Antonio Núñez, el último de una raza

El periodista bañezano falleció a los 67 años después de una dilatada trayectoria como redactor del Diario de León y corresponsal de El País

Fulgencio Fernández
29/08/2020
 Actualizado a 29/08/2020
Antonio Núñez. | JESÚS F. SALVADORES
Antonio Núñez. | JESÚS F. SALVADORES
Antonio Núñez era el último periodista escapado de una película de cine negro, aquellos indomables que siempre eran más amigos del malo que del poderoso, un tipo que te mataba con una palabra, ésa que siempre parecía estar buscando detrás de sus gafas gordas, las volutas de humo de su cigarro yel aroma inspirador de un vaso en el que sonaba el hielo.

- Cómo vuelvas a escribir veterano periodista…

Tal vez por ello murió joven, para no darte la razón absoluta, “que os venís arriba y miráis al mundo como si tuvierais la solución”.

Bañezano discrepante, “yo no soy de los de La Bañeza de toda la vida para no parecer de León de toda la vida, vengo de aquellas familias para las que La Bañeza era destino, desde La Valduerna y la Cabrera, de los que cargaron la maleta en el coche de línea y La Bañeza era como La Habana o Buenos Aires”. Era una gozada escucharle su propia biografía porque, como en la vida, discrepaba de sí mismo, y lo mismo ejercía de bañezano como de apátrida, con argumentos sólidos en ambos casos pero muy dependientes del día y de la hora. Alumno del Seminario, como tantos de su generación, “allí me pasó una cosa que ya me mató para siempre, con 14 ó 15 años gané un concurso nacional de Redacción, creí que sabía escribir y decidí que lo mío era el periodismo. Y para una vez que no me tenía que haber empeñado en no hacer lo que debía lo hice. Y aquí estoy, del bolígrafo a la máquina de escribir y de ahí a un sindiós”.

- Pero ya se te daba bien.
- ¡Qué coño se me iba a dar bien! Eso creía entonces, a escribir aprendí después, si es que aprendí alguna vez.

Aprendió, claro que aprendió y, lo que es más complicado, creó escuela. Tal vez se entienda mejor su trayectoria es recordando cómo aprendió, viajando a las lecturas de quienes reconocía como sus maestros, al margen de Victoriano Crémer, con quien compartía horas de conversación, de discusión y “me ayudó en ese difícil tránsito del sentido crítico a la eterna acidez”.Se reconocía admirador de Indro Montanelli y algunos clásicos españoles de la crónica parlamentaria, “unos tipos muy curiosos a la hora de contar”, que fue una definición que él heredó cuando hizo la crónica política local, en la que marcó un estilo, alternando el humor con una valoración “definitiva” de lo visto y escuchado. Con la contundencia de otro de sus maestros, a nivel nacional, el recordado Martín Prieto.

Las negritas de su “paisanajes” eran temidas, a los políticos no les gustaba nada verse en ellas pues cuando viajaban al texto, en el mejor de los casos, encontraban al ácido Núñez, pero eso también acarreaba que cuando Antonio hablaba bien de alguno, que era posible, hubiera una sinceridad que se agradecía y enmarcaba. “Si escribes al dictado, que pasa mucho, devuelve el carnet de periodista y pide el de escribidor, que no pasa nada, es un oficio como otro cualquiera pero es precisamente eso, otro”.

Antonio, que llegó al Diario “antes de que muriera Franco”, con 21 años, y fue uno de los integrantes de la primera promoción de la Facultad de Periodismo de la Complutense dos años más tarde, en 1976.

Aquel joven periodista del que ya se hablaba por su singular forma de hacer, por el estilo de su pluma, se convirtió en un referente cuando fue elegido como corresponsal de un periódico en aquella época ejemplar, El País. Es ese momento en el que todos les buscaban, algunos de sus reportajes –el del uranio en el subsuelo de diversas franjas de la provincia, por citar uno- trajeron mucha cola, en la calle y en los despachos, de la Diputación o de la Caja de Ahorros.

Y Antonio seguía con sus rutinas, seguía siendo el último periodista escapado de una película de cine negro, que sabía que la noticia o el adjetivo preciso, ése que seguía a la negrita de un nombre, sólo podían estar escondidas detrás de la conversación de la barra del mar, enmascarada detrás del humo de un cigarro o difuminada bajo el sonido de los hielos contra el cristal. Y sonreía al descubrirlos.

En 2009 recibió el Premio Fabián Estapé a toda su carrera, también para este reconocimiento tenía ese análisis cargado de ironía y acidez, un análisisestilo Antonio Núñez: “Me lo han dado por unanimidad, lo que podría significar que tengo muchos amigos en la profesión (lo concede la Asociación de Periodistas de León), que no es nada fácil en este mundillo de desquiciados, o que todos son algo enemigos ‘ma non troppo”. Y es que Antonio reconocía como uno de los problemas que más le disgustaban del periodismo actual que “nos han colocado, nos hemos colocado, en trincheras y hoy parece inviable que un periodista de izquierdas se entienda con un periodista de derechas… pero ¿qué es eso de periodista de izquierdas o de derechas, no somos periodistas?”. Y es que aceptar que podía militar en un bando le impediría disparar negritas contra ‘los suyos’ y “hasta ahí podíamos llegar, eso nunca”. Así logró marcar un estilo incluso como Jefe de Prensa de la Diputación, cuando al entrar a una entrevista sugería “pregúntale por…”.

Jamás dejó Antonio el adjetivo ácido para un nombre en negrita en su teclado. Núñez, el último de una raza.

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