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La lucha de clases

La lucha de clases

OPINIóN IR

28/02/2018 A A
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La lucha de clases
Marx ha pasado a la historia por ser el ‘inventor’ de la lucha de clases. Puso así nombre a un hecho universal que expresa bien el dicho de que "siempre ha habido pobres y ricos". Donde aparecían pobres, Marx colocó proletarios, y donde ricos, burgueses. Elevó el listón intelectual y le dio categoría racional a la miseria. No fue difícil ajustar la teoría a la realidad: los pobres de su época se concentraban en barrios insalubres y entraban y salían de las fábricas como rebaños harapientos. La burguesía, dueña de "los medios de producción" (las fábricas), acumuló suficiente dinero como para construirse palacios e imitar a la nobleza, que tanto les había despreciado. Se hizo así muy visible la diferencia entre esos dos mundos.

La teoría tenía un fundamento demográfico, pues los proletarios fueron pronto la mayoría, desplazando en número a los campesinos, tradicionalmente los más pobres de la pirámide. Marx concibió el enfrentamiento entre los dos grupos como irreconciliable: uno debía destruir al otro para sobrevivir. La "lucha de clases" no sólo describía la realidad, sino que ofrecía "un horizonte de expectativas" a los más desfavorecidos para que tomaran el poder y acabaran con la división en clases.

Como las ideas y la conciencia (superestructura) surgían de la condición económica (estructura), Marx supuso que los obreros más explotados serían los primeros en rebelarse. No fue así, demostrando que no existe ninguna correlación directa entre pobreza y revolución. Fue entonces cuando propuso la necesidad de una vanguardia que guiara al proletariado hacia su liberación. La pequeña burguesía intelectual resultó ser la encargada de asumir esta tarea. Lenin lo puso en práctica. La rebelión de los obreros, paradójicamente, acabó en manos de pequeño burgueses.

Pero no sólo esta contradicción, la evolución del capitalismo puso de manifiesto el reduccionismo de la lucha de clases. Con la aparición de una amplia clase media consumista, que se convirtió en el motor de la economía, todo el esquema se vino abajo. Hoy la sociedad se ha diversificado tanto (los obreros manuales son sólo ya una minoría), la pobreza y la riqueza han adoptado tantas formas, grados y niveles, haciendo imposible ligarlas a una profesión, un trabajo, un modo de vida, etc., que trazar una línea divisoria entre dos clases antagónicas resulta casi imposible.

Necesitamos aplicar otros criterios, como el de la pobreza y la riqueza ‘relativas’, para describir la realidad. Dicho de modo simple: existen muchas ‘clases’ de pobres, pero también muchos ‘tipos’ de ricos. La línea divisoria hay que trazarla con criterios múltiples y sucesivamente inclusivos. Por ejemplo, eso de ‘trabajadores’ no debiera excluir a muchos ‘empresarios’, ya que algunos de ellos trabajan como ‘chinos’. Y hay pobres que viven del privilegio y eso perjudica, sobre todo, a los que lo son de verdad. Profesiones con mucho prestigio cada día están más proletarizadas. Y no es lo mismo un empresario parásito, que otro productivo; uno que vive del Estado que otro de su talento y esfuerzo; un emprendedor arriesgado que otro corrupto; un defensor de la dignidad de sus empleados que otro explotador, etc.

En general, quien más poder y riqueza acumula es quien más posibilidades tiene de corromperse, explotar y despreciar a los demás. De ahí nuestra prevención. Hoy, además, son las grandes empresas y fortunas quienes más defraudan y evaden su dinero. Por otra parte, la clase media está hoy pasando a vivir en condiciones de pobreza encubierta cada día más degradantes. Hay empresas que mantienen una plantilla de trabajadores bien remunerados y al mismo tiempo explota a miles de subcontratados con salarios de miseria. Y mientras se degradan las pensiones, una minoría de políticos y directivos obtienen pensiones astronómicas. Etc.

Quiero decir que hoy ya no nos sirve la simplificación de la lucha de clases (los de arriba y los de abajo, la casta y el pueblo) y hemos de sustituirla por la lucha por la igualdad, sin tener en cuenta la profesión, la clase o el estatus social, estableciendo normas que impidan el abuso y los privilegios, sean del tipo que sean. El viejo principio del bien común y la justicia social ha de prevalecer, asegurando que nadie carezca de lo necesario para vivir dignamente. No el rencor o la envidia del pobre hacia el rico, sino la equidad: porque quien más tiene, si bien se mide y valora, es quien más recibe (directa e indirectamente). Y que las diferencias nazcan sólo del esfuerzo y el talento, no del privilegio, el poder, el abuso y el sufrimiento de los demás.
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