En el edificio de las antiguas escuelas hoy está instalada la residencia de ancianos. No sé como se hizo, si fue legal o no, si se prevaricó o no, pero es una realidad. De la misma manera, no sé si fue legal convertir la Hermandad en escuela, si se prevaricó o no, pero el caso es que hoy las escuelas están ubicadas en un edificio que, por definición, era propiedad de los labradores y de los ganaderos del municipio; o eso nos hicieron creer siempre.
Ahora resulta que dos periódicos han publicado sendos reportajes informando de que los niños estaban tan hacinados que el ayuntamiento tuvo que habilitar el ‘Salón de Plenos’ para constituir otra aula y descongestionar el asunto. Uno cree que es una muy buena acción por parte del poder municipal, absolutamente digna de elogio, lo que no queda demasiado claro leyendo los citados reportajes, que, por otra parte, destilan resentimiento y maledicencia. Uno sigue creyendo que el Ayuntamiento a obrado con ecuanimidad, no como la Consejería de Educación de la Junta de Castilla y León que, como en todo lo que hace referido al mundo rural, trabaja de ‘oídas’, cómodamente aposentadas sus posaderas en sus despachos de Valladolid, gran ciudad, por cierto, pero alejados, a años luz de distancia, de lo que ocurre en un municipio de mil cien habitantes.
En los citados ‘publi-reportajes’, se hace hincapié en que las escuelas del pueblo no se ha implementado el programa ‘Madrugadores’, para que los padres y las madres ajetreados puedan llevar al colegio a los niños una o dos horas antes; como también se incide en que no existe servicio de comedor y que sería muy buena idea que este se prestase en las instalaciones del bar del pueblo o en la residencia de ancianos, que dispone de unas cocinas óptimas para llevarlo a cabo. ¡Hombre!, uno no tiene ni idea de como pueden convivir, en un mismo espacio, por demás reducido, veinticuatro ancianos (muy ancianos), con toda la recua de infantes para comer. O como la señorita que lleva en alquiler en bar del pueblo, podría hacer todas las mañanas, además de las tapas de rigor para los parroquianos, diez o quince raciones de macarrones con tomate y salchichas y los típicos filetes de pechuga de pollo empanados. Y como podrían jalar los nenes oyendo las conversaciones, muchas veces subidas de tono, de los borrachos habituales que nos acercamos todas las mañanas a beber nuestra cerveza o nuestro vino de los Oteros de cada día. Tengo la seguridad de que los niños adquirirían traumas insuperables para toda la vida. Lo que parece claro es que por mucha voluntad que ponga el Ayuntamiento para resolver estos problemas, las soluciones que están a su alcance serían, en el mejor de los casos, inadecuadas. La institución que debe de coger el toro por los cuernos es, sin duda, la Consejería de Educación de la Junta, pero ésta se mueve con unos estándares inamovibles, válidos, sin duda, para las ciudades, pero absurdos en el mundo rural. A lo mejor deberían pensar en soluciones más sencillas, adecuadas para los pueblos pequeños. En cualquier caso, la primera medida sería aumentar el número de maestros. La segunda, rascarse el bolsillo de un dinero que no es suyo, sino de todos, y construir una escuela como Dios manda. Como dice un amigo mío, a escote nada es caro. Pues eso. Salud y anarquía.
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