Casa museo de Ataúlfo

Ataúlfo suena a ataúd y a catafalco, ambas cosas funerarias que le dan, o le dieron, una seriedad suprema

Bruno Marcos
01/05/2018
 Actualizado a 16/09/2019
Una imagen característica de Ataúlfo.
Una imagen característica de Ataúlfo.
En buena medida el caso de Ataúlfo fue, o es, el caso de su nombre, que no necesitaba ni apellidos. De no haberse Ataúlfo llamado Ataúlfo su historia y su memoria se hubieran disuelto más rápidamente. Ataúlfo suena a ataúd y a catafalco, ambas cosas funerarias que le dan, o le dieron, una seriedad suprema.

Lo recuerdo poco y el recuerdo es de verle muy solo y muy quieto en el Arco de la Cárcel, en la intemperie mañanera de algún invierno interminable de los nuestros con el grito mudo de su cartel anticlerical. Pendiente de hacer la revolución de los pobres que ya no tendría lugar, debió pensar que ese punto de la ciudad era el embudo perfecto para su misión.

Las veces en las que le vi me fijé en la gente que pasaba junto a él, casi todas eran mujeres ateridas, solitarias también, como recién salidas de unas sábanas que, poco a poco y a lo largo de la noche, se habían quedado heladas; y me parecía violento que las molestase con sus proclamas, porque daba la impresión de que esas mujeres ya tenían lo suyo, que cruzaban el Arco de la Cárcel como quién va de mala gana a la realidad de los días. Por eso seguramente él era silencioso, porque sabía que predicaba a gente sencilla. Es posible que lo que quisiera decirles fuera que tuvieran un ideal o un sueño, como él, para que se les hiciera más llevadera la realidad y cruzar mejor ese arco de los días.

Intentaba descristianizar todo lo que podía y, como buen materialista histórico, pensaba que la mejor manera de hacerlo era poner a trabajar a curas y monjas, como si en aquella España de entonces, como ahora, sobrasen los puestos de trabajo. En algún lugar he leído que un sacerdote mosqueado de verle tanto con el cartel en horas laborables le preguntó: «¿Y usted acaso trabaja?». Y, en vez de contestarle que estar ahí era su trabajo, le dijo que su caso era «muy otro».

Se manifestaba él solo como si la multitud la llevase por dentro. Yo no creo que haya habido caso como el suyo de un manifestante tan vocacional, tan insistente, tan solitario y tan triste. En un momento dado pareció que el cuerpo se le fuera deformando para adaptarse a la pancarta, como para ser todo él apoyatura de pancarta, como el cura de Luis Mateo que se fue haciendo cuervo. Me pregunto si coincidirían el cura cuervo y el hombre pancarta en el rodaje de la película, pues en una secuencia se le ve al primero casi al lado del arco ese. La escena sería soberbia.

No sé, por muy comunista que fuera, de dónde le vendría esa tirria por los curas. Hay que señalar que la frase escrita en su pancarta más usada la enfatizaba adverbialmente con un «ya», como exigiendo ausencia de demora: «Curas y monjas a trabajar, ¡ya!». Yo pienso que todo vendría de una decepción, que llegando Ataúlfo a la edad adulta se sintiera engañado al darse cuenta de que no es fijo que Dios exista.

Podría verse que Ataúlfo fuera el catafalco, el podio en el que se ponía el cadáver, el ataúd, del comunismo, representado por sus pancartas, que a fin de cuentas se trataba de un funeral y por eso estaba tan serio.

Hace poco se rajó un edificio en la calle Serranos y, ni corta ni perezosa, aseguró alguna prensa, errando en el número, que era la casa de Ataúlfo. Como estaban de buen humor pusieron en el titular a la humilde morada de palacio para llamarle, acto seguido, célebre anarquista, como si Bakunin y Marx hubieran sido la misma ralea. Piden algunos que arreglen esa casa diciendo que vivió ora el marqués de Lorenzana, ora Ataúlfo, y quién sabe si, después de dejar caer varias de ilustres, no salven esta como ataúd, catafalco y casa museo de Ataúlfo, aunque no fuera exactamente en la que viviera.
Archivado en
Lo más leído