Años después, supe la verdad

Cristina Fanjul narra en su primera novela, 'La isla de Garibaldi', la odisea de unos personajes en los años oscuros de la Guerra de España

Avelino Fierro
04/02/2026
 Actualizado a 04/02/2026
La autora de ‘La isla de Garibaldi’, Cristina Fanjul. | PEIO GARCÍA (ICAL)
La autora de ‘La isla de Garibaldi’, Cristina Fanjul. | PEIO GARCÍA (ICAL)

Escribía Henry James en ‘El arte de la ficción’, que la única razón para la existencia de una novela es su intento real de representar la vida. Si no, veríamos en ella algo artificioso, un producto del ingenio que organiza, traduce y manipula las cosas que nos rodean.

Cristina Fanjul, curtida en las trincheras del periodismo, ha preparado este artefacto literario haciendo uso de su oficio: presenta detalles que tienen la contundencia del reportaje; los diálogos poseen la convicción de las opiniones vertidas en una entrevista; el tiempo en el que se mueven los personajes está plagado de lugares y momentos, marcas y señales que lo anclan a la realidad, es un pasado que puede tocarse; las vidas se posan en las páginas como si cada uno de los actores escribiera su biografía.

Todo ese andamiaje, en el que se traslucen lecturas, documentación e investigación, no sería suficiente para que la ficción cobrase vida. Pero Cristina, tras disponer en la mesa de trabajo ese escenario –la imaginamos ordenando lecturas, revisando datos, clavando en un tablero fotos y frases de escritores o historiadores a la manera de un detective que quiere armar el relato de una tragedia– ha transmigrado, se ha despersonalizado y se ha vestido con las ropas de cada uno de los protagonistas. Deambula por su escritorio y piensa como lo harían el coronel, o el espía, o el minero que traspasa la bocamina de La Pena Negra. Y habla como ellos, habla en voz alta, toma notas, se sienta, redacta, reescribe, tacha.

Es una tarea ardua. Antes ha tenido que elegir en ese tablero de operaciones –sí, como si se tratase de algo militar, de un avanzar y retroceder en el campo de batalla que es la escritura– un punto de vista para narrar que puede adoptar la forma del monólogo interior, del autor omnisciente, un narrador o varios que aquí aparecen de vez en cuando en letra cursiva. Y ha debido echar mano de las herramientas del oficio para que el resultado nos lleve a olvidar que estamos ante un colorido tapiz tejido con las medias verdades de la ficción, las estratagemas del arte.

Cristina lo consigue, hace que el lector suscriba ese pacto ficcional para aceptar y rendirse a la narración y entre de cabeza en ella, sienta el respirar de ese mundo: recorra sus calles, viaje hasta el norte de África –hay episodios muy documentados sobre la guerra de Marruecos–, visite los cafés parisinos donde recalan los exiliados, descienda a las galerías del poblado minero del wólfram, vislumbre el castillo de la familia protagonista sobre la colina rodeada de niebla, sienta los embates de las olas en ese cementerio que mira al cielo en Luarca, o se vea como un conspirador en el Hotel Regina o en las catacumbas de un barrio madrileño.

La riqueza de las descripciones, entreveradas a veces de un tono lírico –«mi infancia terminó esa noche, con las glicinas coloreando mi cuarto con un resplandor violeta»–, el tono de un realismo barojiano cuando la trama lo exige –muy presente en las páginas de la visita de Aceval acompañando al fraile a una corrala de miseria–, las precisiones biográficas –ministros y personajes del tiempo de la Guerra Española desfilan por los renglones de estas páginas– o la rica fabulación del escenario europeo de esa época, hacen que la trama, cosida como un bordado primoroso, tenga consistencia, hondura y cale en el lector.

Portada de 'la isla de Garibaldi' de Cristina Fanjul.
Portada de 'la isla de Garibaldi' de Cristina Fanjul.

Qué bien funcionan y se dibujan los personajes femeninos: Doro, Dorotea Rubio, la criada; Aurora, la señora de Alonso; Jacinta Barriales, la viuda de Matías –esa conversación entre la señora y la mujer del minero, que está en las páginas iniciales, me ha parecido uno de sus mejores logros–; esa hija del coronel que habla en cursiva, que es la narradora final de todas las historias; Delphine, o Isobel, cualquiera que sea su nombre, la espía de la que se enamora en la campaña africana el coronel y que luego reaparece en Barcelona, en los días finales de la guerra.

Los actores principales, los hombres, los que hablan de la guerra y el honor, están también correctamente dibujados, sin costurones, bien cosidos a la narración: el coronel Marcelo, el espía Johnson, el general francés Giraud, el pistolero falangista

Quizá no sea lo más importante la anécdota que se quiere resaltar como punto central de la historia y que se anota en la misma contraportada del libro –el minero que se sacrifica por salvar al coronel condenado a muerte– y sí lo sea todo lo demás. Eso es lo que hace avanzar la narración y describe mejor la tragedia personal y colectiva. Esos momentos de nuestra historia que están tan bien dibujados en el prólogo que pone Chaves Nogales a su libro de relatos ‘A sangre y fuego’

Cristina Fanjul no renuncia tampoco a hacer valoraciones sobre aquella época, poniendo severas constataciones en boca de sus personajes. Es lo que H. J. James llamaría el propósito moral consciente de una novela. Eso nos hablaría de la calidad de la mente de su creador.

«Puede que descubramos que la Guerra Civil no se parece en nada a la escenografía que todos tenemos en la cabeza, que la epopeya que ha pasado a la historia no es más que una sala repleta de burócratas atendiendo a la muerte en horas de oficina».

El destino de los sobrevivientes cuando Alicante es tomada por los fascistas, a los que nadie ha recordado, es también analizado desde esa mirada nada indulgente, áspera, de denuncia.

Un crítico puntilloso pondría a ‘La isla de Garibaldi’ algunos reparos: analepsis y prolepsis en demasía que pueden confundir al lector, la ausencia de guiones en muchos diálogos, algunas erratas. Parece claro que todo ello no es producto de la impericia, sino de la falta de una última y reposada revisión. Objeciones en todo caso menores para esta novela documentada e inteligente, llena de vida y verdad, de Cristina Fanjul.

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