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La normalidad era esto: vivir en la distopía

La normalidad era esto: vivir en la distopía

EL BIERZO IR

Detalle de la ilustración de Raiss el Fenni. Ampliar imagen Detalle de la ilustración de Raiss el Fenni.
Valentín Carrera | 30/03/2020 A A
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La normalidad era esto: vivir en la distopía
Lo pequeño es hermoso [Opinión] Si aniquilamos la biodiversidad y multiplicamos las chimeneas tóxicas y los basureros, ¿de qué nos extrañamos cuando cosechamos las pandemias que nosotros mismos hemos sembrado?
Durante el rodaje de la serie de tv ‘Hanan. Lo que nos une’, viví varios meses en Marruecos. Me enamoré del país y de su gente hospitalaria y generosa, y la experiencia fue tan intensa que quince años después sigue alimentando mi modo de contemplar el mundo y la vida.

Una mañana de primavera, como la de hoy, subí caminando a la medina de Fez el Bali, la de las curtidurías, un inmenso laberinto medieval, patrimonio de la humanidad, quizás, con Jamaa el Fna de Marrakech, el lugar más visitado del Magreb.

Poco antes de llegar al acceso principal, Bab Bou Jeloud, un hombrecito menudo y arrugado, de sonrisa desdentada, había instalado su puesto de venta: una caja de cartón no muy limpia y una docena de higos chumbos, que él mismo había recolectado. Le compré dos higos por un dírham -unos diez céntimos-, me enseñó a comerlos y nos despedimos como si fuéramos viejos amigos. Vagabundeé el resto del día por la medina, invisible, sin prisa; y el vendedor se quedó allí de pie, como una chumbera con su cosecha bajo el sol del desierto, sin agua y sin otra necesidad que sonreír, uno a uno, a los miles de visitantes con pamelas, viseras, cámaras, móviles de última generación, embadurnados de antimosquitos y antiolores, cargados de euros y dólares. Compra, compra, barato, barato.

Me pregunto quién resistirá mejor ante el coranovirus, si aquellos miles de turistas saturados de toallitas perfumadas y chalecos antibalas, o el humilde vendedor con su ajada chilaba. Me pregunto quién resistirá mejor a la pandemia, ¿nuestros hijos e hijas, malcriados a todo tren y capricho en el exceso y la abundancia, o los niños y niñas de la calle, sucios y desnutridos, que mis hijas vieron con asombro en Tánger?
Cuando la pandemia pase, volveremos a la normalidad… ¡no y cien mil veces no! Primero, la pandemia no va a pasar, ha llegado para quedarse, como la gripe, el sida y mil plagas más. Segundo: la normalidad era el problema.

Esto no va de meter el dedo en el ojo al Gobierno, de odios y bulos ni de otras miserias. Tampoco va de capitanes A Posteriori, que todo lo saben a toro pasado; más bien, deberíamos prestar atención a las voces A Priori, que llevan décadas avisando el desastre.

Tomás Moro, decapitado por Enrique VIII -aprovechen la cuarentena para ver Los Windsor-, escribió en 1516 el ensayo Utopía, inspirado en la República de Platón: una comunidad pacífica, basada en principios morales y la propiedad común de los bienes, cuyas autoridades son elegidas por voto popular. Desde entonces, una utopía es un sistema político, social y legal perfecto, deseable, pero imposible; y desde el siglo XX, su antónimo es la Distopía: un mal lugar para vivir, una sociedad indeseable, totalitaria, inhumana.

Un mundo feliz de Huxley (1932) y la novela 1984 de Orwell, escrita en 1948, son ejemplos canónicos de distopía totalitaria, vigilada por el Gran Hermano. Tras ellos, la distopía es constante en el cine y la novela: Blade Runner, Matrix o el Ensayo sobre la ceguera de Saramago, hasta llegar a El cuento de la criada, escrito por Margaret Atwood en 1984, cuando la fantasía de Orwell llegaba a su punto de cocción.
Así como no creo en agoreros a posteriori, tampoco creo en profetas: simplemente hay pensadores, novelistas, ¬cineastas, pero también líderes espirituales, ecologistas e incluso financieros, capaces de leer la realidad. Los datos de esta pandemia estaban ahí, a la vista de todos: si nos coge desprevenidos, no habrá sido por falta de avisos. El cuento de la criada no es una distopía, sino un retrato del natural, dibujado con 36 años de antelación.

«¿Acaso necesito recordarles -escribe Atwood―-que ésta fue la era de la cepa R de la sífilis y también de la infame epidemia de SIDA que, una vez que se extendió, eliminó a una gran parte de la población joven y sexualmente activa de la reserva reproductora? Nacimientos de niños muertos, abortos espontáneos y malformaciones genéticas se extendieron y aumentaron y esta tendencia se ha relacionado con accidentes en centrales nucleares, así como fugas de productos químicos y de sustancias para la guerra biológica y lugares destinados a desechos tóxicos, de los que existían varios miles tanto legales como ilegales, o simplemente se vertían en el alcantarillado, y al uso incontrolado de insecticidas y herbicidas?».

Lean, si lo prefieren, el informe Un mundo en peligro de la Organización Mundial de la Salud (septiembre 2019). No será por falta de avisos: si hemos decidido vivir en la distopía del consumismo, el derroche y la destrucción del Planeta; si arrasamos los bosques y ríos, si aniquilamos la biodiversidad y multiplicamos las chimeneas tóxicas y los basureros, ¿de qué nos extrañamos cuando cosechamos las pandemias que nosotros mismos hemos sembrado?

Cuando todo esto pase… mentira. La distopía del coranovirus no pasará, ya está en nuestro ADN. No volverá la normalidad tóxica y mejor que no vuelva. Mejor si hoy mismo empezamos a construir un mundo distinto.

Tras contemplar el ocaso desde la medina de Fez, emprendí el regreso hacia mi hotel -una ducha, una cerveza helada-. El vendedor de higos seguía en su puesto: observé que apenas había vendido un par de higos más. Dos dírhams era su ganancia del día. Me abrazó con su sonrisa desdentada y sentí envidia de su felicidad. La primavera avanza.
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