Esta web utiliza las cookies _ga/_utm propiedad de Google Analytics, persistentes durante 2 años, para habilitar la función de control de visitas únicas con el fin de facilitarle su navegación por el sitio web. Si continúa navegando consideramos que está de acuerdo con su uso. Podrá revocar el consentimiento y obtener más información consultando nuestra Política de cookies.
ACEPTAR
Publicidad
León apocalíptico (VI): El arte de las ruinas

León apocalíptico (VI): El arte de las ruinas

RETABLO DE FOTóGRAFOS IR

Ampliar imagen
L.N.C. | 09/08/2018 A A
Imprimir
León apocalíptico (VI): El arte de las ruinas
Retablo de fotógrafos Contraportada a cargo de Bruno Marcos que pone el texto a la imagen de J.J. Rodríguez en el 'Retablo de fotógrafos' que aparece en las últimas páginas de La Nueva Crónica este verano
Daba la sensación de que, en un momento concreto, la vida de la ciudad se hubiera parado para siempre; era como si la población se hubiera ido de repente quedando todo abandonado, sometido al deterioro del paso del tiempo y a las inclemencias del clima, a los fríos inviernos y a los secos veranos.

Pero la ciudad no estaba deshabitada. Las fachadas se curvaban, las cornisas se arrojaban al suelo y las tejas, deslizadas unas detrás de otras, estallaban en las aceras formando pequeñas nubes de polvo anaranjado. La vegetación había invadido las calles emergiendo por los baches y las grietas. No sólo malas hierbas sino auténticos árboles de varios metros de alto cuyas ramas llegaban a entrar por las ventanas de los pisos que permanecían abiertas para permitir su crecimiento. Si soplaba el viento del norte, por donde la ciudad acababa pronto, un aroma a verano espeso llenaba los pulmones, pero cuando soplaba del sur, hacia donde las ruinas se extendían varios quilómetros, lo que se respiraba era el olor de una mezcla de escombros.

Paseé durante horas volviendo a pasar por algunas calles que siempre eran distintas, algo cambiaba, alguna cosa se rompía a cada instante. Caminar, debido a los cascotes, era complicado, por eso la gente deambulaba muy lentamente, como si no fuera a ningún sitio. Era muy común ver personas inmóviles que parecían contemplar cómo se arruinaba poco a poco la ciudad.

Los habitantes trataban con suma delicadeza todas las cosas, como si al tocarlas fueran a herirlas por cambiar el rumbo natural de su deterioro. Al poco de entrar en esta ciudad vi una señal torcerse por una ráfaga de aire frente a un viandante, este se detuvo y la observó inclinarse, luego no intentó enderezarla sino que hizo un gesto afirmativo y siguió su camino. Al salir de un portal un niño encontró una maceta volcada que puso de pie; al instante un adulto le riñó y colocó de nuevo la maceta contra el suelo. La flor había crecido torcida debido a la postura.

La piel de la ciudad era como la de una serpiente que no acaba de mudar. Las capas de pintura afloraban resecas por las grietas y absolutamente todo estaba desconchado. Había muchos elementos valiosos, templos con los techos abiertos a las nubes y a las estrellas, pero todo estaba aquejado del mal de la piedra o del óxido. Y aunque nada se reparaba y todo empeoraba a cada instante no había suciedad, sólo ruina, vejez. El conjunto era de una gran belleza, tenía una armonía espectral y embrujadora; que todas las cosas fueran descomponiéndose a la vez conformaba una imagen única sobre la que el paso del tiempo iba dibujando su obra de arte, el arte de las ruinas.
Volver arriba
Newsletter