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Lluvia en París y sol de otoño en Villafranca

Lluvia en París y sol de otoño en Villafranca

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Rubén García | 27/07/2020 A A
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Lluvia en París y sol de otoño en Villafranca
La corona de Heinrich (I) El profesor francés, Jean Louis Lecomte, realiza un descubrimiento en la biblioteca de Sant Jacques de la Sorbona. Había llegado hasta allí después de visitar al compositor de origen alemán Christ Halff en la ciudad de Villafranca del Bierzo
Capítulo I.
En la biblioteca de Saint-Jacques La Sorbona
París
Francia

Jean Louis comprendió bajo la luz azulada de la lámpara de mesa la importancia de aquel descubrimiento. Tomó una bocanada de aire, se levantó de la silla, miró a través de la ventana y apareció el majestuoso edificio del Panteón al otro lado de la calle. El día estaba a punto de entregarse a la humedad de la tormenta. Permaneció de pie, contemplando aquel ingenio elevado según las leyes de la arquitectura clásica, su columnata, recorriendo el arranque de la cúpula con su prodigio de equilibrios y vio las nubes a gran velocidad atravesar el cielo tras sus formas.

Dirigió la vista hacia la mesa y vio dispersas las páginas impresas. Era el final de la búsqueda o quizás tan solo un avance en ella pensó, aunque sin saber hacia dónde le llevaba. En el enorme silencio de la sala escuchó su corazón, latía apresurado. Giró la cabeza hacia el fondo de la biblioteca y contempló los frescos en la distancia de la sala de Saint-Jacques. Tenía la cabeza llena de fechas y nombres. Entonces vio cómo se abría la puerta de entrada a la sala y escuchó unos pasos dirigiéndose hacia él. Se colocó las gafas, pero no pudo distinguir el rostro de aquel hombre en la penumbra.

Se iluminó la sala con la luz de un rayo y pudo ver el arma. Jean Louis se giró y comenzó a correr. Escuchó sus propios latidos y siguió corriendo. Se detuvo y abrió uno de los pesados batientes de madera de una de las ventanas. Sintió el aire húmedo de la tarde de París golpeándole en el rostro. Rugían amortiguadas las masas de nubes. Miró fuera, pensó en saltar, le separaban cinco metros del suelo y un largo y estrecho pasadizo entre la verja y el muro de la Universidad. Si sobrevivía a la caída y conseguía llegar hasta la esquina tendría alguna posibilidad de huir con vida.

Recordó que había dejado algunos de los papeles de la Thule Gesellschaft encima de la mesa. Tendría que compartir su hallazgo. No lo pensó, rodó por la ventana desde el interior de la biblioteca al exterior del edificio y se deslizó para agarrarse del alféizar con las dos manos. Se encontraba suspendido en el aire con todo el peso de su cuerpo. La piedra era rugosa y firme, pero no encontró ningún resalte, ninguna cornisa, nada donde poner los pies. Entonces sintió un fuerte dolor en los brazos.

La lluvia comenzó a caer con fuerza sobre los tejados de las casas que rodeaban la Universidad de la Sorbona en París y sintió sobre sus dedos las gotas de agua. No tenía mucho tiempo antes de que llegara, ni sus brazos tendrían la suficiente fuerza para seguir colgado de la cornisa de la ventana. Y se dejó caer, preparándose para recibir un enorme impacto en pies y rodillas. Flexionó y encogió el cuerpo, como una bola de materia blanda, esperando amortiguar en la caída la dureza del suelo de gravilla y piedras.


Capítulo  II
Villafranca del Bierzo El Bierzo
España
León

Unos meses antes Jean Louis, profesor de la Universidad de la Sorbona de París, había visitado Villafranca del Bierzo en su camino hacia la ciudad de Santiago de Compostela.  La pequeña localidad berciana se asentaba sobre una tierra que había sido poblada, repoblada y despoblaba en episodios de la historia en los que sus habitantes habían sido protagonistas de jornadas de enriquecimiento y ruina en las manos desiguales del azar.

Aquellas tierras, integradas por la guerra de conquista  y organizado el territorio a la romana, produjeron una actividad religiosa y cultural abundante y de primer nivel durante los siglos posteriores al dominio de las legiones. Se fue gestionando la riqueza y bondad de sus productos y la capacidad para el trabajo de sus gentes con mejor y muchas veces peor fortuna y en la actualidad parecía que la producción vitivinícola y el turismo del Camino habían traído un nuevo esplendor a la ciudad y a la región.

