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Las cartas del mariscal

Las cartas del mariscal

LNC VERANO IR

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Rubén G. Robles | 31/07/2020 A A
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Las cartas del mariscal
La corona de Heinrich (V) Jean Louis Lecomte descubre que el escritor leonés pudo estar implicado en un expolio de obras de arte en San Isidoro de León en 1836. Recibirá un conjunto de cartas escritas en 1942
–Espere unos instantes, quiero decirle algo.    
 Jean Louis se giró.
–¿Qué?
– Su escritor... -comenzó a decir.  
–Sí, ¿qué?
–Enrique Gil y Carrasco no participó en ningún expolio de obras de arte.

Arrojó los restos de su cigarro a los pies de uno de los pilares. El aire seguía recorriendo la estrechez laberíntica y lineal de los pilares metálicos, rozando sibilante. Llegó un taxi.

El profesor se giró para seguir caminando.
–Está bien, váyase a casa. Mañana seguiremos hablando si lo prefiere.
–Sí, mejor así, estoy cansado.
–Si decide unirse a nosotros accederá a un conocimiento al que no todas las personas pueden llegar y que le ayudará a comprender mejor el mundo.

Abrió la puerta del coche y le indicó que entrara.
–Lleve a este hombre al 9, Rue du Temple –le dijo al taxista.

Llegó al apartamento en unos minutos. No había nadie en la calle, bajó del taxi.  Entró en el portal y escuchó cerrarse la puerta. Llamó al ascensor y esperó la llegada renqueante de aquel cajón metálico. La conversación con aquel sujeto le había llenado de dudas sobre lo que estaba ocurriendo y había despertado en él un cierto estado de confusión. No sabía quién era quién en aquel juego, no sabía qué papel le correspondía jugar en él. Lo que parecía una búsqueda orientada a encontrar los restos de Enrique Gil y Carrasco, el antepasado de un matrimonio al que había conocido durante sus pasadas vacaciones en España, se convertía en un juego lleno de apariencias que por el momento no parecía tener ni cabeza ni pies.

Se encontraba en ese cruce de calles en el que uno no sabe hacia dónde le van a llevar, o si va en la dirección que le conviene. Tendría que esperar al día siguiente. Hermann Feder había prometido desvelarle ciertos detalles de la figura de Enrique Gil y Carrasco cuyo pasado Jean Louis había relacionado con el expolio de obras de arte.

No sabía ni los riesgos a los que se enfrentaba, ni el alcance, ni las consecuencias directas que podrían tener sus acciones o las de quienes a cada paso aparecían de repente de manera inesperada para inquietarle. Ni siquiera sabía si tendría la oportunidad de abandonar todo este embrollo donde no se había metido, al parecer, por accidente. Se lavó los dientes y se fue a la habitación. Sonó el teléfono.
–Baje de nuevo a la calle, es mejor que se lo cuente ahora. Los dos hombres de nuestro equipo le traerán hasta Quai des Orfèvres, daremos un paseo a pie por la rivière.

La necesidad y voluntad de conocimiento empujaron a Jean Louis a bajar. Mientras cerraba la puerta de su apartamento repasaba mentalmente una idea. Se iba formando como una materia viva que no sabía si podría dominar. Bajó por la escalera. Cuando salió a la calle le esperaban dos hombres en un Citroën C5.
–Llegaremos a la Mairie en quince minutos –le dijo uno de los hombres.

Jean Louis arqueó las cejas en señal de asombro, aunque en la oscuridad del asiento aquel gesto nadie lo pudo apreciar. Llegaron a rue des Archives, giraron a la derecha, apenas había tráfico, enfilaron rue Saint Denis. Allí tuvo oportunidad de ver una hilera discontinua de mujeres cuyas vidas degradadas obligaban a utilizar las miserias de su cuerpo para sobrevivir. Las últimas redadas de Pigalle y sus proxenetas las habían arrojado y dispersado por los puntos más insospechados de los barrios de la ciudad con un aspecto miserable y cruel a los ojos de los transeúntes. Siguieron rue de Rivoli en dirección a  rue de Pont Neuf y cuando arrancaba la calle de la alcaldía vio en la acera, esperándole, al mismo hombre que había visto hacía una hora y con el que había conversado en Auguste Blanqui bajo las vías del tren.

