Los 40 leoneses del Holocausto

Entre los miles de represaliados en el horror nazi había, al menos, 40 leoneses que la profesora de historia Irene García Lino recuerda y reivindica en este artículo: ‘Noche y niebla’

Irene García Lino
01/02/2026
 Actualizado a 01/02/2026
Agustín Ovalle y Antonio Abella en las fotos del homenaje que se les rindió en Ponferrada (junto a otros siete) en 2022.
Agustín Ovalle y Antonio Abella en las fotos del homenaje que se les rindió en Ponferrada (junto a otros siete) en 2022.

Hoy, la montaña leonesa se ha despertado envuelta en niebla. La atmósfera es pesada, casi fantasmagórica. Desde mi ventana veo cómo se dibujan entre los jirones grises los árboles de El Rabizo y cómo en los cristales se cuajan las diminutas gotas del tan leonés calabobos.  

Mauthausen es conocido como el «campo de los españoles». ¿Por qué? Muy sencillo: la mayor parte de los supervivientes que fueron liberados aquel 5 de mayo de 1945 eran españoles. De ahí que la pancarta de la icónica foto de la liberación esté en nuestro idioma: “Los españoles antifascistas saludan a las tropas liberadoras”.

Y, un día como hoy, hace unos años, visité el campo de Mauthausen con mis alumnos de Fabero. El mismo cielo gris. Una neblina que desdibujaba las formas aumentando la ya de por sí tremenda sensación de tristeza y sobrecogimiento. Y la lluvia fina que nos introducía el frío en lo más hondo de los huesos. 

Recuerdo que nada más cruzar las puertas del campo tuve que secarme las primeras lágrimas. Allí, es imposible no emocionarse. Y no pude evitar pensar qué sentirían nuestros compatriotas al cruzar esas mismas puertas hace más de ochenta años. Porque entre los españoles que pasaron por Mauthausen también hubo leoneses. 

Ursicino Ruiz fue el más joven. Poco más que un niño. Tenía solo 19 años cuando llegó. Era enero de 1941. ¿Pensaría en los días de invierno en su Valderrueda natal al sentir el frío austríaco en el rostro? ¿Lloraría al pensar en la distancia que le separaba de su hogar? Lo cierto es que no sabemos qué pensó ni qué sintió en Mauthausen, pero sí cómo murió. Fue asesinado en el subcampo de Gusen el 21 de noviembre. Acababa de cumplir 20 años. 

El berciano Elpidio González no desconocía el significado de la palabra guerra. Allá por la década de los 20, mientras en otras partes del mundo los jóvenes bailaban a ritmo de jazz y las flappers marcaban el inicio de la liberación femenina, a él le tocó luchar en las montañas del Rif en una guerra colonial con la que se pretendía sostener los últimos restos del dominio español en el norte de África.  

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La mayor parte de los supervivientes que fueron liberados el 5 de mayo de 1945 eran españoles, 40 leoneses. 

Con el cambio de década y ya de vuelta en casa, Elpidio se convirtió en uno de los líderes del republicanismo berciano. En marzo de 1936 fue elegido alcalde de su pueblo, Palacios del Sil. Pero apenas unos meses después, el fracaso del golpe de Estado dio paso a una oleada de violenta represión contra cargos públicos, militantes o simpatizantes republicanos. Elpidio, temeroso de las más que posibles represalias, logró huir a Asturias. 

Desde allí empezó una larga odisea que le llevó a Cataluña y a Francia. Cruzar al país galo no significó el fin de su triste periplo. En agosto de 1940 fue deportado en condiciones infrahumanas a Mauthausen junto a otros 900 refugiados españoles, en su mayoría mujeres, ancianos y niños. Fue el conocido como convoy de Angulema: el primer transporte de civiles españoles entregados a los nazis por el régimen colaboracionista de Vichy. Murió trece meses después.

En la historia de César Valdés, la ruptura vital fue anterior a nuestra guerra. Nació en Cistierna, corazón de la montaña oriental, en el seno de una familia muy conservadora. Pero él eligió otro camino. Esa elección lo convirtió en un paria y lo dejó solo mucho antes de que el nazismo lo convirtiera en víctima. 

Durante la guerra vivía en Madrid. Desde allí pasó por Valencia y Barcelona antes de cruzar los Pirineos. En Francia fue internado, como miles de compatriotas, en campos de concentración improvisados en playas y descampados, como Argelès-sur-Mer. En ellos las condiciones eran extremas: hambre, frío y enfermedades. Aquella no fue la Francia de la Libertad y la Igualdad, sino la antesala del horror nazi. 
César fue deportado a Mauthausen en agosto de 1940. Murió en Gusen siete meses después. Tenía 37 años. 

