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La historia que escondía la casa que iban a demoler

La historia que escondía la casa que iban a demoler

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Manuel Valero se refugió en una casa que iban a derribar, allí encontró la documentación del antiguo dueño y ha rehecho su biografía. | MAURICIO PEÑA Ampliar imagen Manuel Valero se refugió en una casa que iban a derribar, allí encontró la documentación del antiguo dueño y ha rehecho su biografía. | MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández | 22/08/2021 A A
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La historia que escondía la casa que iban a demoler
LNC Verano Manuel Valero fue uno de los ecologistas que en 1987 acudió a defender Riaño. Se refugió en una casa que iban a derribar y guardó documentos y objetos que había en ella, con los que ha reconstruido la singular historia de su dueño, un riañés que emigró a Estados Unidos
Manuel Valero recuerda ahora que en 1987 militaba en los Verdes y, como para tantos ecologistas, Riaño era un símbolo que decidió defender como podía. Vino desde Madrid y buscó refugio en una casa ‘abandonada’ pues ya la iban a demoler. Antes de salir encontró unos documentos y algunos objetos que decidió salvar de la piqueta... Era 1987.

Valero estudió con más calma aquellos documentos y descubrió en ellos la singular historia de quien había sido su dueño, José Álvarez Rojo, riañés, emigrante en Estados Unidos, víctima de la Gran Depresión, regresó a Riaño con un camión que había comprado y falleció joven por las secuelas de haber trabajado en las minas de antimonio que había en la comarca.

Una biografía apasionante que Valero decidió reconstruir, a través de los documentos y entrando en contacto con la familia de José, sus nietos. Lo escribió «ficcionado pero absolutamente real» y este fin de semana se ha producido en Riaño un acto entrañable y cargado de nostalgia y hasta justicia poética: Manuel Valero presentó el libro que recoge los avatares de la vida de Álvarez Rojo y ha devuelto al pueblo —a través del Museo y siendo recibido por el alcalde— tanto los documentos como los objetos que Valero guardaba desde 1987, con la esperanza de que «se abra en el museo un espacio que recoja la historia de la emigración americana de las gentes de esta tierra pues José solo fue uno de tantos, como demuestra el hecho tal vez anecdótico de que para pasar el tiempo hicieron una bolera leonesa detrás de la pensión en la que estaban, iniciativa de uno del pueblo leonés de Salio. Curioso supongo que fue ver aquella bolera con los jugadores con sus sombreros yankis y jugando a los bolos leoneses».

El libro se completa con las aportaciones de los otros dos autores —Ramiro Pinto y Anjélica Molins— sobre otros aspectos de aquel pantano, lo que ellos llaman «la gran mentira de Riaño», tema sobre el que habrá que volver pues hoy es la historia de José la que nos ocupa.

Lo primero que hace José es documentar su origen riañés: «Nací a las 3 de la tarde del 19 de marzo de 1900, con el siglo. Mis abuelos, José y Juliana, eran del pueblo, al igual que sus antepasados. Soy hijo de Esteban y Bernarda. Mi padre era labrador y mi madre, como todas las mujeres de aquella época, se dedicaba a la casa e hijos, que no era poco, pues después de mí nacieron mis hermanos María y Francisco. Aquí fui bautizado en nuestra parroquia, Santa Águeda, que es la patrona del pueblo».

Recuerda que «tenía muy buena letra pues fui muy aplicado en la escuela del pueblo, aunque cuando empezaba a ser adolescente ya tuve que dejarla y trabajar con mi padre y, a veces con otros vecinos, en las labores del campo, ya que éramos una familia muy humilde». Situación que desembocó en que en 1920 emigrara a New York después de un largo y engorroso proceso de papeleos, muchos de ellos recogidos por Valero. «Primero tuve que conseguir del médico del pueblo, D. Tomás Fernandez Zumel, un certificado que dijera que no padecía ninguna enfermedad contagiosa, ni malformación mental y que estaba vacunado pues aún coleaba la que se llamó «gripe española», lo cual me costó 4 Pts. Después tuve que ir al Ayuntamiento para que me dieran otro papel diciendo que nunca había ejercido la mendicidad ni que había padecido degeneración mental, pagando otras 2 Ptas.

Finalmente viajé a León para ir al Gobierno Civil para que el Gobernador me hiciera el pasaporte por 5 Pts., a lo que añadir otras 5 Pts. de hacerme una foto. Total, un dineral que gasté de mis ahorros más del que me dieron los padres para los gastos de emigrar a América».

Y emigró ¿El desencadenante?: «Fue la guerra del Rif de España en Marruecos. Todos los días llegaban noticias de que allí los soldados de reemplazo morían por millares. En julio de 1920 hubo una masacre de 13.000 soldados y en 1921 tenía que incorporarme a filas». Y se fue, aunque no era fácil entrar en Estados Unidos, donde no estaban bien vistos los españoles: «Tuve la suerte de que en el barco, durante 11 días de navegación, me pusieron al corriente de muchas cosas, pues iban otros emigrantes españoles con los que tuve ocasión de hablar hasta aburrirme. Uno de ellos, Valdeón, también de la comarca de Riaño, tenía un hermano  en Newark, una de sus ciudades periféricas, al oeste de la bahía, de modo que me ofreció ir su casa, lo que me facilitaría entrar en el país».

Allí se instaló hasta finales de 1928, «regresé pues ya tenía ganas de ver a mi familia, pero solo estuve 6 meses» y volvió a Estados Unidos, allí estaba en 1929 en el famoso «Jueves Negro de la Gran Depresión, seguido por el catastrófico Lunes y Martes Negros de los días 28 y 29 de ese mes con la ruina de infinidad de empresarios e inversionistas, que algunos se suicidaban arrojándose por las ventanas de los edificios».

José regresó a Riaño. «En 1930, me fue imposible encontrar trabajo, con parte de los ahorros que tenía me compré un camión Krupp de segunda mano y preparé el viaje. Fue una oportunidad y traerlo a España en el barco y tampoco fue caro, lo matriculé en León con el número 3.253».

Aquí siguió su vida, con diferentes oficios, entre ellos trabajar en las minas de antimonio, lo que le llevó a una muerte muy joven. «El médico certificó que yo había muerto por colapso cardíaco o tripostasia hepática. Supongo que mis deudos nunca supieron que arrastraba un envenenamiento por los gases de antimonio que aspiré trabajando en la mina. Desde entonces mi salud se tornó delicada y los últimos meses fueron muy dolorosos por la enfermedad que sufría. En fin,  que en el camposanto reposan mis restos debajo de las aguas del pantano
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