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La India, Lecomte, Marie

La India, Lecomte, Marie

LNC VERANO IR

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Rubén G. Robles | 20/08/2020 A A
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La India, Lecomte, Marie
La corona de Heinrich (XIX) El profesor Lecomte viaja a Nueva Dehli con Marie para ascender en la escalera sefirótica del conocimiento
Capítulo XII
Rue du Temple
París
Francia


Sonó el teléfono. Jean Louis se levantó de la cama. Se puso las zapatillas, se acercó a la cocina y vio las gotas de la lluvia sobre el cristal de la ventana. Se sentó y cogió el móvil.
–Señor Lecomte –dijo Hermann Feder al otro lado de la línea.
–¿Sí?
–Hemos dispuesto los peldaños para acceder al conocimiento y al hacerlo ha atravesado varias esferas ya.

Jean Louis no dijo nada.
–Ahora le corresponde a usted ascender en la escala sefirótica, pero tendrá que salirse de su zona de confort. Será una puerta de transformación que le liberará. Y para ello tendrá que ir a la India.

El profesor levantó la cabeza y miró por la ventana. Fuera seguía lloviendo. No le resultaban extrañas las ideas y nombres que utilizó Hermann pues empezaba a conocer de algún modo la literatura hebrea y la cábala.
–¿A la India? -le preguntó Jean Louis.
–Sí. Después conocerá a Edward en Hong Kong –y entonces Hermann colgó.


Capítulo XIII
París
Francia


Sonó el teléfono.
–¿Sí?
–Prepara las maletas Marie, te vas de viaje –le dijeron al otro lado de la línea.
–No… -le respondió.
–Irás con él a la India –dijo Hermann.
–No voy a ir.
–¿No vas a ir?
–¿Quieres que te lo repita? –le preguntó Marie.
–No quieres ir… con él –le dijo Hermann.
–Veo que vas entendiendo.
–Pero está casi convencido de trabajar con nosotros.
–Eso no me importa -dijo lacónica.
–No vas porque quizás te gusta un poco –le dijo Hermann.

Ella se mantuvo en silencio.
–¿Me equivoco?
–¿Por qué dices eso?
–Te resulta atractivo.

Marie no dijo nada
–¿Es eso? –insistió él.
–No –dijo Marie- pero....
–Lo sabía –dijo Hermann.
–Sí, tú lo sabes todo.
–Pero no me negarás que es tu tipo.
–Quizás.
–¿Podrías ser su compañera de viaje al menos, por favor?

Ella se mantuvo sin decir nada.
–Marie, la pequeña Marie, ¿te acuerdas cuando te ayudaba a llevar la cesta de uvas durante la vendimia en Villafranca?
–No me vengas con esas Hermann, no voy a ir…
–¿No vas a ir?
–Con él… no.
–Sabes como yo que es el mejor y que lo va a hacer bien.
–¿Y qué gano yo?
–Es nuestro hombre, Marie, es el hombre que ha estado buscando Christ y… además… volverás a ver a Idris.
–¿Y eso a mí qué me importa?
–El profesor es el hombre que has estado buscando tú también.
–Si te empeñas…

Hermann se mantuvo en silencio.
–¿Irás con él a la India? -dijo después.

Ella no dijo nada.
–Sabes que a tu abuelo…
–No lo voy a hacer por él, Hermann –le cortó la mujer.
–De acuerdo, no diré nada.
–Mejor –dijo ella.
–Los cuadros serán para ti, Marie, ya es definitivo.
–Déjalo Hermann. Además… no sé qué haría con ellos.
–¿Sabes en cuánto están valorados?
–No me interesa.
–Tu abuelo te ha querido Marie.
–Cállate, Hermann, por favor.

Se hizo un silencio al otro lado de la línea.
–Te necesita, tú te sabes mover en Delhi, conoces a gente allí.

Se le escuchaba pensar en lo que le decía Hermann.
–Está bien, iré –dijo ella- iré a la India con él.
–Gracias Marie, tu abuelo…
–Cállate ya ¿En qué vuelo? –le cortó ella.
–Mañana, Frankfurt-Indira Gandhi, sin escalas.
–¿Y él estará allí, en el aeropuerto?
–Sí. Ya lo verás Marie, disfrutarás, lo sé, Jean Louis....
–No lo sé, déjalo, Hermann, si lo es o no… lo veré allí.


