiza un número importante de proyectos y tuvo decisiva participación, en el aspecto administrativo, desde el Ayuntamiento de Madrid, en el que tuvo sucesivos cargos; desde arquitecto segundo del Ensanche hasta arquitecto de la Extensión que proyectó, realizando el pliego de condiciones y siendo miembro del Jurado de una actuación trascendental en la historia urbanística de Madrid como fue el Plan Zuazo, una especie de ensanche para los barrios desfavorecidos de la Ciudad. También diseño el eje verde del Manzanares, que unía el Retiro con el Parque del Oeste.
Notoria, también, fue su participación en la Sociedad de Arquitectos, embrión del posterior Colegio de Arquitectos y en la revista “Arquitectura”, de la que fue director desde 1918 a 1929. Desde esta plataforma y en relación también con su trabajo municipal, fue autor de numerosos libros, artículos periodísticos y en revistas, conferenciante asiduo, autor de ponencias, jurados de concursos, etc., actividad frenética que chocaba a veces con su debilidad física y su carácter con tendencia a la depresión y a caer en crisis existenciales, que le obligaban a realizar altos temporales descansando recluido en su casa y en sus pensamientos.
En una de esas crisis, se desplaza en vapor a Palma de Mallorca, para unos días de descanso, con su mujer Asunción y su hija Carmen de 15 años y, en la travesía, Asunción, que se sintió mareada, se desplazó al camarote, en donde Gustavo quedó junto a ella. Era la noche del 13 de noviembre de 1931. Cuando Aurora se despertó sobre las siete de la mañana él no estaba. La hora fatal de las 5,45 de la mañana se fijó porque un matrimonio, que estaba paseando por cubierta, vio a Balbuena sentando en el borde de la barandilla del vapor, y cuando volvieron a pasar por el mismo lugar, ya no estaba. Cayo al mar con todos sus efectos personales. Tenía tan solo 43 años.
De esa vida tan frenética e interesante, llena de altibajos y corta en duración, en León quedó como obra clave el edificio del Casino de León en la Plaza de Santo Domingo, que ha sido considerada, por los estudiosos de su arquitectura, una de sus mejores obras.

Las obras del edificio comenzaron el 25 de Abril de 1921 y el contratista de las mismas fue José Ricart, por un importe estimado de 665.000 pesetas. A ese importe se unió en el año 1922 una nueva partida de 200.000 pesetas para realizar su amueblamiento, también dirigido por Gustavo Fernández Balbuena. El 9 de Febrero del 1924 se retira la valla de las obras y empiezan a aflorar severas críticas por parte de algunos sectores de opinión por la estética del edificio. Es el 16 de Febrero de 1924 cuando se comunica a los asociados que desde el 17 de Febrero siguiente se abrirían las instalaciones, que tuvieron una brillante inauguración el 28 de Febrero por la noche, con la actuación de la orquesta Frígola.
El edificio que dibujó originalmente Gustavo Fernández Balbuena, tiene unas claras connotaciones e influencias de la escuela vienesa y, en particular, de Josef Olbrich, aunque el arquitecto, que enseguida adopta como material el ladrillo cara vista palentino, se obliga a realizar importantes cambios y ajustes en la estética, muy en la línea de su carácter cambiante, su inquietud por los avances y de la encrucijada que se le presentaba siempre entre su educación tradicional y los nuevos movimientos estéticos y arquitectónicos europeos que conocía perfectamente.
Sobre una parcela casi rectangular, el edificio presenta una clásica simetría a partir del eje central sobre la fachada de la Plaza de Santo Domingo, eje sobre el que se ubica, en la parte trasera, la escalera con tres tramos y un ojo central. En el sótano se sitúan los cuartos de las instalaciones, un pequeño bar, peluquería, cocina y aseos. A nivel de calle la planta baja se desarrolla sobre un nivel más alto que la rasante y contiene un bar - café con amplios ventanales que dan una perspectiva elevada y dominante sobre las dos Plazas, siendo el elemento más característico la entrada principal, no situada en la fachada de Santo Domingo, sino en el lateral de la Plaza de San Marcelo, como un guiño del arquitecto hacia la Ciudad histórica y a los edificios monumentales de la Plaza de San Marcelo y su transición con el nuevo Ensanche y, a la vez, una estupenda solución programática al estar la escalera ubicada en la parte del fondo del solar, mucho más accesible desde el lateral que desde el frente.
En la planta superior se abre un amplio salón en doble altura, con estrado central en el eje de simetría para las orquestas, zona central de baile y dos cuerpos a ambos lados donde se sitúan las mesas y sillones para los asistentes. A la Plaza de Santo Domingo se dispone una amplia balconada y, sobre la zona de la orquesta, la planta superior dispone de un balconcillo que permitía “otear” lo que sucedía en los salones a los usuarios de esa planta, destinada a salas de juego y caja, planta que se abre a los dos laterales en dos magníficas terrazas que servían, también, de atalaya oculta sobre las Plazas a los jugadores de las salas adyacentes. El programa se completaba con diversos espacios bajo cubierta y dos torreones retirados detrás de las dos terrazas que refuerza la imagen simétrica del edificio y nos recuerda la disposición tradicional de un edificio palacial.
La disposición programática es muy consecuente con la actividad social y lúdica del Casino de León en esa época, como centro neurálgico de la sociabilidad burguesa. En el bar de la planta baja, a nivel más alto que la calle para observar sin ser muy observados, se celebraban tertulias políticas y culturales, conferencias y todo tipo de debates a partir de la información periodística que se suministraba a los socios de todas las regiones de España y algún medio extranjero. Recuérdese que, coincidente con la restauración borbónica, fue época de repetidas elecciones generales (1916, 1918, 1919, 1920 y 1923) y municipales (1922), con lo que la efervescencia y el debate político estaban a la orden del día. En el edificio del Casino, se construía la identidad y la imagen pública de la élite local, distribuyéndose las tertulias por afinidad ideológica o por identificación social o económica.
Por el contrario, la planta superior, era fundamental en las fiestas de sociedad que el Casino organizaba, bailes de etiqueta, conciertos y bailes de carnaval. En esas ocasiones el Casino se abre a esposas e hijas, cuya presencia en el bar de la planta inferior y en los salones de juego estaba restringida. Acontecimientos de repercusión social donde se formalizaban relaciones familiares, sociales, económicas y hasta sentimentales. En esas fiestas se disponían de servicios de peluquero, peinadora y guardarropía. Y los grandes balcones de la planta servían de perfecto escaparate para los asistentes engalanados, que se mostraban desde ellos al resto de la sociedad leonesa.