A pesar de que todos los leoneses que fueron deportados a los campos de concentración del nazismo como Mauthausen tenían su nombre y su historia, en muchos se puede rastrear un hilo que les une: su experiencia en la guerra civil. Fueron jóvenes que llevaban grabado a fuego el idealismo del momento. Obreros, campesinos y mineros que, al estallar la guerra, no duraron en alistarse en los batallones republicanos para defender al gobierno legítimo. 

La lucha aquí se prolongó hasta octubre de 1937 con la caída del frente norte. La represión consiguiente fue inmediata y feroz: miles de combatientes fueron encarcelados, ejecutados o sometidos a consejos de guerra ilegítimos por los que se les juzgaba por delito de rebelión, cuando los rebeldes habían sido los jueces. Una auténtica “justicia al revés” en palabras de Ramón Serraño Súñer, cuñado de Franco.
Usted […] ha dejado entrar en nuestra casa a toda esta siniestra banda de malhechores entre los que se encuentran miles de ladrones, incendiarios, dinamitadores y torturadores […] Abrió la puerta a esta brigada del crimen […] Es necesario que, en el menor tiempo posible los 300.000 refugiados que están en nuestra casa regresen a su patria o vayan a cualquier lugar del mundo […] ¿Qué hará usted con estos hombres que llevan la maldición de todo un pueblo […]?

Éstas son las historias de algunos de estos leoneses que nunca imaginaron que la lucha por la libertad y la democracia de su país los llevaría a morir en un campo de concentración a miles de kilómetros de su tierra:

Antonio Abella había nacido en Paradaseca, en 1912. Antes de la guerra militaba en el Sindicato único de Campesinos y Trabajadores vinculado a la CNT y al estallar ésta, luchó en el batallón nº 207 a las órdenes del célebre anarquista Onofre García Tirador. Y como a tantos otros combatientes, la derrota de 1937 lo empujó al exilio y a cruzar la frontera francesa, donde pasó de ser soldado a refugiado indeseado. De los campos de internamiento franceses acabaría siendo entregado a la maquinaria represiva del nazismo, que lo condujo hasta Gusen, donde murió lejos de su tierra y de los suyos. Le faltaban seis meses para cumplir 30 años. 

De Antonio su familia conserva una fotografía. En ella aparece rodeado de sus hermanos. En su mirada aún no hay derrota ni muerte. Es el rostro de un joven que, seguramente, nunca imaginó que su compromiso político y su lucha por la libertad acabarían llevándole a una muerte terrible. 

Otros leoneses que pasaron de luchar por la democracia en nuestro país a luchar por su propia vida en los campos nazis fueron Rogelio Canedo o Celestino Colín. El primero, nacido en Carracedo en 1914 se formó durante la guerra en la Escuela Popular de Guerra de la Región Catalana, de donde salió como teniente de infantería en 1938. Al finalizar el conflicto cruzó la frontera con Francia y en abril de 1941 fue deportado a Mauthausen y liberado un mes después. 

El caso de Celestino Colín es especial para mí porque junto con Alfredo Sánchez Gutiérrez son los dos únicos vecinos de mi municipio, La Robla, que fueron deportados a los campos nazis. Ambos murieron allí. De Alfredo no conocemos muchos datos, pero de Celestino, sabemos que era herrero y que estaba afiliado a la CNT. Luchó en el batallón de Asturias nº 43 y cuando murió en Mauthausen acababa de cumplir 22 años. Muchas veces pienso en él cuando paso por su Brugos natal de camino a mi trabajo en el instituto de Boñar. Lo imagino de niño, jugando por las mismas calles que hoy apenas tienen gente. O correteando por los verdes prados que rodean el pueblo y que en primavera me dan la bienvenida al valle de Fenar. 

Por desgracia, el caso de Alfredo Sánchez no es una excepción. Hay otros leoneses deportados de los que apenas sabemos nada. Pero también es importante recordar, aunque sólo sea su nombre. Es lo único que les queda para no morir del todo: Manuel Suárez. Victorino Cuadrado. Gabriel Fernández. Santiago Fuente. Antonio Ovalle. Florentino García. 

La memoria no revive a los muertos, pero sí los rescata del olvido. 

Si a algún lector le entra curiosidad por indagar más en las historias de todos estos leoneses después de leer este humilde texto, se encontrará con algunos términos que me gustaría explicar: CTE y stalag. 
CTE se corresponde a las siglas de Compagnie de travailleurs étrangers o Compañías de Trabajadores Extranjeros creadas en abril de 1939 a instancias del gobierno francés de Daladier para utilizar la fuerza de trabajo de los refugiados españoles, fundamentalmente en labores de fortificación. 