Capítulo XIV
Aeropuerto de Frankfurt Am Main
Alemania


El aeropuerto de Frankfurt era un edificio cuadrilongo, transparente, con estructura escalonada y aspecto funcional. Un largo pasillo protegido por una cúpula ovoide de cristal cubría la enorme superficie de pasillos comerciales. Marie Hereuse apareció atractiva y exuberante, iba vestida con una falda corta y la blusa caía sin peso, sobre su silueta de mujer joven y despedía al moverse un aroma a fragancias frescas. Se estrecharon la mano y esperaron leyendo. Cuando se sentaron en el avión Jean Louis pidió un agua.

–¿Y qué demonios vamos a hacer en la India?
–Una comunidad hebrea alcanzó las lejanas tierras de Cachemira. Algunos investigadores la consideran como la Tierra Prometida, la tierra a la que Moisés prometió llevar a su pueblo. Algunos afirman que al sudoeste de Srinagar, la capital cachemir, en el monte Booth, se encuentra la tumba de Moisés.
–¿Y ellos lo saben, los habitantes de esa región, saben que son judíos?
–Por supuesto, el pueblo cachemir se considera descendiente directo de una de las tribus israelitas que quedó aislada. ¿Has oído hablar de los esenios?
–Fueron una secta judía de corte eremítico y a la que probablemente perteneció Juan el bautista.
–Tras la crucifixión y después de recuperarse de las heridas en manos de los esenios, Jesús huyó a la India, a Cachemira, a una comunidad de judíos, una comunidad de esenios, que llegaron allí en tiempos de Moisés.

El profesor se quedó pensativo, sin decir nada.
–¿No te lo crees, verdad?

Jean Louis no dijo nada.
–Existen pruebas documentales de que se venera la tumba de un rabí judío en Srinagar desde el siglo I después de Cristo y que ese rabí es Yusu Asaph.
–Y de ser cierto todo lo que me estás contando, ¿a qué vamos nosotros allí?
–Cuando lleguemos a la ciudad dejaremos que la familia judía que ha custodiado la tumba durante siglos nos cuente el resto de la historia.

Marie vio en su cara la sorpresa, las dudas.
–No debería haber venido –dijo el profesor francés.
–Tus ganas de conocer, Jean Louis, te habrían traído hasta aquí de todos modos tarde o temprano. Te diré algo que le corresponde decir al siguiente sefirot, el siguiente escalón en el camino del conocimiento que conducirá al keter, la corona, la esfera suprema, el décimo sefirot.

Jean Louis la miraba contrariado sin saber qué decir.
–Vamos a Delhi para completar la idea de mundo como narración inventada, construida a través de la palabra que como en el relato de Enrique Gil y Carrasco llevaba en su interior la ampolla de cristal. A través de la historia de la tumba que vamos a visitar completarás esa imagen de que la literatura, el modo en que aparecen ordenadas las ideas en un discurso, es como se gobierna el mundo, pues ejercer el dominio narrativo es conquistar, a través de recursos neurocientíficos, la voluntad del ser. Recuerda el relato de la ampolla de cristal.
–Sí
–El relato expresaba la idea de que a través de la palabra se puede convocar la realidad al nombrarla en ejercicio de invocación, pues la palabra es ese recipiente de cristal que encierra lo que habrá de suceder, pues la palabra lo provoca y es transparente, la palabra contiene lo que es quien la pronuncia, tiene efectos terapéuticos, puede curar, pero también tiene efectos perniciosos y puede destruir y dañar también.

Jean Louis se quedó en silencio, sin saber qué pensar, tratando de entender lo que con todo aquello Marie le había querido enseñar.


Capítulo XV
Old Delhi-New Delhi
La India


Al salir del aeropuerto de Indira Gandhi Jean Louis sintió que le golpeaba una masa de aire cálida y espesa. Una muchedumbre de taxistas y conductores de rickshaw rugían fuera por conseguir un pasajero al que llevar. Las manos se agitaban y hacían divertidos movimientos de cabeza con el objetivo de llamar la atención de los viajeros recién llegados. Parecían una bandada de pájaros sonrientes que no dejaban de hablar.

Marie miraba a todos lados, pero sin dejar que nadie se acercara o se atreviera sencillamente a acariciarla para llamar su atención.
–¿Has estado aquí antes? -le preguntó Marie, parecía desenvolverse con soltura y gran habilidad entre aquella muchedumbre.
–No, ¿por qué? –respondió Jean Louis.
–No dejes que se te acerquen demasiado. Exhibe buen humor y acepta con benevolencia todo lo que te ofrecen pero sin verdadera voluntad de obtenerlo. No te enfrentes de manera directa a ellos. Son amistosos, pero pueden llegar a ser muy violentos si se lo proponen. La actitud adecuada te garantizará obtener de ellos solo lo que quieres.

