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La vida entera de Avelino Fierro

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01/10/2017 A A
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La vida entera de Avelino Fierro
De Avelino Fierro, fiscal de Menores de León, escritor de diarios y de poemas, dibujante, melómano, lector empedernido, aficionado a la fotografía y a la pintura, coleccionista de libros y amigos, paseante, conversador, hortelano a ratos, se podrá decir cualquier cosa menos que lleva una vida mediocre. Y, sin embargo, el tercer tomo de su diario en marcha, que acaba de publicar la editorial leonesa Eolas, que también editó los dos anteriores, se titula “La vida a medias”. Avelino Fierro culpa al poeta Antonio Manilla del título, que aleteaba en uno de los cinco haikus que Avelino editó en un pliego artesanal y de edición limitada para dar a sus conocidos, el que dice: «Entre dos luces/ el arroyo del tiempo,/ la vida a medias». El verso es sugestivo ciertamente, pero se contradice con la vida plena que Avelino Fierro lleva, tan lejos de la mediocridad de la de tantas y tantas personas.

En su presentación de ‘La vida a medias’, que hubo de hacer por Skype desde Palma de Mallorca, en cuya Universidad da clases, al romperse el avión en el que había de viajar a León, la poeta leonesa Ruth Miguel habló de la paradoja de que alguien con una vida tan intensa sea un ágrafo digital completo (Avelino escribe a mano su diario pese a que lo publique luego, tras pasárselo a máquina su mujer, en la revista digital Tam-Tam Press, que dirige la otra presentadora del libro el otro día en León, la también poeta Eloísa Otero) pero yo creo que ésa es precisamente la clave de su hiperactividad vital, pues el tiempo que otros perdemos en navegar por la Red en busca de estrellas perdidas él lo emplea en contemplarlas directamente en la noche desde la ventana de la habitación tras la que lee y escribe o escucha música mientras prepara asuntos de la Fiscalía o mientras pasea sin dirección por esa ciudad de sombra que para él es León según dejó plasmado en el título de la segunda entrega de su diario: ‘Ciudad de sombra’ (la primera la tituló ‘Una habitación en Europa’ en una demostración de cosmpolitismo que nada tiene que ver con lo que muchos escritores creen). Su aversión a las tecnologías modernas, incluido el teléfono móvil, que sólo lleva cuando está de guardia, hace de Avelino Fierro un tipo extraño para los tiempos que corren pero para mí es lo que explica su gran capacidad para disfrutar de muy diferentes cosas y para manifestar su creatividad en muy distintas disciplinas. Como bien dice Toño, su peluquero, quizá la persona que por su trabajo esté más cerca de sus ideas, Avelino Fierro es un hombre renacentista (el adjetivo es mío, no del peluquero Toño), pues hace muchas cosas y todas las hace bien: «Escribe de puta madre, dibuja de puta madre, sabe de música, tiene buen ‘pico’… Y de lo suyo digo yo que sabrá también». Críticas como ésta no las mejora nadie y la definición y el retrato del personaje tampoco.

Personalmente y conociendo a Avelino Fierro como lo conozco desde la Universidad, lo único que puedo añadir a aquél es la conciencia de una sensibilidad especial que ya se advertía en Avelino por aquella época y que se nutre de todas esas actividades a las que se referían su presentadora y su peluquero, cada uno desde una perspectiva observadora, que, lejos de abandonar por su profesión, ha seguido cultivando al tiempo que atiende a ésta. En eso nos lleva una gran ventaja a los demás. Como esos grandes científicos, ingenieros (pienso ahora en Juan Benet), médicos o juristas que conjugaron el desarrollo de su profesión con el cultivo de otras actividades, artísticas normalmente pero no necesariamente (la filosofía o el viaje también son cultura), Avelino Fierro vive dos vidas, incluso varias, al mismo tiempo, lo que le permite manifestarse de muchas maneras sin que ello suponga traición a ninguna de ellas ni impostación de su verdadera personalidad. Avelino Fierro es igual de lector, escritor, dibujante, etc., cuando está ejerciendo de fiscal que fiscal cuando está escribiendo en su casa o de tertulia con los amigos del bar, sin hablar, por cierto, jamás de su profesión; otra cosa es que la gente se dé cuenta de ello. En Avelino Fierro es indisociable la formación jurídica de la poética, la musical de la tabernaria, la ornitológica de la peripatética.

Así que de vivir la vida a medias poco, como no sea la vida a medias a la que se refiere el haiku, esos tres versos entre dos luces por los que el tiempo corre como un arroyo sutil de la misma manera que le sucede al poeta en la realidad. Porque aquí está la verdadera clave de todo, la palabra de la que Avelino se avergüenza siempre salvo para atribuírsela a otros, llámense Rilke, Borges, Tranströmer, Szymborska o Ramón Gaya, la condición que el sólo considera para sí como lector, nunca como creador, cuando a estas alturas de su diario está ya más que claro que es la obra de un poeta y no, como él dice, de un lector de poesía agradecido que mira pasar la vida desde sus gafas de profesional del Derecho como si fueran las nubes que ve pasar sobre la Candamia desde su casa de reojo mientras lee. A estas alturas de su diario, por si alguien tuviera dudas de ello, yo no, lo que es ya más que evidente es que Avelino Fierro es un poeta aparte de dibujante, coleccionista de libros, aficionado a la pintura y a la fotografía, paseante nocturno de la ciudad, fiscal de Menores, etc., un poeta falsario como tantos poetas cuya timidez les hace esconderse detrás de otras aficiones, otros oficios, para que los demás no nos demos cuenta de que lo son. ‘La vida a medias’, tercera entrega del diario de Avelino Fierro, es un gran haiku que continúa el poema de las dos primeras, el poema de su vida, que es una vida plena y nada mediocre, una vida entera, de bar y de fantasía, como la de la canción.
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