Entre montes, puentes, caseríos y conventos, aparecía la figura rocosa y embrutecida de un castillo, vivienda particular de los anfitriones de Jean Louis, Christ y Marita, que se habían asentado en una fortaleza del siglo XVI hacía ya algunos años. El edificio, formidable, silencioso y ennegrecido, había pertenecido en el pasado a los marqueses de Villafranca y cuando lo adquirió el matrimonio era apenas un espectro de todo cuanto sus antiguos propietarios habían representado en la  administración y control de aquel territorio.

El edificio de tres plantas donde vivían era un gigantesco castillo cuadrangular en mampostería y cuatro torreones en sus ángulos  coronados por chapiteles en pizarra. Ofrecía un aspecto sólido e inquebrantable por su poca altura y el grosor de sus grandes muros. En aquel castillo artillero bellamente restaurado y convertido en palacio, Marita, la esposa de Christ Halff, aparecía como una mujer sin la noción de edad por haberlas superado todas favorablemente y podría decirse sin equivocarse que conservaba de lo bello parcialmente las trazas. Los ojos  y la boca tenían un lenguaje agradable, tranquilo y sosegado, de intensidad resumida y concentrada.

Christ, compositor de origen alemán, tenía una energía desconocida para una persona con sus características físicas. Era de una delgadez extrema y el pelo blanco y liso le caía en finas mechas sobre el cuello. Tenía los pómulos entremetidos y las mejillas pegadas a los huesos de la cara. Mostraba su delgadez las dimensiones y anchura de la calavera,  y escrutaba el entorno con una mirada de animal aéreo, como poseído en su totalidad del espíritu deletéreo de la música. Vestía chaqueta de lana y pantalón amplio de tela  y componía una figura extraña aunque sin provocar desagrado.

Jean Louis Lecomte poseía un profundo conocimiento del escritor romántico Enrique Gil y Carrasco, antepasado de Marita, lo cual había animado vivamente al compositor y captado la atención de su esposa, quienes escuchaban al profesor francés sin perder detalle. Descendían los tres por una escalera en piedra que bordeaba el interior  de una de las torres de los ángulos. En los sótanos la antigua bodega se había convertido en una formidable biblioteca llena de los aromas de la celulosa degradada y  los polímeros vegetales de los libros antiguos volatilizándose. Un perfume a vainilla inundaba unas salas donde el compositor alemán decía asistir a la liturgia de la lectura empapado en lignina y los matices de la química. Los suelos eran de madera, una madera envejecida, que se sentía blanda y crujiente a cada paso. Y había en la sala una atmósfera, una envoltura gaseosa apenas perceptible, respirable, húmeda y limpia, a maderas de bosque tropical, mezclada con taninos y los tonos secos del roble de bodega. Los muebles antiguos, en maderas viejas, desplegaban una enorme y expresiva fuerza transformándose en presencias misteriosas y únicas como de cosa sagrada.

Christ se levantó del sillón y abrió una de las ventanas a la altura del suelo de los jardines, eran las ocho de una tarde espléndida, en el otoño embriagador y aún cálido de la vendimia. El aire penetró en la estancia cargado de los aromas del azúcar de la uva. La temperatura era excelente. Parecía que iba a ser una cosecha extraordinaria. Las cortinas sobrevolaron brevemente los bordes del sillón en el que Marita sonreía y escuchaba con atención a aquel profesor de París. Se oía el ajetreo de enjambre de las cuadrillas en los últimos momentos de la jornada descendiendo las colinas que les rodeaban. El aliento del fuego rodeó con amabilidad la estancia. La chimenea era una pieza formidable de estilo francés, con una excepcional embocadura en mármol de Carrara. Las molduras de las pilastras soportaban con agrado el bello remate de las volutas que se unían mediante una arcada sobre las llamas.

El profesor se frotó las manos y las orientó hacia el hogar donde ardían varios troncos de leña. Contempló con cierto asombro el delicado acabado de la pieza en cuyo fondo ardían los leños. Se escuchaba fuera el ruido de una fiesta improvisada. Las mujeres sonreían alegres y aliviadas, los hombres escuchaban silenciosos, bajo el peso del esfuerzo de toda una jornada llena de fatigas, las historias de los mayores que contaban con detalle las vivencias más alegres de vendimias anteriores.




En la entrega de mañana el profesor de la Sorbona, Jean Louis Lecomte, escuchará un relato de terror en el castillo fortaleza de los marqueses de Villafranca.
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