Cuando cierra un establecimiento con más de siglo y medio en funcionamiento —y más aún si es un restaurante— no se cierra un negocio, se cierra una historia, una larga historia, un montón de recuerdos, viejas costumbres, miles de anécdotas y miles y miles de clientes que pasaron por el histórico comedor.
Va a ocurrir exactamente dentro de una semana. El 21 de diciembre cuando Mirta y Carlos, los actuales dueños, y Yoli y Nieves, recojan la última mesa bajarán la trapa definitivamente de la Venta de Getino, que también fue conocida como Casa Amador (al padre de Carlos) y la Venta del Amparo, en tiempos más lejanos, allá por los años finales del siglo XVIII, que de esa época «tenemos algún papel por ahí y muchos más de principios del siglo XIX», explica Mirta, cuyo rostro se entristece cada vez que tiene que responder a la repetida pregunta de los últimos días sobre el cierre: «Sí hijo sí, el día 21», dice de manera casi mecánica.
- ¿Con pena Mirta?
- Con mucha pena, la verdad. Pero no hay más remedio, Carlos se jubila, no tenemos hijos que se hagan cargo de la Venta... ¿Cómo no me va a dar pena con lo que he trabajado aquí?», dice recordando que llegó en el año 1980, «ya son años», y pudo comprobar que era la heredera del trabajo de la mujer que la había precedido a los fogones de La Venta de Getino, Dona. «La tradición venía de antes, de las viejas ventas, pero yo pude disfrutar de las enseñanzas de Dona (falleció en 2011) y comprobar que ella había sido el alma de este lugar, la que tiró por él, la que hizo de la venta lo que es y que yo solo traté de ser fiel a lo que ella me enseñó».
- Ya; primero la madre de Dona, después Dona, tú... pero la venta tenía un segundo nombre que era Casa Amador.
- Ya. Como ellos son los que están de cara al público y nosotras en la cocina...

Carlos ríe abiertamente para darle la razón a Mirta; y más en su caso, que le tiró durante años la vocación ganadera y era Mirta el alma dentro y fuera.
Incluso el nombre más tradicional, La Venta de Getino, no fue el de más de siglo y medio de andadura del lugar, ya que en sus inicios Getino era «el pueblo de las ventas» y para distinguirse ésta que ahora cierra, la última de todas, era La Venta del Amparo; que convivía en aquellos tiempos con La Venta del Tío Sidrón y La Venta de la Herrera.
La primera de ellas, la Venta del Tío Sidrón, estaba en lo que entonces era el kilómetros 39,7 (la del Amparo estaba en el 41), a la entrada del Camino de Sirga, que había la ruta de la arriería hacia el cercano pueblo de Gete. De ella ya no queda prácticamente nada, apenas se pueden distinguir algunas piedras tapadas por la maleza.
De la Venta de la Herrera sí queda el deteriorado edificio, a la salida de Getino subiendo, pues lleva bastantes años cerrado. También tuvo fama y se sabe que abrió en 1915, cuando llegó al pueblo, con quince años, la famosa ventera conocida como La Herrera, madre de Chucho, que fue quien estuvo al frente del negocio aunque, también aquí, la cocinera fuera Pilar. El nombre les viene de la profesión del matrimonio que abrió la Venta, los herreros, que tuvieron fragua y desde ella instalaron una turbina que le daba luz al lugar hasta los años 60.
La Venta de Getino en su etapa de Venta del Amparo se cree que tiene su explicación el nombre a que tenía en su exterior un cepillo de ánimas, en el que los caminantes y clientes podían dejar su propina «para la piedad con pobres y necesitados». Repetía Amador que «aunque parecía fácil robarla nunca ocurrió». Mientras hablamos Mirta responde a una llamada; quien está al otro lado del teléfono no parece creérselo y le pregunta: «¿Y ahora, dónde como yo la cecina de chivo?».

- ¿Es la especialidad actual?
- Es una de las nuestras; ya sabes que aquí siempre hemos sido de platos tradicionales, unos pocos pero cuidados.
Y recuerda Mirta aquellos que Dona le fue enseñando, que acudía a la cocina a ver cómo se guisaban hasta sus últimas fuerzas, los que se convirtieron en un referente en esta Venta de Getino. «Siempre tuvimos clientes que venían buscando la carne con patatas, qunque en el menú dijera patatas con carne), los arroces, una sopa de cocido que algo tenían de diferente, la mano de Dona, y sus tortillas».
- ¿Y las truchas?
- Por supuesto, fueron la estrella del menú durante muchas décadas, pero como ahora está prohibido comercializarlas... tenemos de piscifactoría, pero no es lo mismo. Ni se sabe las truchas de río que habremos servido...
- Toneladas; dice Carlos, que recuerda cómo su padre, Amador, tenía «apalabrados» a los mejores pescadores de la comarca, como El Chisquero de Robles o Manolo el de Villanueva, que «se las mandaban por el coche de linea, cajas y cajas».
El Chisquero comentaba en un viejo reportaje de pesca que un año, por los 50 ó 60, Amador le pagó a final de temporada «75.000 pesetas por las trucha que le había ido mandando».
No era un bar, era una historia, que el domingo escribe su última página.