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León, en la vida de Enrique Ponce

León, en la vida de Enrique Ponce

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Un momento de la última corrida de toros de Enrique Ponce en la Feria de San Juan y San Pedro de León. | SAÚL ARÉN Ampliar imagen Un momento de la última corrida de toros de Enrique Ponce en la Feria de San Juan y San Pedro de León. | SAÚL ARÉN
Julio Cayón | 22/07/2021 A A
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León, en la vida de Enrique Ponce
Toros Aquí estuvo a punto de morir y aquí abandonó la profesión
León y su plaza de toros ya forman parte de la historia personal de Enrique Ponce. Del torero más importante, posiblemente, de los últimos veinticinco años. Toda una época jalonada de triunfos y gestas incontestables en los ruedos españoles, americanos y franceses. Y es que la capital leonesa ha marcado dos acontecimientos en su vida. Y los dos con sangrado incluido. Uno físico y otro anímico. Y dígase por delante, que aquí, en el año 2002, en junio, estuvo a punto de perder la vida por la gravísima cogida que sufrió en el ruedo de ‘El Parque’. Y que diecinueve después, en este de 2021, ha dicho adiós a la profesión en la misma arena, si bien su retirada la ha enmarcado con la coletilla «por tiempo indefinido»; es decir, que si volviera a torear –cosa en principio improbable, debido que el próximo 8 de diciembre cumplirá medio siglo, que es una edad–, nadie podría achacarle un regreso oportunista. Por otra parte, sí es cierto que Ponce es mucho Ponce. Y vaya usted a saber.

Dicho lo cual, el diestro de la valenciana Chiva siempre se sintió muy cómodo ante al público leonés. Y, a la vez, frente la afición –corta y selecta en su número–, que, aunque sean conceptos diferentes, son de por sí complementarios para la supervivencia del espectáculo. Pues bien, su inclusión en los carteles de la feria taurina de San Juan durante muchos años fue como un talismán para la empresa organizadora. El ¡‘alehop’! definitivo. Y el triunfo en los dos órdenes fundamentales de las funciones taurinas: el económico y el artístico. Su presencia lo aseguraba. O casi. El fino torero, situado por aquel entonces en lo alto del escalafón, competía en notoriedad pública con lo más granado de la sociedad española. Ahora, por cuestiones personales, está de nuevo en esa montaña rusa del papel cuché. Y, por lo que se presume, muy a su pesar. Eso parece.

Corría, en fin, el 23 de junio de 2002, domingo, cuando se anuncia la ‘corrida monstruo’ del tradicional serial leonés. Gustavo Postigo (padre), un taurino de postín, aficionado preclaro y, en definitiva, un ‘loco cuerdo’ del mundo taurino –logró poner en el mapa de la fiesta el coso de El Parque, al que bautizó como «la plaza más bonita de España»– respalda, como empresa, el acontecimiento. El romanticismo es su sostén cuando de toros se trata. Y la poesía, que escribe en la intimidad, le ayuda a ello. Se van a lidiar ocho astados de la ganadería de Zalduendo, propiedad de Fernando Domecq Solís, y Postigo funde la tarde leonesa con los nombres del momento: Paco Ojeda –que abría cartel– Enrique Ponce, Morante de la Puebla y el joven ‘El Juli’, quien, por aquella, con diecinueve años, crecía a pasos agigantados.

Ponce viste un terno tabaco y oro –un color oscuro no muy habitual en él– y corta una oreja al segundo de la tarde –primero de su lote–, a la espera de que aparezca el sexto, de nombre ‘Federal’, negro y de 531 kilos. Y aparece el toro, con excelente son de salida, por la puerta de chiqueros. Ponce, que jamás se deja ganar la pelea –como se explica en el argot de la profesión– dibuja a compás y esculpe una faena de indudable ensoñación. Templada, vertical, encajada y mandona. El toro, que es extraordinario –a su muerte sería premiado con la vuelta al ruedo–, se encela en la faldita de la muleta de un Ponce exultante. Pletórico. A la obra solo le falta la firma. Y llega la hora de la verdad. El diestro quiere asegurar el triunfo y, con la espada por delante, se perfila, en rectitud, frente los pitones de la res. Y llega el drama. Hunde el acero hasta los gavilanes, le pierde la cara al animal una décima de segundo tras el embroque, y el toro, muy bravo y celoso, defendiéndose, le topa el pitón izquierdo en el pecho.

