Aristocracia y brillo del atracador

Pipo: Profesional de la estafa, recopiló toda su amplia sabiduría en cuatro versitos de nada: "Los pillos son los que viven; / los hombres de bien perecen..."

Diego Medrano
27/07/2016
 Actualizado a 05/09/2019
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Elegantón pero demodé. Muy de corbatín de seda pero el sablazo siempre dispuesto, a mano. Trajes horteras, de solapas anchas, pata de elefante y así. Dedos anillados, con uña meñique marisquera. Sombreros, bastones, bufandas locas, chillonas y de sexo contrario. Pipo, profesional de la estafa, recopiló toda su amplia sabiduría en cuatro versitos de nada: «Los pillos son los que viven;/ los hombres de bien perecen;/ no sé qué tienen los pillos,/ que todo se lo merecen».

Llamaba la atención, a sus años, por encima de setenta, el melenón níveo, blanco como un día entero sin pan. El cabello como mejor medalla e insignia de algún tiempo noble, heroico, vetusto, grande. Las chapitas de oro -¿Condecoraciones militares?- de las americanas a cuadros de Cortefiel. Esa coña de golfo que nunca dejó atrás:

-A mí antes me perseguían las mujeres.

-¿Y por qué ahora no, Pipo?

- Es que ya no robo bolsos.

Adoraba a los loros: esas mujeres de traje de chaqueta, gorditas, que no dejan de cotorrear en las cafeterías de moda, Embassy y por ahí. Solía ir por las hijas de las anteriores, en plan padre, en plan cura, dogmatizando como sólo un perro con historial sabía y podía hacerlo: «No te cases con viejo/ por la moneda:/ la moneda se acaba/ y el viejo queda».

Robaba carteras, latas gourmet en supermercados hipercaros, alta joyería, alta costura, alta pastelería. No estaba solo – a la manera de Gastón Baquero– sino que vivía rodeado de un fabuloso mundo de fantasmas. Lo sabía todo de las tinieblas y lo ejemplificaba a la mejor ocasión: «Los males honran los buenos/ como honra la noche al día;/ pues sin tinieblas, tendría/ el mundo la luz en menos».

Cuando era joven, decían, había atracado una farmacia con la consiguiente burla antes de sacar la cheira:

-¿Tiene usted pastillas para la tos? Pues tómese cuatro, que le voy a dejar sin blanca y como Dios lo trajo al mundo.

También en sus tiempos, borracho, entró con un cachorro de gato bajo el brazo, y le dijo a los bancarios, coloradote de tinto malo y agudas pulgas:

- O me dan toda la pasta o aprieto el gatillo.

A los quinquis que se le acercaban en plan intimidatorio («¡La chupa o la vida, oiga!», y otros clásicos contemporáneos) Pipo siempre respondía en solfa:

- La chupo, la chupo.

O cuando, igual de beodo, se le acercaba a un policía con un estribillo que media ciudad ya conocía:

- Señor Policía, Señor Policía, me robaron mi pan.

- ¿Y estaba solo?

- No. Con mantequilla.

Pipo era de guante blanco, de cuello alto, un dandi de la estafa del viejo Madrid, generalmente de metro en zona cara y a primera hora de la mañana, para gastárselo después todo, muy rápido y muy seguido, en Montecristos de diez centímetros, de cuarenta, de casi un cartabón.

Tenía el gran peligro del amante de lo ajeno: era codicioso. Si había cartera y reloj, quería ambos. Si había maletín y abrigo bueno, no podía marchar sólo con uno. Dicha codicia la explicaba él de modo genuino:

«Aquel que nunca fue cosa/ y que cosa llegó a ser,/ quiere ser tan grande cosa,/ que no hay cosa para él».

Le ofendían, sobremanera, la gente que dormía en los cajeros automáticos. Aseguraba que en La Otra Vida (la del crimen, la del hurto) las maneras eran lo prioritario, lo crucial. Solía mearle en una oreja a los Sin Techo (a veces, huy, apuntaba mejor y era el ojo) allí acurrucados, a altas horas de la noche, mientras repetía entre risas y toses muy escénicas, muy teatrales, muy ensayadas todas, voz tronante y estentórea:

- Abre la boca que llueve, cabrón.
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