Cogieron un taxi. Iban sentados en la parte trasera de un Ambassador blanco y reluciente, sin embargo apenas podían respirar en su interior. Entraba una sucia mezcla de aire por las ventanillas apenas entreabiertas. Fuera se concentraba el humo en suspensión de un tráfico intenso. De vez en cuando se conseguía apreciar con esfuerzo, el aroma de las buganvillas salvajes que rodeaban las orillas ruidosas de un río de cemento y alquitrán.

–¿Dónde está el encanto de la India, las vacas sagradas recorriendo majestuosas las calles de la ciudad? -dijo Jean Louis.
–En los libros y en la imaginación de los viajeros. Eso se acabó –le dijo Marie.
–Pero…
–Las vacas están siendo retiradas de las calles en camiones. Intentan apartarlas de las calles infestas y llenas de enfermedades. Y mientras tanto carroñean locas entre la basura y si van por las carreteras es porque el humo de los escapes impide que allí haya moscas. Nueva Delhi es muy poco literaria.
–¿Y los aromas a incienso, buganvillas y lluvia?
–Quizás en Old Delhi encontremos algo aún -le dijo Marie.

El taxi se detuvo frente a la Jama Masjid. En medio de aquella enorme maravilla arquitectónica, elevada sobre una enorme base de escalones, aparecía visual y uniforme la Gran Mezquita. Al final de la colina de escalones desgastados de piedra se intuía la existencia de un enorme espacio desde donde ascendían los sonidos de los rezos y la oración.

El conductor circuló despacio entre las calles anegadas de bicicletas y transeúntes y llegaron a la dirección después de un viaje incómodo y largo desde el aeropuerto.

–¿Qué hemos venido a hacer a esta parte de la ciudad? -Jean Louis miró a su alrededor y solo alcanzó a ver pirámides de especias amontonadas en sacos de arpillera.

Se escuchaba un griterío enorme, comerciantes anunciando los beneficios y bondades de sus mercancías, mendigos exhibiendo heridas y niños, un pequeño rebaño de bandidos, ángeles catedráticos en fechorías, esperando el descuido de algún transeúnte al que robar. Una serpiente enorme de cables flojos recorría colgante las fachadas de las casas de dos plantas. El calor se hizo insoportable. La luz, la espesura del aire, la dirección del viento detenido, todos los elementos temporales anunciaron la inminencia de la lluvia del monzón. El aire había cambiado de dirección y giró a húmedo y frío.

–Quizás, al final de la tarde veas la lluvia –le dijo Marie, que se recomponía el pañuelo azul pálido con el que se había cubierto parte del torso y la cabeza.

Jean Louis saboreaba aquel universo suculento de colores y aromas. Tenía los ojos irritados y sentía un fuerte escozor en las fosas nasales, el picante de la pimienta en suspensión. Experimentó una sensación agradable, cierta iluminación orgánica. Se sintió pacífico con la enorme masa en movimiento de individuos circulando en ambos sentidos.
Comerciantes y transeúntes se entrecruzaban pesados y en el sopor caluroso sin sonidos del monzón. Marie Hereuse le miró y vio al hombre que había sucumbido a los encantos de la India. Se detuvo el taxi, bajaron y Marie saludó a un joven indio de unos treinta años que se acercó a ellos y le estrechó las manos con delicadeza, demostrando cariño.

–Acércate, por favor, Jean Louis. Te voy a presentar a Idris, él será nuestro anfitrión. Él es nuestra puerta a Cachemira.
–¿Novio? -preguntó a Marie el joven indio.

Marie sonrió.
–No, todavía no –le dijo Jean Louis.

Jean Louis pensó de Idris que tal vez fuera un amante de Marie pues aún eran muchas las cosas que desconocía de aquella mujer.
–¿Agua? -le preguntó sonriente y servicial a Marie, ofreciéndole una botella. Miraba a Jean Louis con cierto recelo de hombría, violencia y masculinidad.

Llevaba el pelo al estilo de Shahrukh Khan, un actor, el símbolo de la masculinidad amable, excitante y agresiva que se imponía entre hombres y mujeres de la India a través de Bollywood. Su reloj, enorme y reluciente, sobresalía en la muñeca a modo de brazalete, signo de éxito, riqueza y poder, una falsificación.


Marie Hereuse y el profesor francés recorrerán la ciudad de Nueva Delhi y sus calles.




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