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La lejía, mucho más que limpieza

La lejía, mucho más que limpieza

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Toño Morala | 11/03/2019 A A
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La lejía, mucho más que limpieza
Reportajes Hoy sólo nos suena a producto de limpieza, y hasta tóxico, pero la lejía esconde un pasado sanitario con muchas vidas salvadas
No queremos salir de estas cosinas simples y humildes, y que ayudaron y mucho en la vida diaria y siguen haciéndolo como casi hace un par de siglos, casi nada. Inventos que la casualidad hace que sirvan para un buen montón de cosas, y otras que se descubrieron hace cuatro días como quien dice. Y si ya escribimos sobre la inmensa popularidad que algunas de ellas llegaron a tener, para qué contar. Todavía uno recuerda el olor a lejía en las manos de las madres y abuelas, cuando todavía no se usaban guantes de goma o látex; aquellos inventos que, por un lado, blanqueaban la ropa, y por otro, dejaban los pocos azulejos y suelos limpios y desinfectados. Siempre las recuerdo fregando de rodillas hasta que llegó el gran invento de la fregona, otra de esas cosas que ayudaron a mejorar las condiciones de vida de millones de mujeres y algún que otro hombre. Pero como iba relatando, no todo ha sido tan fácil; hay cosas que se tarda años en darles la forma y la utilidad requerida, como darle una importancia a nivel mundial como es el caso de la lejía. La de vidas que ha salvado este gran invento y que además de ser muy bueno, es muy barato tanto de fabricar como de comprar, y además, sigue salvando vidas en países olvidados de todos los dioses y de casi todo occidente; pero esa es otra historia que me pone de muy mala leche, y que me dan ganas de poner cara, nombres y apellidos de los culpables… que además son unos cuantos… incluso algunos, fabricantes de desinfectantes y medicamentos. Sí, hoy vamos a escribir sobre la lejía y su grandeza en la sobrevivencia de millones de iguales en todo el mundo. Poca gente sabe que la lejía fue uno de los inventos que más vidas ha salvado en los últimos dos siglos. Hoy es más conocida por blanquear la ropa o la limpieza del hogar, pero no siempre ha sido así. Disponer de agua potable, quizás sea el mayor avance en la salud pública de la historia de la humanidad, y es ella, la lejía, la que todavía se usa hoy para potabilizar el agua.

La lejía ha sido uno de los inventos que más vidas ha salvado en los dos últimos siglos  El hipoclorito, más conocido por lejía, es uno de los grandes descubrimientos de la época moderna. Se obtuvo por primera vez en Javel, barrio periférico de París, por el químico francés Bertholet, que en 1785 experimentó la fórmula descubriendo su utilización. Se entiende por lejía la solución de hipoclorito con un contenido de cloro activo no inferior a 35 g/l ni superior a 100 g/l. A finales del siglo XIX, momento en que Louis Pasteur descubre que los microorganismos son los causantes de las enfermedades, la lejía tuvo el momento de máximo reconocimiento, gracias a sus propiedades como activo agente antiséptico. Este producto constituye un poderoso desinfectante, apto para el tratamiento de aguas potables y en las líneas de envasado de la industria agroalimentaria. Se usa para desinfección de todo tipo de elementos, suelos, baños, cocinas, cerámicas, sanitarios, agua, verduras y hortalizas. Su módico precio y su enérgica eficacia frente a las algas y bacterias hacen que sea el producto más adecuado para el tratamiento alguicida y bactericida del agua de las piscinas. También es usado en altas concentraciones en sistemas hídricos contaminados por “La Legionella” (torres de refrigeración, los sistemas de distribución de agua en lugares públicos, etc.) para neutralizar su avance y desarrollo. La lejía como desinfectante, como la mayoría de descubrimientos por accidente… Claude Louis Berthollet no estaba buscando un bactericida cuando dio con el proceso para obtener lejía. En su investigación hizo pasar cloro a través de potasa cáustica (ahora usamos la electrolisis, pero la primera pila voltaica data de 1800). Tras este hecho descubrió una sustancia con un poder blanqueante sin precedentes. Pero este médico y químico no supo apreciar el poder higiénico y antibacteriano de la lejía, a diferencia de su congénere Pierre-François Percy. Pierre sí que supo ver el potencial de la lejía, e introdujo en el hospital Hôtel-Dieu de París un procedimiento de limpieza con este nuevo invento. Fue todo un riesgo para su carrera profesional que el hospital le diese permiso para experimentar de ese modo, especialmente con un producto que según los informes de la época “olía extraño”. El resultado fue increíble, y se vio a los pocos meses de aplicar lejía diluida en agua en suelos y camas de metal. Limpiando con lejía se redujo la mortalidad por infecciones en un 54% entre 1801 y 1851, año tras el cual, ya muchas instituciones y hospitales franceses, suizos, alemanes e italianos usaban esta bautizada como “agua de javel”. Por supuesto, por aquella época no se era consciente de cómo atacaba la lejía a las bacterianas, virus y hongos. Tan solo se sabía que lavando ropas y suelos con aquel producto, se salvaban vidas. Lo que hacían, sin saberlo, era desinfectar. El uso como desinfectante fue generalizado a finales del siglo XIX, cuando Luis Pasteur descubrió que las infecciones y la transmisión de enfermedades se deben a la existencia de microorganismos y, demostró que el agua de javel era el antiséptico más eficaz para la erradicación de gérmenes transmisores de enfermedades.

