Por eso Trump, por eso Bolsonaro, por eso Abascal. Todos (y son tantos) responden a ese mecanismo básico, agresivo, bajoventral. Estriba ahí su fortaleza: ofrecen soluciones imposibles de analizar, rotundas y crudas como una piedra. Una piedra presta a ser arrojada contra otro. Más España, más bandera, menos emigración, más ‘libertad’, menos impuestos… Más y menos, una primitiva matemática de restas y sumas.
La situación política, social, económica… la realidad, en definitiva, se comporta como un organismo complejo merecedor de un examen y un diagnóstico complejos, no en vano se compone de una multitud inabarcable de circunstancias, procesos, individuos. Logaritmos. Sin embargo periódicamente asistimos a la viralización de arengas simplistas, víricas, que pretenden remediarlo todo con desenlaces rasos. A pedradas.
Las redes sociales han venido a homologar esa superficialidad del discurso en un nuevo canon de la comunicación que los políticos utilizan con fruición contraproducente. Cada vez que tuitean una máxima, anuncio, diatriba o ‘apuesta’ convierten un pensamiento elaborado en un pedrusco. O en un virus. Y sancionan el mismo esquema de comportamiento: el prejuicio indiscriminado, la inmunidad, la desinformación, la conjetura elevada a categoría de axioma, la estulticia defendida como ejercicio de libertad de opinión. Lo viral. El término ‘virus’ viene del latín ‘veneno’: las palabras revelan la clave tercamente.
Esta semana hemos asistido a la escenificación de una ópera bufa política: un partido empeñado en erosionar la convivencia ha perdido el tiempo de todos en el momento más crítico con una propuesta inútil basada en el insulto y la simpleza. El caos o yo, llegaron a afirmar (el caos, por supuesto). Era un momento delicado y el líder de la derecha tenida por democrática ha hecho lo que tenía que hacer, ni más ni menos: ponerse la mascarilla de una buena vez. Ahora falta que empiece a desalojar sitios donde se reúnen con otros sin responder a ese mismo criterio de salud pública, asociaciones que alentó antes de percatarse de que el virus se difunde gracias a su propio aliento.
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