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La revolución del bolígrafo

La revolución del bolígrafo

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Toño Morala | 20/05/2019 A A
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La revolución del bolígrafo
Reportajes Hay grandes inventos que, por convivir todo el día con ellos, pasan mucho más desapercibidos que otros más ‘espectaculares’. Ahí va uno, el bolígrafo, viaja a sus tiempos anteriores, a los esfuerzos para lograr algo con lo que escribir... y ya no digamos cuando se inventó el BIC
Como casi siempre, hay inventos que pasan desapercibidos del día a día por ser y estar siempre a nuestro alrededor. No habrá casa que no tenga por estanterías, botes, mesas… un bolígrafo; seguro que en más de una hay por lo menos un par de docenas de ellos. Solamente verlos y cogerlos en cualquier momento para escribir, es algo mecánico, algo que nuestra mente ya tiene como cotidiano y muchas buenas gentes lo llevan consigo como si fuera el pañuelo o el monedero; es muy difícil no encontrar en un bolso de mujer uno o varios, que ellas son muy de guardar, y así facilitan las cosas a muchos hombres que, algunos andamos tan despistados que casi nunca llevamos un bolígrafo encima. Pero como todas estas cosinas tan prácticas y necesarias, casi nunca les damos importancia hasta que la necesidad llega. Hay muchas personas que creen que estos inventos se crearon hace siglos incluso, y nada más lejos de la realidad. El bolígrafo tiene cuatro días como quien dice, en este largo recorrido de la vida, y en lo básico, poco ha cambiado. Casi todos los expertos nos recuerdan a John Loud, de Weymouth, Massachusetts, como el inventor del bolígrafo. Por lo menos recibió la primera patente de un cilindro con tinta y una bola en un extremo para escribir. Fue la patente número 392046 de Estados Unidos, de 30 de octubre de 1888. En el texto de la patente, Loud explica que su «invención consiste en un depósito de tinta mejorado, especialmente útil entre otros propósitos, para marcar superficies ásperas –como madera, papel rugoso, y otros artículos- que una pluma no lo puede hacer». Loud trabajaba con pieles y necesitaba un instrumento de escritura para marcarlas. Pero no fue hasta mediados del siglo pasado, que se le ocurrió a un buen hombre, que molesto por los trastornos que le ocasionaba su pluma cuando esta se le atascaba en medio de un reportaje, el húngaro nacionalizado argentino Ladislao Biro y su hermano George, quien era químico, lograron una tinta que era muy útil para la escritura a mano, pero que tenía el inconveniente de que no podía utilizarse con la pluma pues se trababa al escribir. Pero Ladislao ideó cómo resolver este último inconveniente observando a unos niños mientras jugaban en la calle con bolitas que al atravesar un charco salían trazando una línea de agua en el suelo seco: se dio cuenta de que en vez de utilizar una pluma metálica en la punta, debía utilizar una esfera metálica. La dificultad de trasladar ese mecanismo a un instrumento de escritura residía en la imposibilidad de desarrollar esferas de un tamaño suficientemente pequeño. Ladislao Biro patentó un prototipo en Hungría y Francia en 1938, pero no lo llegó a comercializar. Ese mismo año, Agustín Pedro Justo, quien pocos meses antes había dejado de ser presidente de la Nación Argentina, le invitó a radicarse en su país cuando de casualidad lo conoció en momentos en que Biro estaba en Yugoslavia haciendo notas para un periódico húngaro. Agustín Justo lo vio escribiendo con un prototipo del bolígrafo y maravillado por esa forma de escribir se puso a charlar con él. Biro le habló de la dificultad para conseguir una visa y Justo, que no le había dicho quién era, le dio una tarjeta con su nombre.