La palabra stalag es la abreviatura de stammlager; utilizada por los alemanes para denominar a los campos destinados a los prisioneros de guerra durante la Segunda Guerra Mundial. Según la Convención de Ginebra de 1929, en ellos sólo podían ser internados prisioneros de guerra alistados, nunca civiles. Pero esta premisa no siempre se cumplió. La lista de stalags donde hubo leoneses es bastante amplia, pero entre todos destaca uno: el Stalag XII-D Trier en Tréveris (Alemania). 

Casi todos los leoneses mencionados pasaron por un stalag, por una CTE o por ambas, como Segundo Cano, José Pérez o Eduardo Samprón. Ambos murieron en Gusen en 1942 y 1941 respectivamente.
Pero también hubo otros que formaron parte de otras instituciones, como Rafael Rivera (Lomba, 1912) que aparece en las listas de voluntarios extranjeros del ejército francés en el 2º Regimiento MVE reclutados en la localidad de Pau.

Porque hubo españoles que prefirieron alistarse voluntarios en las filas francesas antes de acabar en una CTE o de seguir en los campos de concentración galos. Y en este sentido, no quiero olvidar que dentro del grueso de las tropas aliadas que liberaron París de los nazis aquel mes de agosto de 1944, estaban los republicanos españoles de La nueve al mando del célebre Amado Granell. 

Animo a todo aquel que lea estas líneas a que busque, si no las conoce, las imágenes de los tanques con nombres españoles desfilando por el Arco de Triunfo o los Campos Elíseos, entre el agradecimiento y la emoción del pueblo parisino. 

Rafael Rivera fue capturado y recluido en la prisión de la tétrica Gestapo en Luneburgo. Desde ahí se produjo su deportación a Mauthausen. Murió en Gusen en diciembre de 1941. Tenía 29 años, dos guerras y mucho dolor a sus espaldas. 

A pesar de que Mauthausen y Gusen son los nombres que más se repiten en las historias de nuestro deportados, lo cierto es que no fueron su único destino. Miguel Santín Carrete es uno de los últimos leoneses cuyo nombre se ha encontrado en las listas de prisioneros de los campos nazis. En su caso, en las de Bergen Belsen. Allí murió en noviembre de 1944. Ese mismo mes fue transferida allí desde Auschwitz su prisionera más universal: Ana Frank. ¿Llegarían a cruzarse en algún momento las miradas del campesino de Busmayor y la niña que se convirtió en símbolo del Holocausto? 

De Nemesio Canillar y Eulogio González tampoco conservamos muchos datos. Pero sí sabemos que el primero fue deportado al campo de Neuengamme, donde falleció en abril de 1945 y que el segundo terminó sus días en Buchenwald. Lo más dramático es que apenas un mes después el campo fue liberado. 

Marcelino Morán había ingresado en 1934 en la Guardia de Asalto, el cuerpo creado por el gobierno de la Segunda República para el mantenimiento del orden público. Tras el guerra vino el exilio y después, la deportación a varios campos de concentración. Murió en Dachau. Tenía 29 años y sólo llevaba un mes allí.  

Los nombres de Ceferino García, Manuel Crespo y Valentín Rodríguez están unidos por el terrible lugar donde fueron asesinados: el castillo de Hartheim, uno de los seis centros de Aktion T4, el programa de eutanasia nazi que asesinó de manera sistemática a personas con discapacidad física o intelectual. Allí se utilizó también por primera vez el gas en cámaras cerradas, la técnica que más tarde se aplicaría en los campos de exterminio. Los historiadores calculamos que entre 20.000 y 30.000 personas fueron asesinadas en Hartheim entre 1940 y 1944. 

Pero entre todo este universo de muerte y derrota, también hubo leoneses que lograron sobrevivir. El caso más conocido es el de Prisciliano García Gaitero. Cuando estaba exiliado en Francia su familia intentó su repatriación. Incluso el teniente de alcalde de Mieres, localidad donde vivía desde pequeño, envió un certificado positivo. Pero nada sirvió ante las autoridades franquistas: la repatriación de Prisciliano fue denegada y él se vio inmerso en un cruel viaje que le llevó primero por Mauthausen y Gusen para finalizar en Dachau. Allí, fue testigo de la llegada de las tropas aliadas el 29 de abril de 1945. El cúmulo de emociones que tuvo que sentir en ese momento es difícil de imaginar para los que, por suerte, no sabemos lo que es sufrir años de violencia y deshumanización. 