El hombre les hizo una señal, y se detuvo el vehículo. El acompañante del conductor  salió, miró a uno y otro lado de la calle y abrió la puerta donde se había instalado Jean Louis.
El profesor bajó del coche, la temperatura nocturna había descendido. Jean Louis escondió las manos en su abrigo. El río atravesaba la ciudad sin apenas hacer ruido y sin dejarse notar. El profesor de la Sorbona se le quedó mirando durante unos segundos, sacó las manos de los bolsos a pesar del frío y cruzó una mano sobre otra. El profesor pedía respuestas y las quería ya.
–Desde la visita a España que nosotros facilitamos que realizara, hasta la fecha –comenzó a decir Hermann-, nos hemos encargado de que encontrara ciertos elementos de la vida de su escritor, ciertos ingredientes, que le permitieran continuar y mantener el interés suyo y de sus colaboradores. En nuestra Organización necesitamos de sus conocimientos. Necesitamos sus capacidades como profesor de Literatura Comparada  de la Sorbona.
–Lo que me cuente va a tener que convencerme mucho para que considere la posibilidad de quedarme a hablar con usted.
–Haría mal Sr. Lecomte.
–¿Por qué?
–Ya se lo he dicho, si accediera a participar en nuestro proyecto… accedería a un conocimiento que muy pocas personas pueden decir que poseen. Voy a ponerle un pequeño ejercicio para poner a prueba sus conocimientos sobre literatura europea.

Jean Louis asintió confiado.
–¿Ha oído hablar en alguna ocasión de  Rudolf Rössler, o de Schulze Boysen?
Jean Louis aceptó el desafío y miró directamente a la cara a Hermann cuando comenzó a hablar.
–Rudolf Rössler  fue un editor alemán que trabajó y desarrolló su tarea desde Suiza durante la II Guerra Mundial –le respondió Jean Louis, lo dijo pensando en que quizás había superado parcialmente la prueba.
–¿Y de Schulze Boysen?
–Debo admitir que no he oído hablar de él en toda mi vida.
–He de reconocer su talento. Efectivamente, el primero fue editor de libros a través de la editorial Vita Nova, y en 1941 publicó el libro de Harro Schulze-Boyssen, miembro de Orquesta Roja, la resistencia organizada contra Hitler, un libro titulado Los teatros de guerra y las condiciones. De familia de tradición militar, en 1936 Schulze se había convertido en oficial de la reserva de las Fuerzas Aéreas alemanas. ¿Quiere que le siga contando?

Jean Louis no dijo nada.
–Acompáñeme, por favor, vamos a seguir el cauce del río -le pidió Hermann al profesor.
Jean Louis se subió el cuello del abrigo. Hacía frío, la temperatura de la noche había bajado y la humedad del río aumentaba la sensación.
–En la página 37 del libro del militar alemán Schulze-Boyssen se recogen  algunos mapas de guerra aérea cuya procedencia solo podía ser del Ministerio del Aire del Reich alemán. El editor alemán emigrado a Suiza Rudolf  Rössler formó parte del grupo de personas que convirtió Suiza en un gran país neutral desde donde se concentraba y distribuía la información. Su mayor éxito fueron las informaciones sobre la Operación Ciudadela de una precisión sorprendente. La fuente de información de Rössler fue Schulze, sin duda y estuvo pasando información a la Unión Soviética sobre el Frente Oriental desde que estalló el enfrentamiento entre el Reich y la Unión Soviética.
–Aún no veo de qué manera encajo yo en su historia.
–Yo se lo diré. Aún no sabemos cómo llegaron estas cartas que le voy a entregar, cómo llegaron a las manos de Rössler. Tan solo sabemos que nunca tuvo el más mínimo interés en publicarlas, pero con la lectura del material que le voy a entregar llegará a comprender por qué está ahora mismo con un hombre como yo frente a la Mairie de París y a punto de decidir si quiere formar parte de nuestra Organización, al menos, durante el tiempo que dure esta investigación.
–No sé qué decir.
–Le estoy hablando, señor Lecomte, de un material cuya existencia muy poca gente conoce, las cartas que el mariscal Erwin Rommel le escribió a Lucie Marie Mollin, Lu, su esposa, desde África, en el año 1942. Seguro que le resultan familiares algunas cosas de sus breves pero continuas, intensas y fluidas comunicaciones. Junto a ellas van también algunas de las cartas del Teniente Alfred Ingemar Berndt que trató al mariscal de sus desconocidas y extrañas dolencias.
–¿Y qué tengo que ver yo en todo esto? Todavía no he escuchado ni una sola palabra que me haga creer que yo pueda ayudarles en algo.
–Intente avanzar en sus investigaciones y lo verá.
–No creo que pueda serles de ayuda.
–¿No le interesa saber dónde se encuentra lo que queda de Enrique Gil y Carrasco?
–Sí, me interesa saber por qué vino a Berlín –le dijo Jean Louis.
–Le diré algo para demostrarle que su trabajo tiene mucho que ver con nuestros intereses. La lista que está esperando se refiere a los objetos que estuvieron en manos de su escritor y que entraron con él en la tumba. Y en estas cartas encontrará uno de esos objetos.
Apareció una joven con un sobre cerrado y se lo entregó.
–No es necesario que nos responda inmediatamente.

