En la memoria de los leoneses permanece en el recuerdo de la tarde en la que se temió por la integridad del primer templo leonés, la tarde del incendio de la Catedral de León que, por cierto, fue a finales de mayo pero también aquel día, como este sábado, se jugaba la final de la Copa del Rey (entonces llamada del Generalísimo) y había un equipo vasco en la final, pero en aquel año 1966 (este año hace 60) era el Athletic de Bilbao.
Pero también por estas fechas de abril, concretamente el 22, el templo leonés sufrió un atentado que no hacía temer por su ‘integridad’ pero había causado un daño irreparable a su gran valor, las vidrieras. Cuando a las ocho de la mañana llevaban a cabo lo que parece que era un ritual, observar la normalidad en el templo después de cada noche, descubrieron un boquete de casi un metro cuadrado en la tercera parte «del tríptico que conforma la vidriera de la Natividad, una jora trenacentista de 1565, obra del maestro Rodrigo de Herrera, por encargo del canónigo Diego de Valderas. Gómez Rascón, el gran experto en Patrimonio de la iglesia no dudaba en afirmar que se trataba de «la mayor agresión que ha sufrido la primera joya del arte de León».
Se abrieron todo tipo de debates, teorías, se cuestionó la seguridad de nuestro patrimonio pero el trabajo de las fuerzas de seguridad pronto ofreció respuestas a los interrogantes de los leoneses: «el autor había sido un vagabundo asturiano, Juan Antonio Toral, que tenía perturbadas sus facultades mentales y decía haber escuchado una Ilamada interior desde el templo que le llamaba» y rompió la vidriera para entrar.
Desde la prensa asturiana llegaron las explicaciones del enfermo mental JAT, al que allí apodaban «el cabreru» y aquí «el loco de la vidriera», sobre el que decían: « Tuvo una vida muy complicada. Recogido y abandonado muchas veces había llegado a vivir en una cueva y en una cuadra, comía raíces y lo que le daban los vecinos. Un día lo encontraron medio muerto y lo llevaron al pueblo de Proaza, donde tenía algunos amigos que decían que era trabajador pero ‘se había vuelto llocu’», lo que se complicó con el alcoholismo. Todo unido convirtió el juicio fue un verdadero show o un rocambolesco sainete.
