Sucede muchas veces –casi siempre– que la vida se le queda pequeña a los homenajes. Que los tributos quedan relegados a la espera de la muerte y no es hasta que la persona a homenajear –ya sometida a ese gesto tan bonito como temido de criar malvas– ha fallecido cuando su memoria refulge en todo su esplendor.
No era esa la intención de Azucena Rodríguez. La cineasta madrileña encontró en el cine una forma de capturar el legado de Almudena Grandes en vida y congelarlo, para siempre, entre fotogramas. La profesora, guionista y directora que en 2007 llevó a la gran pantalla la novela ‘Atlas de la geografía humana’ encontró de nuevo en el cine una forma de mostrar su admiración y veneración hacia la que fue su amiga del alma. «Empecé a hacer esta película cuando Almudena estaba sana y lo que quería era hacer un documental sobre su dimensión como escritora», relata la cineasta: «Quería narrar su método de trabajo y su proceso creativo, pero llegó la pandemia primero, la enfermedad después y luego la muerte».
No fue fácil para Rodríguez, que pasó el duelo en pleno montaje. Y tuvo que parar para llorar «lo que no está escrito». Y lo retomó, llegando a alumbrar un primer boceto en el que Grandes no fallecía, pero –se dio cuenta– «no funcionaba». Y volvió a la acción. Y le sucedía como a los niños: «Me tapaba los ojos para hacer como que no había pasado». Pero sí pasó y así quiso sacarlo a relucir en su película, ‘Almudena’, con la que aún hoy, como sus lectores, llora la muerte de quien acuñó una literatura que le «abrió el horizonte de todo lo que ha sido nuestra historia del siglo XX».
Más aún; la cineasta llora también la marcha de una amiga íntima de esas con las que compartes vacaciones. De esas con las que, un día cualquiera y sin pretenderlo, coincides en el color del vestido cuando salís a cenar, como en la fotografía que acompaña este texto, y lo atribuyes a una especie de telepatía. Porque no puede ser otra cosa. «Es un intento de darle todo lo que ella me dio como amiga, porque me dio muchísimo», continúa Rodríguez: «Es una manera de devolvérselo, de que no la olvidemos y de que la gente la siga leyendo».
Así preserva la directora del documental la memoria de su protagonista. Lo hace echando mano de «una intimidad que otros cineastas no habrían tenido». «No quería hacer un documental con sesudos profesores de literatura explicando su valía», relata: «Lo que quería era no renunciar a ese grado de intimidad; esa cercanía que yo quería que el espectador tuviese con ella». De esa forma se planteó la cinta; como una oportunidad para que el público «pasase el rato» con la autora de ‘Las edades de Lulú’. «Poniéndome cursi, es una carta de amor», añade.

Por eso mismo recopiló Rodríguez testimonios de familiares como su marido, el poeta y director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, y sus hijos. También encuentros con amigos en situaciones y lugares cotidianos. No faltan charlas y conferencias impartidas por la escritora de ‘El lector de Julio Verne’. Tampoco una entrevista que deja entrever la especial conexión entre directora y autora. «El arranque del documental, que lo salpica todo, es una especie de borrador», explica Rodríguez: «Quedamos en su casa, estuvimos todo el día y yo le hacía preguntas mientras íbamos probando. Es un borrador que pensé que no se iba a ver nunca y se ha convertido en lo último que he rodado sobre ella».
Lo demás son sus recuerdos. La cineasta los sostiene de la forma más dulce posible. Se lo nota en sus apelativos cariñosos; en la entonación cantarina que le sale sin querer cuando habla de su amiga, su confidente. «Tenía una actitud de absoluta honestidad con lo que contaba y de respeto hacia lo que hacía y hacia la gente a la que se dirigía», rememora, sin poder esconder cierta nostalgia: «He hecho esta película para mantener viva su memoria y, si eso se consigue, mi malestar, desde luego, ha merecido la pena».
De ese amor incondicional serán testigos los leoneses y leonesas que este domingo, desde las 19:30 horas, recalen en el Teatro El Albéitar de la capital provincial. A la proyección de la cinta ‘Almudena’ seguirá un coloquio de la directora. Todo en un evento de acceso libre hasta completar el aforo del espacio que contribuye a la ambición de Rodríguez: mantener viva la memoria de una de las grandes escritoras que ha dado este país, Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes y Premio Nacional de Narrativa de 2018.
Pero no es la única memoria a la que atañe la película. De su mano, quiere guarecer Rodríguez la de las gentes que la escritora, autora de ‘Los aires difíciles’, ‘Inés y la alegría’ y ‘Te llamaré Viernes’, «rescató del olvido». «Todos los ‘Episodios de ‘una guerra interminable’ son un homenaje de Almudena a las gentes que lucharon por la libertad en este país; a las que la propia democracia no les ha reconocido su valor», revela la directora: «Leyendo a Almudena traermos al presente, traemos a la memoria y hacemos justicia a esas gentes, a esas mujeres y esos hombres que han luchado en este país por la democracia». En sus palabras, Grandes «es la escritora de la memoria y de la memoria democrática».
Por todo ello se llama la cinta como se llama, ‘Almudena’. No hacen falta apellidos para identificar a una gran amiga; en la vida de Azucena Rodríguez, la grandeza de Almudena Grandes fue mucho más que la de su literatura. Por eso, aun quedándose tantas veces pequeña la vida como escenario para homenajes y conmemoraciones, no es la muerte infinita el único espacio que consigue abarcarlos. El mayor tributo está en los recuerdos de quienes leyeron –y leen– y de quienes quisieron –y quieren–, como Azucena, a Almudena Grandes.
