León Negro

Quién sabe si la próxima iniciativa turística y cultural de nuestros regidores, después de la cuna medieval del parlamentarismo, el Santo Grial en el que bebió Cristo o el congreso internacional del Ocultismo, no será 'León de los esqueletos' o 'León Negro'

Bruno Marcos
27/06/2018
 Actualizado a 16/09/2019
Restos humanos encontrados recientemente en la céntrica plaza de Santo Domingo. | SAÚL ARÉN
Restos humanos encontrados recientemente en la céntrica plaza de Santo Domingo. | SAÚL ARÉN
El pintor Darío de Regoyos y su amigo, el poeta belga Emile Verhaeren, emprendieron en 1888 un peculiar viaje por España. Darío tomaba apuntes del natural mientras Emile redactaba artículos para la revista ‘L’Art Moderne’. Buscaban lo más sombrío, lo tétrico, con la idea inicial de que el español era un pueblo fascinado por la muerte. El resultado fue un libro mítico, raro y secreto, ‘España Negra’ (1899), en el que Darío acompañó sus dibujos con un texto narrativo en el que plasmaba sus impresiones además de las del poeta, seleccionando fragmentos de aquellos artículos.

Los amigos, por ejemplo, no se fijaron en las corridas de toros, como hicieron los viajeros románticos anteriores a ellos que admiraron lo pintoresco, sino que acompañaron a un gitano conocido en el tren que se dedicaba a comercializar los caballos muertos en los festejos. La escena es truculenta: los caballos destripados yacen toda la noche abandonados porque se ha hecho tarde para sacarles la piel y el sebo mientras los niños mortifican los cadáveres.

En otra ocasión se fueron a una fiesta flamenca en un descampado y Verhaeren, después de comprobar que todos los cantes –hasta los de amor– eran trágicos, afirmó: «Una juerga andaluza es una reunión de gente que bebiendo y bailando celebra una fiesta entre ayes y suspiros para hablar de la muerte».

Al ver que en España los ataúdes se ponían en los escaparates y no se escondían como en otros países, el belga no dejó pasar la oportunidad de inspeccionar la tienda más grande de ellos en Madrid, La Funeraria, para verificar que se trataba de un país muy fúnebre: «Es necesario –escribe el poeta en uno de sus artículos– llevar gafas de vidrio color rosa en los ojos para ver España con tonos alegres».

Entraban en los velatorios y en las iglesias de noche. En un momento dado Darío se dio cuenta de una cosa muy bonita que definía su metodología viajera: «Bien por simpatía con la España Negra o por casualidad, casi siempre la llegada a los pueblos era al oscurecer o en noche estrellada y las salidas al amanecer, teniendo una percepción fantasmal de los lugares. (…) Era un viaje para poetas o soñadores de la penumbra (…) Sería bueno recomendar este sistema de viajes a los artistas amigos del gris o enemigos del sol demasiado fuerte».

Me viene a la mente esta lectura reciente –después de haber buscado mucho este libro en edición de su tiempo– mientras leo noticias de extrañas apariciones de esqueletos en nuestra ciudad. Apenas se hinca el pico aflora la gran necrópolis sobre la que vivimos. Hace unos meses los esqueletos de la Plaza del Grano perfectamente alineados, a muy poca profundidad; con una quietud estremecedora habían permanecido bajo nuestros pies quién sabe cuántos años; y el que salió hace semanas en la mismísima plaza de Santo Domingo, al pie del mítico hotel Oliden.

Pienso también en la inquietante historia de los huesos revueltos de los reyes de León –mezclados los de unos con los de otros– en el panteón de San Isidoro, saqueado por soldados y caballos napoleónicos. Recuerdo además, hará al menos dos décadas, asomarme a la iglesia de Palat del Rey –con toda la ciudad atemorizada por los hallazgos– como Darío y Verhaeren de noche. Una luz amarillenta iluminaba una zanja en forma de cruz que recorría todo el suelo del templo. Habían cavado casi dos metros de profundidad con una anchura de más o menos un metro. La imagen era brutal. De la tierra arcillosa salían erizados horizontalmente huesos de todo tipo: tibias sin pies, cúbitos sin mano, fémures y húmeros, columnas vertebrales, desde abajo arriba, apilados, estratificados. Todo al aire y a la vista aún no sé con qué motivo.

Imaginar que León sea un inmenso camposanto a flor de piel, a un palmo de tierra bajo nuestros pies; pensar que nuestro mayor patrimonio sea lo muerto y que nos siga embrujando, como en la España Negra de Regoyos y Verhaeren de 1888… Quién sabe si la próxima iniciativa turística y cultural de nuestros regidores, después de la cuna medieval del parlamentarismo, el Santo Grial en el que bebió Cristo o el congreso internacional del Ocultismo, no será «León de los esqueletos» o «León Negro».
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