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Las alas de Sol Gómez Arteaga

Las alas de Sol Gómez Arteaga

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Sol Gómez Arteaga en una foto de archivo. Ampliar imagen Sol Gómez Arteaga en una foto de archivo.
Ruy Vega | 23/02/2020 A A
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Las alas de Sol Gómez Arteaga
Cartas a ninguna parte 'El vuelo de Martín' nos lleva a la injusticia de la vida, a la vida de aquellos inocentes que, sin más castigo que el destino, sufren
En ocasiones, cuando la noche huele a tormenta y resuenan truenos entre las hojas de la vida, me siento entre mis recuerdos, observo pasar versos en el aire que hablan del silencio, de la injusticia, de la infancia perdida, pero no olvidada. A veces, murmuro sueños que no quiero dejar pasar, observaciones imperecederas de instantes ya vistos y siempre recordados. Recogí con absoluta admiración, papá, la última página de ‘El vuelo de Martín’, joya que debo leer varias veces, y no para no olvidar la lección de vida con la que nos golpea, sino para poder gritar una y mil veces, con la fuerza del que siente en lo suyo como justo, que un niño, jamás, debería sufrir las incongruencias, errores y desavenencias de nosotros, los mayores (que no adultos).

Papá, recordarás a Sol Gómez Arteaga, maestra del relato y maga de los textos, de la que ya te hablé en una carta, ahora ya pasada. Por eso, cuando entre mis manos observé este nuevo libro suyo, no pude dejar de sonreír, sabedor de que me gustaría, sabedor de que a ti también, sabedor de que sus palabras no solo encierran realidad, sino también certeza.

Porque para muchos ‘El vuelo de Martín’ serán las vivencias de un niño y su madre en un gigante Madrid, pero no para mí. Para mí, papá, ‘El vuelo de Martín’ es la historia de aquel que siendo inocente pagó por culpable. ¿Su delito? La vida, la historia de una madre superada, la historia de la sociedad que devora sueños, que empuja vuelos hacia un enorme barranco sin retorno, la historia de aquel que siendo un niño se debe convertir en el rey de un reino sin trono y sin riquezas, en el emperador de una tierra sin futuro, y todo con la inequívoca sensación del fracaso por no poder llegar hasta donde la luz, a veces olvidada, empujó las ilusiones de una madre que hace lo que puede, quizá no tanto lo que debe.

Y por ello derramo una lágrima imaginaria, reconociendo con sublime reverencia la suerte que yo tuve en nacer donde lo hice y no en otra familia. Y es que todo un libro queda resumido magistralmente en una de las respuestas con la que Martín enfoca el futuro, en la que dictamina que «estoy harto de este país, de esta casa, de pasarme el día solo. Quiero que regresemos a Buenos Aires, eso es lo que quiero». Y todos sabemos que los niños no mienten. Al menos en eso. Como tampoco lo hace cuando piensa, refiriéndose a una nueva pareja de su madre, de nuevo con aplastante realismo, que «yo, en cambio, respiré aliviado. Lo mismo que prefería que no hubiera entrado en nuestras vidas». Sabio, sabio Martín.

Papá, ¿sabes? Hay niños que sus padres y madres le sonríen, que les muestran lo hermoso que es leer y lo maravilloso que es escribir, hay niños cuyos padres se tumban con ellos las noches de lluvia, niños cuyas madres les cubren cuando hace frío. Niños que no han hecho nada más que tener suerte, como yo la tuve, con la lotería del mundo y sus casualidades. Pero hay otros que el destino les ha guardado una mala jugada, bien impuesta o bien casual. Niños que no tienen más que una madurez impuesta y obligada, niños que no lloran, porque no hay nadie que les consuele.

Tras leer el libro, acogería a Martín entre mis brazos, le miraría a los ojos y le pediría calma. (Me detengo tras escribir esta línea, pues no es menos cierto que Martín no es un personaje de un libro de ficción, sino que hay cientos, quizá miles, de niños en su misma situación, con su misma vida. Y me da pena, mucha pena. Me levanto, inspiro, continúo). Y en esa inocencia perdida, en ese camino sin retorno, sin capacidad de recuperar una infancia ya distinta y distante, Martín nos mira a los ojos, regalando una reflexión que todos, casi todos, hicimos de niños, pero que el tiempo se encarga de negar, a la vez que sonríe vilmente, dejando claro quién dirige el camino por el que caminar, el sendero del destino no marcado, pero sí dirigido.

«A diferencia de Timo, que de mayor quería ser futbolista, yo de mayor lo que quería ser era justo eso: mayor. Porque creía que, siendo mayor, sabría siempre lo que debía hacer y podría conseguir aquello que quería y contar con el respeto de los demás». Cierto que no es así.

Y en este camino de sorpresas de la vida, que obliga a los más pequeños a ser hermosamente poderosos, también es necesario recalar durante momentos en los sentimientos de sus padres que, errados o no, siempre (casi siempre) miran a los suyos como su mayor tesoro. Quizá sea la naturaleza, el instinto de supervivencia de la especie, quizá sea la cultura, pero ¿importa? Un hijo es lo más grande. Sí, lo es. Tú lo sabías, la madre de Martín lo sabe. Por eso el propio Martín nos dice que «al entrar en el salón vi a mi madre arrodillada en el suelo con la cabeza hundida en un cojín del sofá. Lloraba. […] Le costaba hablar y a mí, entender el significado de sus palabras. Poco a poco se fue calmando, me pidió que la dejara descansar. ‘Dame un beso’, añadió. Yo me dejé besar y abrazar». Y no es menos cierto que, en la mitad de la tormenta, cuando las lágrimas no te permiten ver el futuro con claridad, en el momento en el que no hay amanecer, ni hay noche clara, en ese preciso momento es cuando el abrazo de un hijo, el beso, la mano cogida, todo eso, pueden ser la mejor y mayor arma contra el olvido y la negación. No ha sido fácil esta nueva carta, ‘Carta a ninguna parte’, papá.

¿Y sabes por qué? Porque escribir sobre el dolor de un niño nunca es fácil, porque mirar alrededor sabiendo que la injusticia sigue dominando el mundo, porque mirar a uno y otro lado y comprobar que lo importante sigue siendo el dinero, pero que nadie se ha dado cuenta de que el dinero no compra sentimientos, ni sonrisas sinceras, porque leer noticias no es leer felicidad, sino drama humano, porque ver a un niño llorar, a un adulto o a quien sea es, sencillamente, una reacción del cuerpo humano al temor de la pérdida y la derrota. Y habiendo miles de millones de habitantes en este planeta, muchas veces no nos paramos ni a preguntar si le ocurre algo. Cuánto ayudaría a veces una simple pregunta, una simple pregunta que nunca llega.

Me despido ya, sin dejar pasar el final del libro, donde Sol Gómez Arteaga nos entrega una serie de hojas en blanco para que escribamos, cada uno, el siguiente paso de Martín, pues todos podríamos ser él. ¡Bravo por Sol! Y nos dice: «Dicen que cada final puede ser un nuevo principio y el desenlace de esta historia es además abierto». Una maravilla papá, te encantaría tenerlo entre tus manos, saborear cada palabra, cada página, cada capítulo. Qué enorme suerte he tenido yo de tenerte, qué enorme suerte… Por eso, hoy más que nunca, no es inmortal el que nunca muere, inmortal es el que nunca se olvida.
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