Belén concejil en Sandoval

El Monasterio de Santa María de Sandoval ofrece estas navidades un aliciente añadido a su belleza e historia; un artesanal Belén concejil en el que trabajaron durante semanas los vecinos del pueblo que lo alberga, Villaverde de Sandoval

30/12/2024
 Actualizado a 30/12/2024
Vista general del Monasterio cisterciense de Santa Mª de Sandoval, que siempre merece una visita pero en estas fechas más, por su Belén. | GREGORIO F. CASTAÑÓN
Vista general del Monasterio cisterciense de Santa Mª de Sandoval, que siempre merece una visita pero en estas fechas más, por su Belén. | GREGORIO F. CASTAÑÓN

Lo aseguro: fue la luz de una estrella la que me iluminó. Y los brillos de aquellas huellas históricas me acercaron al Monasterio de Santa María de Sandoval para sentir el pulso, polvoriento, de una vida pasada. Polvo, que no nieve, a pesar de que noviembre reinaba en los calendarios con excesivo esplendor. Y polvo real fue el que pisé por encima de aquellos caminos silenciosos que rodeaban la quietud y la soledad de un recinto que se mantiene en pie de… milagro. 

Estoy hablando del monasterio cisterciense que comenzó a surgir por encima de la tierra bajo la intervención del rey Alfonso VII (1105-1157) y de su mayordomo Ponce de Minerva (1115-1175). El primero, para que se entienda, donó al segundo las tierras de Sotnoval o Saltus Novalis, en las confluencias de los ríos Porma y Esla, y este último –el conde–, en el año 1167, hizo lo propio a Diego Martínez, abad del monasterio de la Santa Espina (Valladolid). Así fue como, en 1171, trece monjes lograron sellar las costuras abiertas que habrían de cobijar las alabanzas a su verdadero Dios. En las primeras ampliaciones de este recinto colaboraron otros monarcas, como doña Urraca Alfonso, “la asturiana” (1133-1179), o Fernando III (coronado rey en la Catedral de León el 7 de noviembre de 1230). 

Con el paso de los siglos, el monasterio, así, con sus bóvedas, pilares, capiteles y naves adyacentes (como “La Panera” –lugar donde guardaban el trigo–, de 1789), además de admiración, por encima de los suelos marmóreos, incitaban al pecado de la envidia a determinados personajes. 
No fue el caso, pero os dejo un buen ejemplo de cómo, en 1795, el ilustre escritor, jurista y político Gaspar Melchor de Jovellanos, acompañado por «el prior, ausente el abad, y un monje asturiano de Laviana, fray Joaquín González», se lo encontró así: «bello claustro toscano, pilastras entre los arcos, abajo antepecho y bóveda, arriba cerrado de cantería, metopas bajo el alero y cornisamento, en una pilastra 1628, buen refectorio, y en él mejor cuadro de la Cena; me pareció de Vera; si lo es tiene un mérito muy superior a los de la sacristía; segundo claustro: sólo tres frentes, también de buena arquitectura; columnas para sostener los arcos, cerrados los de arriba, hoy llamado el dormitorio». 

A ‘La Panera del Belén’ no le falta detalle e incluye, al frente, a Jovellanos.
A ‘La Panera del Belén’ no le falta detalle e incluye, al frente, a Jovellanos.



La ruina de este monasterio llegó con la Desamortización de Mendizábal en el año 1835. Año en el que, al huir, los monjes se llevaron bajo el brazo todo lo que pudieron y más. Del resto de las joyas, cuadros o lujosos libros se encargaron determinadas “ratas de dos patas”. Y de las tierras, unas 4.225 hectáreas, que incluían montes y pastizales… 