En el año siguiente a su inauguración, el Casino subasta la propiedad de la Sede, que resulta adjudicada a Francisco Mardomingo (industrial pescadero en la calle Cardiles con esquina a la Paloma, en cuyo establecimiento se ubicaban desde 1910 los 963 azulejos de cerámica de Zuloaga) y Manuel Calvo Quirós (promotor del edificio de la Plaza de Santo Domingo conocido como Casa Ciriaco) por un precio de 500.000 pesetas, permaneciendo el Casino de León alquilado en el edificio.
En el año 1930 se ubica en la planta baja el Banco de Bilbao, procediendo a independizar, la entrada principal de la Plaza de San Marcelo y la entrada de servicio frente a Pallarés, del resto de la planta, dando la entrada a la oficina bancaria desde la Plaza de Santo Domingo y realizando una escalera de acceso al nivel bajo desde el de la calle.
En la post guerra el edificio fue incautado por la Falange Española y convertido en dependencias de la misma, desde donde se repartía el llamado “Auxilio Social”, originando grandes colas en invierno que se recogen en diversas imágenes de la época.
Con el paso del tiempo y ya en la época reciente, el Casino de Santo Domingo perdió protagonismo como centro social, sobre todo a partir de la apertura de las instalaciones de verano de Papalaguinda en el año 1951. El edificio fue adquirido en su totalidad por el Banco de Bilbao transformando su uso y significado. En el 1970 el arquitecto Francisco Hurtado de Sarancho realizó un importante reforma total del edificio para el mismo Banco de Bilbao con la eliminación del salón de doble altura, la ejecución de un forjado que completaba toda la planta y se manifiesta en las cristaleras mediante una nueva franja de ladrillo. Se suprime la gran escalera y el acceso desde la Plaza de San Marcelo y, definitivamente, se transforma el sentido original de espacios, circulaciones y dependencias de todas las plantas para adaptarlo a las funciones bancarias. El interior diseñado por Gustavo Balbuena ha desaparecido.

En el año 2018 el ya transformado edificio perteneciente ahora al BBVA, tras la fusión del de Bilbao con el de Vizcaya en 1988 y del resultante con Argentaria en el 1999, sufre un nuevo episodio de cambio de titularidad, ya que es vendido a la Mutualidad de la Abogacía, quedando el BBVA como arrendatario del edificio. Un nuevo cambio en la historia del edificio que, probablemente, no sea definitivo en función de las importantes modificaciones estructurales que está sufriendo en la actualidad el sector bancario - reduciendo al máximo el tamaño de las oficinas urbanas -, que hace pensar en, quizás, posibles nuevos usos para el edificio de la Plaza de Santo Domingo por su situación privilegiada y protagonismo urbano.