Feder volvió a meter las manos en los bolsillos e hizo un gesto con la cabeza en la dirección de los hombres que habían llevado a Jean Louis hasta allí. El coche apareció  al borde de la acera. Jean Louis no dijo una palabra. Feder le abrió la puerta y sonrió.
–Estoy seguro de que volveremos a vernos –le dijo Hermann.
–¿Quién sabe?, quizás no.

Los dos hombres de Feder le acercaron hasta su casa. Jean Louis pensaba que la entrevista al pie de la alcaldía de la ciudad no le había ofrecido la mejor de las respuestas a tantas cuestiones. Salió del coche, esta vez no le abrieron la puerta y ni siquiera se despidió de sus acompañantes. Llamó al ascensor, miró al techo del portal y se encontró con la vieja lámpara de cristal reluciente, como un brillante adorno de la vieja arquitectura del edificio. Pudo ver en su mano derecha el sobre abultado que le había entregado aquella señorita. Salió del ascensor. Estaba agotado. No recordaba si había cogido las llaves de casa al salir, se tocó el bolsillo y sí, allí estaban. Abrió la puerta del pequeño apartamento y pensó en la cantidad de cosas que le habían atravesado la cabeza durante los últimos días y las últimas horas. Se sintió fatigado, le dolía la espalda, se estiró y sintió unos pinchazos en la espalda.

Pensó en irse a la cama y leer las cartas al día siguiente, por la mañana. Ante las perspectivas que él mismo trazaba, tratando de olvidarse de todo lo que le había sucedido, se propuso quitar de en medio algunas dudas y se sentó dispuesto a  abrir el sobre con las cartas y comenzar a leer. Miró el sobre como si hubieran puesto en sus manos un extraño regalo que él no había pedido y que estaba seguro le traería más problemas de los que podría resolver. Abrió el sobre, había una nota en su interior.

«Le hemos hecho una copia. Las hemos comparado con otros escritos del mariscal y no tenemos ninguna duda, son obra suya, de su puño y letra. Espero que ponga en relación lo que ya sabe, con lo que va a saber».

De nuevo, aquello que más parecía ir dirigido a generar en él un cierto sentimiento de confianza, era lo que le sometía a más dudas. Se le pedía que estuviese tranquilo y que no se preocupara de nada, porque según ellos tenían los medios suficientes para saberlo todo. A Jean Louis le preocupaba que lo supieran todo, le preocupaba que lo supieran todo sobre él, cosas que tal vez ni siquiera él conocía de sí mismo o se atrevía a saber.

«Son cartas que van desde el 24 de agosto de 1942 al 26 de febrero de 1943. Léalas y juzgue usted mismo, no tienen desperdicio. No las menosprecie, algunos han pagado con su vida para que usted las pueda leer».


En la próxima entrega el profesor francés leerá las cartas de mariscal alemán Rommel, escritas durante la campaña del norte de África en la II Guerra Mundial y encontrará en ellas un objeto de cristal con la capacidad del oráculo del que ya había oído hablar.
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