Imagen pris
Prisciliano García Gaitero.

Sin embargo, el paso por los campos tenía su peaje: Prisciliano murió en 1949 en un hospital francés a causa de las secuelas. Al comparar las fotografías que se conservan de su convalecencia con las de su vida antes de la guerra, cuesta reconocer en ellas a la misma persona. Pero antes de morir, Prisciliano hizo algo muy valioso y por lo que nuestra sociedad democrática siempre estará en deuda con él: escribió su paso por los campos de concentración del nazismo en un pequeño cuaderno que hoy nos sirve de recordatorio de lo que nunca debería volver a suceder. 

Las trayectorias de Víctor Alonso y Enrique Rodríguez fueron muy parecidas: los dos habían luchado en batallones republicanos, la derrota los condenó al exilio y con la invasión alemana de Francia fueron deportados a Mauthausen y Gusen respectivamente. ¿Alguno de ellos ayudaría a colgar la famosa pancarta en español de la liberación? 

Alipio Rodríguez también llegó a Francia tras el fin de la guerra en España. Pero la derrota no le arrebató las ganas de seguir luchando por un mundo más justo. Así, formó parte de la Resistencia francesa y por actuación en ella el gobierno francés le condecoró. Héroe en Francia. Negado en España. 

Tras su captura por las tropas alemanas, fue enviado al Stalag XII-D y de ahí, deportado a Mauthausen. 

De Felipe Morán, José Alonso y Vicente Pabón sólo sabemos que fueron deportados a Mauthausen entre 1941 y 1944. Los dos primeros fueron liberados allí en mayo de 1945 mientras que Vicente recuperó la libertad unos días antes en Dachau, donde había sido trasladado en noviembre de 1942.  

El caso de Vicente Soto es especialmente dramático por su juventud. Había nacido en La Seca en 1923. En un archivo francés se conserva una solicitud de asilo dirigida al gobierno mexicano por la Secretaría General de la Oficina Internacional para la Infancia. En ella se especifica que Vicente era huérfano de la guerra civil y que había pasado el conflicto en una colonia para niños huérfanos en Lloret de Mar. 
Por desgracia, esta solicitud de asilo no se completó: acabó detenido y deportado en 1944 al campo de Neuengamme. 

Y, por último, no podemos olvidar a Rufino Baños, que antes de nuestra guerra compaginaba los estudios con una prometedora carrera futbolística en el equipo La Estrella de la Corredera. Al caer el frente norte llegó a Francia en un pesquero. Regresó a Barcelona poco después para seguir la lucha, pero en 1939 se unió a las columnas de refugiados que huían por Girona hacia Francia. Fue internado en Argelès-sur-Mer y después enviado a fortificar la Línea Maginot en una CTE. Allí fue capturado y deportado a Mauthausen. 

La liberación fue agridulce. Eran supervivientes del horror nazi, pero su patria les cerró las puertas. Para las autoridades franquistas no eran españoles y por eso, la mayoría acabó asentándose en Francia, el país que les acogió. Muchos murieron allí con un resentimiento hacia España tan comprensible como inevitable.

La lista de nombres no está cerrada. «¡Si ya está todo escrito en los libros!», me suelen decir los alumnos. Pero en Historia aún queda mucho por saber y mucha documentación por sacar a la luz. Por eso, los investigadores seguimos trabajando para rescatar del silencio memorias olvidadas durante años. 

Fruto de estos trabajos se han podido recuperar, por ejemplo, los nombres de dos leonesas deportadas: Adrienne Calderón y Ángela Cabeza. Ambas fueron deportadas al campo de mujeres de Ravensbrück, cuyo nombre significa en alemán “el puente de los cuervos”. 

Por todo esto hoy, cuando la niebla cubre la montaña leonesa y el calabobos empaña mis cristales, no puedo evitar recordar estos nombres: los de quienes salieron de estos valles empujados por la derrota y terminaron atrapados en la noche y la niebla del nazismo. 

Recordarlos no cambia su destino, pero sí el nuestro. Mientras sigamos pronunciando sus nombres o buscándolos en los archivos, no habrán desaparecido del todo. Y su sufrimiento no será en vano. 

Nacht und Nebel (Noche y niebla), así se llamaba al decreto aprobado por el régimen nazi en 1941 con las directrices para la persecución de quienes se opusieran al Reich o a las fuerzas de ocupación. Su objetivo era la represión y la eliminación de cualquier forma de resistencia y supuso el antecedente de las desapariciones forzadas.

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