Con la diligencia al caso –al principio no se intuía el alcance de la cogida– es trasladado a la enfermería –el presidente ha sacado tres veces el pañuelo blanco (dos orejas y rabo) y una vez el azul, en honor del toro– y allí lo atiende el doctor Amador Alonso Villalba, quien, rápidamente, en una primera exploración, se percata de la gravedad del percance. Su diagnóstico, que luego reflejaría en el acostumbrado y oficial parte médico, es impecable. «Politraumatismo frontal y torácico, sin pérdida de conocimiento, así como erosiones frontal derecha y hemitórax derecho, con posibles fracturas costales». Dada la preocupante situación, se le traslada al hospital ‘Virgen Blanca’, hoy ‘Complejo Hospitalario de León’. El segundo diagnóstico, emitido en el propio centro asistencial, confirma lo adelantado por Alonso Villalba. El diestro sufría la rotura de dos costillas y una de ellas se le había hundido en el pulmón. «Hemoneumotórax por rotura de pleura», según explicaba, tras su ingreso, el médico actuante, que lo recibe en las dependencias hospitalarias. Es la cogida más desafortunada de la carrera del torero. La vida le pende de un hilo. Es intervenido y pasa a la habitación 701 del establecimiento. Pronóstico grave.

Lo que vino después, en las siguientes setenta y dos horas, es de folletín. La sanidad leonesa, que había realizado un trabajo irreprochable, fue ninguneada sin motivo alguno. Y pese a ello, en ningún momento –algo que extrañó en sobremanera– la organización médica colegial salió al paso para posicionarse a favor de sus profesionales asociados. Lo cierto es, que la familia del torero –de manera fundamental su mujer, Paloma Cuevas, y su suegro, Victoriano Valencia– deciden trasladarlo a Madrid en una UVI móvil, con los consiguientes riesgos que conllevaba un viaje por carretera en esas condiciones. Durante el trayecto, Ponce sufre algunas crisis severas. Más tarde, superado el contratiempo, el propio torero lo resumiría diciendo que su esposa, echándole valor y bajo su responsabilidad, le había puesto en las manos de un cirujano torácico, quien –aseguraba– le había salvado la vida. Durante el viaje había perdido tres litros de sangre, con el consiguiente shock hipovolémico. Ahora bien, sin ningún género de dudas ni de polémicas, la vida se la habían salvado en León tres días antes. Esa fue la realidad. Olvidada la cogida y demás pronunciamientos inherentes al suceso, reaparecía algo más de un mes después en Huelva y luego, a continuación, torearía en El Puerto de Santamaría, donde se vería obligado a parar el apretado verano agendado, por la anemia que sufría.

Como se ha dicho, diecinueve años más tarde –ya había toreado en ‘El Parque’ en ediciones anteriores– se presenta de nuevo en León para compartir cartel con el rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza y ‘El Fandi’, en lo que se llama corrida mixta. Y, de nuevo, vuelve a impartir su magisterio frente a astados de la vacada de García Jiménez (casa Matilla). Corta las dos orejas de su primero y es ovacionado en el otro. Nueva puerta grande. Cinco días después, víspera de San Pedro y con el compromiso de hacer el paseíllo en Burgos la tarde siguiente, su gabinete de prensa circula una nota entre los medios de comunicación, donde anuncia su adiós a los ruedos («por tiempo indefinido»). León y su plaza de El Parque han contemplado la última corrida de Enrique Ponce, lo que le otorga a la ciudad un destacado protagonismo nacional. León pudo ser el final de su carrera, y León, cual paradoja, testifica su despedida de la práctica activa. Dos coincidencias que sellan la historia profesional y artística de uno de los más grandes de la historia de la tauromaquia.

La inesperada retirada de Ponce, se ha venido achacando a planteamientos personales del propio torero, inmerso, en la actualidad, en un cambio de vida familiar. Sea como fuere, León y su plaza de toros jamás dejarán de estar presentes en su extensa y rica biografía. En sus recuerdos. Y, naturalmente, en el de los aficionados españoles –y en mayor medida en los de los ‘poncistas’– por haber testificado un hecho tan importe –el abandono de la profesión– cuando nadie lo intuía ni por asomo.
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