Berthollet, médico y químico, descubrió esta sustancia con un poder blanqueante sin precedentes  Las primeras referencias al uso del cloro en la desinfección del agua datan de hace más de un siglo. Se utilizó durante un corto período de tiempo en Inglaterra, en el año 1854, combatiendo una epidemia de cólera, y fue utilizado de forma regular en Bélgica a partir de 1902. Como antiséptico, el hipoclorito sódico fue utilizado por primera vez a gran escala en Inglaterra en 1897 para la desinfección de residuos tras una epidemia de fiebre tifoidea. A finales de siglo se empezó a utilizar también para desinfectar las manos de los médicos antes de las intervenciones quirúrgicas… hay que ver… pero y, por desgracia, fue en las guerras de principio de siglo que se extendió el uso del hipoclorito, utilizado en una solución diluida neutralizada con ácido bórico… desde aquellas ambulancias, hospitales, colegios, y un largo etcétera. La Organización Mundial de la Salud, lo tiene muy claro, y aconseja el uso de la lejía como un método eficaz para la desinfección de agua para beber en zonas del Tercer Mundo sin acceso a agua potable. “Los datos son escalofriantes: se estima que más de dos millones de personas mueren al año a causa de las diarreas provocadas por agua contaminada por gérmenes”. La lejía es el desinfectante más usado en el mundo. También, existe un concentrado del 0,025% de producto que fue conocido como la técnica de Carrel-Dakin y se convirtió en el método para tratar las heridas infectadas durante la Primera Guerra Mundial. Casi nada con la lejía. Una fórmula sencilla que ayuda incluso al medio ambiente. La lejía se obtiene industrialmente a partir de sal común (cloruro de sodio) por un proceso conocido como electrólisis. Se trata de hacer circular corriente eléctrica a través de una disolución de sal, como la que utilizamos en las ensaladas, para que al final del proceso se origine un nuevo compuesto químico (hipoclorito de sodio). Tras su uso, la lejía se convierte de nuevo en sal, y la que llega al sistema de alcantarillado tiene una vida media de un minuto. Las primeras botellas de lejía llegaron a España en 1889. El empresario catalán Salvador Casamitjana decidió comercializar el producto bajo el nombre de Conejo-Estrella, que acabaría perdiendo la segunda parte de su marca. Empezó en el barcelonés barrio de Sants, pero la extraordinaria acogida del producto, muy valorado tanto por su poder blanqueante como por su poder de desinfección, exigió buscar unas instalaciones mayores, esta vez en Montgat. En un primer momento se vendía a granel y era distribuida por pequeñas marcas de ámbito local por todo el país, transportada en carro. En 1910 Casamitjana Mensa –así se llamaba la empresa fundada por Salvador Casamitjana– abre una sucursal en Zaragoza, la primera fuera de Cataluña. Durante la siguiente década le seguirían Bilbao y Gijón. O sea, una cosina tan cotidiana, y que tiene un par de siglos, ha salvado y sigue haciéndolo por el Mundo adelante, a millones de iguales… no se le puede pedir más a la lejía…
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