Biro no se decidió en ese momento a viajar a Argentina, pero en mayo de 1940, al comenzar la Segunda Guerra Mundial, él y su hermano emigraron a ese país junto con Juan Jorge Meyne, su socio y amigo, que le ayudó a escapar de la persecución nazi por su origen judío. Tiempo después, su esposa Elsa y su hija Mariana desembarcarían también en Buenos Aires. En ese mismo año formaron la compañía Biro Meyne Biro y en una cochera con cuarenta operarios y un bajo presupuesto perfeccionó su invento, registrando el 10 de junio de 1943 una nueva patente en Buenos Aires. Lanzaron el nuevo producto al mercado bajo el nombre comercial de Birome (acrónimo formado por las sílabas iniciales de Biro y Meyne). Al principio los libreros consideraron que esos “lapicitos a tinta” eran demasiado baratos como para venderlos como herramienta de trabajo, y los vendían como juguetes para niños. Al respecto, en su última entrevista antes de fallecer, Biro afirmó: «Mi juguete dejó treinta y seis millones de dólares en el tesoro argentino, dinero que el país ganó vendiendo productos no de la tierra sino del cerebro». Un buen paisano con buenas ideas. Imaginamos la multitud de anécdotas que rondarán por el mundo sobre este nuevo invento en aquellos años de guerras y posguerras. En las fuerzas aéreas aliadas, el bolígrafo permitía a los pilotos escribir en posiciones en las que no era posible hacerlo con los medios convencionales. La sociedad formada por Biro y sus socios quebró, aquejada de falta de financiación y por nuevos inventos que no tuvieron éxito comercial.

Un antiguo proveedor, Francisco Barcelloni, independientemente de los desarrollos de Bich, intentó entusiasmar a Biro para fabricar un bolígrafo de bajo costo. No logró convencerle y se instaló por su cuenta; mejoró el flujo de tinta y ensayó una bolilla de triple dureza. Posteriormente, Barcelloni contrató a Biro para la dirección de la nueva fábrica, cuyo nombre comercial era Sylvapen. Entre otros inventos, Biro, diseñó un perfumero usando el mismo principio que el bolígrafo. Más tarde, con el mismo principio se creó el desodorante de bolilla, conocido en inglés como ‘roll-on’. Para difundir el producto se recurrió a procedimientos publicitarios muy curiosos, casi de circo. En los escaparates de las tiendas especializadas americanas, como Gimbels, las demostraciones se llevaban a cabo dentro de un gran depósito de cristal lleno de agua donde se metía el escribiente que escribía sobre una lámina de madera ante la mirada atónita de los posibles clientes, que al ver que el bolígrafo escribía bajo el agua lo compraban sin importarles el alto precio. El bolígrafo se convirtió en un ‘best-seller’ industrial gracias a un cúmulo de hechos: no manchaba la ropa ni las manos ni el papel, era limpio, no rezumaba, se podía escribir tumbado, acostado… El futuro de la pluma estilográfica estaba amenazado. Ni siquiera la estilográfica-calculadora del francés Dominique Serina en 1988 podía evitar la entrada de la pluma en los desvanes de la ‘Historia de las Cosas’. Sobre todo tras el invento del bolígrafo que puede borrarse, patentado en 1979 por la firma norteamericana Gillette con el nombre de Eraser mate; y tras la creación en 1988 del Jet Pen, primer bolígrafo desechable, de cartón, fabricado en tales cantidades que su precio hacía que no valiera la pena recargarlos.

Pronto Reynolds comenzó a exportar sus bolígrafos a todo el mundo y, sobre todo, a Europa donde había dinero para comprarlos. Pero fue en Francia, en concreto, donde apareció el que conseguiría colocar un bolígrafo en el bolsillo de casi todos los habitantes del planeta. Se llamaba Marcel Bich y, con Edouard Buffard, fundó en Clichy, Francia, una empresa que fabricó un bolígrafo de plástico en 1948. Lo comenzaron a vender en Francia en 1953 con la marca, ahora famosa, de BIC, pensada solo con quitar la ‘h’ del final del apellido del fundador. Era de plástico transparente y de sección hexagonal, lo que facilitaba el agarre y escribir con precisión por el usuario. La bola es de tungsteno según una patente sueca. Las bolas del bolígrafo de Biro eran de acero inoxidable y se fabricaban según técnicas de los relojeros suizos. El BIC escribe entre tres y cinco kilómetros de tinta. En 1958 compró Waterman y entró en el mercado de Estados Unidos. Fue el modelo Cristal el primero que se vendió en aquel país. En la actualidad, BIC, vende 20 millones de bolígrafos al día, unos 57 por segundo, y la empresa ha declarado que, en toda su historia, habían vendido millones de bolígrafos. Anteriormente, y durante siglos, bardos y dramaturgos, monjes y escribientes, tuvieron que usar la pluma y un mejunje inventado en China para plasmar sus ideas. Pero incluso este último método era un poco lento y sucio, pues había que estar mojando la punta de la pluma en el tintero y la tinta se iba por todos los lados. Aun así, su uso perduró hasta principios del siglo XIX… y qué manía con mordisquear el tapón y mirar para las moscas… el bolígrafo, el gran invento que revolucionó la escritura manual.
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