El tema es inevitable, la Semana Santa; las imágenes las marca la propia sección, las de los años setenta cuando Fernando Rubio fue fotoperiodista en la prensa leonesa. Ni que decir tiene que el primer problema es elegir, pues tiene decenas, cientos más bien... y el tema le gusta a Fernando, que fue cofrade y algo más. «Yo fui monaguillo, cuando la misa era en latín y el sacerdote daba la espalda al pueblo y la mirada a Dios en el altar. Recuerdo que empezaba con la señal de la cruz y el ‘Introibo ad altare Dei’(Subiré al altar de Dios), al que respondíamos: ‘Ad Deum qui laetificat juventutem meam’. (Al Dios que es la alegría de mi juventud)». Tal vez por ello una de las estampas es de monaguillos, hoy de actualidad.

Pero vayamos al asunto central, la Semana Santa, que Fernando sigue desde su lejanía, lo que le lleva a reconocer lo complicado que le resulta comparar... pero ve muchas diferencias. E ilustra sus sensaciones con un artículo de 2018 que le reafirma en lo que intuye y es de alguien que la vive muy de cerca, muy desde dentro, Carlos García Valverde, al que también admira en otro campo que le es muy cercano, el diseño gráfico: escribía entonces, bajo el título de ‘Sevillanizando que es gerundio’: «Me rindo. Lo he intentado, pero me rindo, señores. Llevo años batallando desde estas mismas páginas y en otros mentideros contra la contaminación andalucista de nuestra Semana pasional, y me consta que hay muchos leoneses, papones o no, que comparten esta idea e incluso se suman a esta batalla perdida, pero como, según parece, hay muchos más que aplauden -literalmente- esta especie de invasión exógena sureña (o, al menos, hacen más ruido, ostentan cargos o tienen acceso a tribunas desde las cuales pueden espolear sin mesura ni pudor tales importaciones), pues a callar, que esto es una democracia». Más claro agua.

Analizaba García Valverde aspectos que se ponen sobre la mesa, ‘disculpas’, análisis, como que «hay quien alega que la sobriedad añeja de nuestras procesiones era sólo y exclusivamente producto de la precariedad, que la sencillez candorosa de aquellos cortejos antañones no era sino parquedad impuesta por la pobreza, y que en época de vacas gordas no tiene sentido mantener ese carácter provinciano y anticuado...». Analiza, pero no comparte que «sea mejor plagiar lo ajeno que mejorar lo propio; que sea preferible aculturar de forma integral, adoptar al completo un modelo foráneo, que investigar o preguntarnos hacia dónde debería ir lo nuestro». Y advierte de que detrás de la ‘parasitación’ de nuestra Semana Santa llegarían los nuevos vocablos y nombres y que los papones acaben siendo nazarenos y los braceros pasen a ser costaleros... más pronto que tarde.
Es mucho más extenso el estudio, cargado de imaginación e ironía, pero ya se intuye por dónde iban sus reflexiones y sus temores: «En resumen, si queremos asemejarnos a nuestros idolatrados béticos, remedar el fasto y el boato sevillanos y poner a León de una vez por todas en el mapa andaluz, que es el que abandera la mejor Semana Santa del mundo, quebremos las horquetas, orinemos sin recato sobre las viejas fotografías de Gracia o de Antonio, defequemos sin pudor sobre las tumbas de nuestros ancestros papones. Sólo así ganaremos el cielo… Perdón, quise decir el “sielo”, mi “arma”».
El debate está abierto. A Rubio le gusta y cree que tiene sentido la apuesta por nuestra Semana Santa leonesa, aquella que plasmó con su cámara y hoy nos regala.

Y para hablar de aspectos diversos de nuestra Semana Santa y sus gentes, sus peculiaridades, recupera un poema de Paco Pérez Herrero, creador del mito de Genarín, pero también autor de un texto «dedicado a la Calle de Santa Cruz, que nos muestra una Semana Santa que yo sí conocí de cerca: silenciosa, honda, cargada de memoria».
Escribía en 1974, en sus primeros versos: «Calle de Santa Cruz, / añoranza y ausencia quieta y viva. /Ceniza de silencio escurridizo / se adhiere como hiedra en sus horas ahítas / de siglos y leyendas / en brasas de un pasado que crepita. // ¡Toda el agua del mar, caber pudiera en canal tan angosto / como es esta calle escarnecida, / porque más grande que el mar incircunciso, / es una lágrima de nuestra Dolorosa, consumida / de tanto sufrimiento / por el hijo que desgarrado y lívido en sus brazos se enfría!... // ¡Calle de Santa Cruz! / ¡Silencio que medita, / latidos que se sienten, / misterio que vigila, / párpados de los siglos / y embozo que escrudiña!... // ¡Su largo anochecido / se levanta y oscila, / como lenguas de fuego / y culpas redimidas / donde brota el bálsamo mejor para el espíritu / y el llanto es un consuelo y la muerte otra vida! / Todo pasa silente / por el repecho de la calzada pina. / ¡La tragedia se yergue en el sueño del tiempo / y la pena aterida / pone perlas de llanto en el alma del hombre, / como la amanecida, / llora lágrimas de escarcha y de rocío / en la nítida y blanca margarita!».
También esos caminos semanasanteros recorría un recordado personaje que representó esa singularidad nuestra, de Santa Cruz o de Genarín, pero de aquí.