Aprovechando el río revuelto, las extensas tierras del monasterio fueron adquiridas por los Quiñones de Villaverde y después por Pablo Regino López, que por una ínfima cantidad se las vendió a Gabriel Balbuena, el explotador, quien con “malas artes”, fue arruinando a quienes realmente las trabajaban: 56 de los vecinos a los que les exigía de renta cinco de las seis cargas de trigo que cosechaban. Una manifiesta injusticia a la que habría que añadir otras, y por eso… «No habiendo sembrado patata, legumbre y otros sementijos, porque con amenazas, desahucios, juicios, interdictos, etc., etc., tratan de aniquilarnos ó que nos entreguemos por hambre, para decir que todo es de los Sres. Balbuena. Más no lo conseguirán, porque somos de la patria donde estuvo Numancia y Sagunto que consintieron perecer antes que entregarse…». Bravo. Bravísimo, porque, a pesar de que la guadaña del hambre amenazaba de muerte, cuarenta y siete vecinos se negaron a sembrar las tierras durante tres años. Un largo período en el que demostraron que la unión hace fuertes a los que buscan la justicia y la verdad. Su patrimonio, el patrimonio comunal, fue defendido además con manifestaciones delante del Gobierno Civil y su lucha constante resultó ser efectiva. Al final, tras casi un siglo de pleitos, el gobierno de Primo de Rivera les reconoció el derecho al retracto. Y, de esa forma, los entonces sesenta y dos vecinos podían adquirir un lote de las tierras que, usurpadas de aquella manera por Gabriel Balbuena como coto cerrado, solo a ellos les correspondían por un motivo especial: sus antepasados las habían trabajado como foreros (arrendatarios) del monasterio. Un final feliz que, en el año 1929, se les comunicó en un concejo abierto. Concejo presidido ni más ni menos que por el gobernador civil de León, Generoso Martín Toledano, acompañado de su ayudante, y bajo la “tutela divina” del buen párroco Jesús Urueña (en todo momento al lado y en justa defensa del vecindario). 

Aquel día de 1929, en Villaverde de Sandoval, ocurrió otro de esos fenómenos que, sin saber muy bien cómo, nos llegan a nuestros días para sentirnos orgullos de lo que somos: un pueblo solidario y democrático. Los primeros, tal vez, de la patria chica que utilizamos los Concilium plevis romanos (desde el 494 a. C.) con otro nombre: concejo. Y de aquel concejo especial, realizado en Villaverde de Sandoval, tenemos constancia por la espectacular fotografía, de autor desconocido, que al ser la más antigua que se posee de un concejo abierto leonés, se puede catalogar como una auténtica reliquia. ¡Casi nada, nada menos!

Sorprendente este León nuestro, ¿no os parece?

Bien. Pues como dejé escrito en los prolegómenos, para inaugurar tan largo camino, fue una estrella la que me iluminó; un joven historiador que responde al nombre de Héctor Bayón. Él fue el causante de que, aquel 28 de noviembre pasado, me despertara de mi letargo cultural al invitarme a acudir al Monasterio de Sandoval para ver el “Belén Concejil de Villaverde de Sandoval”. Un belén tan distinto a cualquier otro que, contagiado por sus históricas bellezas, me cautivó de principio a fin. 

El “Belén Concejil de Villaverde de Sandoval” se encuentra en el interior de la iglesia del viejo monasterio y, desde las piezas del Misterio y sus complementos (adquirido con el dinero que hace años –más de cincuenta– consiguieron de premio un grupo de jóvenes al representar un acto teatral) te sorprende. Al menos así yo lo he vivido al ver cómo uno de los Reyes Magos “viaja”, aquí, montado a caballo. «¡Por fin! –pensé– se hace algo de justicia a la historia de lo que pudo ser aquella realidad». Y la realidad (¿?) fue que, al proceder de distintos puntos, los Reyes Magos lo hicieron, cada cual, en distintas monturas: Melchor en camello, Gaspar a caballo y Baltasar en elefante. 

Repuesto de esta primera sorpresa, la siguiente adquiere, para mí, el título de “excelsa”: la ampliación de este Belén se hizo con piezas artesanales (más de cien) que representan a diversos personajes reales (“vestidos” con “sus propias ropas”), que ya forman parte de la historia de todo el pueblo. Se “levantaron”, a escala, edificios singulares como “La Panera” (con más de 1.000 tejas) y el palomar (que también pertenecía al Monasterio) y se deja constancia de otros detalles singulares, como las mujeres portadoras del pendón de Villaverde. Allí, para mi sorpresa, se encuentra representado el famoso concejo del año 1929, con todos sus protagonistas (al que se le puede comparar con la famosa fotografía), el pendón, “La Panera” (con un Jovellanos particular al frente), el carpintero, el panadero, el palomar, la floristera, la repostera, los juegos infantiles, el coro, san Francisco de Asís (patrón del belenismo), el Misterio y sus complementos (ya comentado) y el río (Esla) que nace de las altas montañas (al fondo).

Espectacular, insisto, es este belén por dejar constancia de manera artesanal de una parte de los personajes y de la historia real de todo un pueblo, en cuyo montaje, realizado por varios vecinos, se emplearon más de quince días. Una grandiosa obra, en miniatura, que se ha hecho realidad especialmente y gracias al tesón de dos vecinas: Isabel Campos y Mercedes Sahelices. Extraordinario.

Archivado en
Lo más leído