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La Fura dels Baus, expertos en el demonio

La Fura dels Baus, expertos en el demonio

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El tenor Piotr Beczala dio una lección de matices e intensidad, siempre cómodo en el repertorio romántico. | TEATRO REAL Ampliar imagen El tenor Piotr Beczala dio una lección de matices e intensidad, siempre cómodo en el repertorio romántico. | TEATRO REAL
Javier Heras | 13/05/2021 A A
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La Fura dels Baus, expertos en el demonio
Ópera Piotr Beczala y Marina Rebeka pusieron en pie el Teatro Real en una producción de la compañía catalana de ‘Fausto’, el clásico de Gounod que este viernes exhibe los Cines Van Gogh
El mito del hombre que pacta con el diablo acompaña a La Fura dels Baus desde hace décadas. Lo han adaptado en teatro (‘Faust 3.0’, 1997) y en cine (‘Faust 5.0’, cuatro años después), pero sobre todo en ópera, tanto en la versión de Berlioz (‘La damnation de Faust’, 1999) como en la de Boito (‘Mefistofele’, Lyon, 2018) y la de Gounod. Para inaugurar la temporada 2018 del Teatro Real, el dramaturgo y cineasta Àlex Ollé convocó a su equipo habitual para un montaje de ‘Fausto’ que insistió en las señas de identidad de la compañía catalana: decorado y vestuario hipermodernos, tecnología, imágenes potentes, andamiajes, toques grotescos, alusiones religiosas, artilugios –maniquíes, ciborgs– y un predominante color rojo.

En vez de filósofo, el personaje del título es un científico que experimenta con el cerebro humano. Al final de su vida, se arrepiente de haber dedicado todo su tiempo al estudio y el conocimiento y de no haberse dejado llevar por las pasiones. Al invocar a Mefistófeles, explorará sus perversiones y deseos reprimidos. El demonio que  todos llevamos dentro.

Este viernes Cines Van Gogh retransmite esta producción de una de las óperas más representadas de la lírica francesa, solo por detrás de ‘Carmen’. Aunque vio la luz sin pena ni gloria en 1859 en París, su éxito fue fraguándose a medida que se expandió por Europa. Con la excepción de Alemania, donde ofendió por su banalidad: el libreto de Barbier y Carré (conocidos por ‘Los cuentos de Hoffmann’) prescinde de toda la carga filosófica del original. En su lugar, se centra en el enredo amoroso con Margarita, una joven incauta a la que corrompe.

El compositor la revisaría diez años después para ajustarse a los esquemas de la Ópera Garnier francesa. Sustituyó los diálogos hablados (propios de las comedias) por recitativos, e incorporó un requisito esencial: un pasaje de ballet. Esa tercera versión se convirtió en un clásico. Con ella abrió sus puertas el Metropolitan neoyorquino en 1883; en París llegó al millar de representaciones en 1894 (ahora han superado las 3.000); y en Covent Garden figuró en todas las temporadas hasta 1924.

También en Madrid se le tiene apego. Aquí llegó solo seis años después de su estreno, y se ha visto en más de 200 ocasiones. Como protagonista, el tenor Piotr Beczala dio una lección de matices y densidad, siempre cómodo en el repertorio romántico, tanto el italiano (‘La Bohème’) como el francés. El polaco puso un listón altísimo que igualaron tanto la soprano letona Marina Rebeka -caudal de volumen y expresividad- como el barítono italiano Luca Pisaroni, gran actor. Debutaba en el foso de la capital Dan Ettinger, titular de la Sinfónica de Israel y la de Stuttgart. Formado como cantante y asistente de Barenboim en Berlín, no es de extrañar que muestre atención a los volúmenes y a las voces, aparte de brío y expresividad.

La partitura de ‘Fausto’ entretiene con la variedad de sus cuadros y deslumbra con sus melodías arrebatadoras y espontáneas. Las líneas vocales imaginativas tiñen todo el discurso: de las piezas de los solistas (el aria de las joyas de la soprano) a los recitativos o los coros, como el de los soldados. Otro rasgo característico es su refinada instrumentación, en especial en el ballet de Walpurgis. Gounod dominaba la orquesta sin imitar a Wagner –más denso– ni a Verdi, menos dulce y sentimental. En su cuarta ópera construyó un sonido embriagador, fruto de la exquisita técnica, con detalles como esas cuerdas que tiemblan en la escena del balcón o el contundente órgano en el rezo de la iglesia. La influencia de sus estudios de Bach y el contrapunto se extiende a la obertura, cromática, con pocas notas que se cruzan y que nunca se resuelven, sin una tonalidad estable; simboliza cómo el protagonista no encuentra su lugar. También la armonía invoca a Mefistófeles, con el uso de la cuarta aumentada (o tritono), un intervalo prohibido en el medievo por su tensión sonora… y al que se llamó 'diabolus in musica'.

Gounod (1818-1893) parecía predestinado a esta obra. De joven vivió tres años en Roma gracias a una prestigiosa beca, se fascinó por la polifonía de Palestrina y se volcó en la música religiosa. Firmó 18 misas y tres réquiem, y estuvo a punto de ordenarse sacerdote. Pero incluso entonces se sentía atraído por Fausto y su vertiente mística. Leyó la traducción en 1838, y en sus cuadernos se conservan notas que le servirían veinte años después, cuando llegó el encargo del empresario Léon Carvalho.

El Teatro Real ha recibido el International Opera Award. La calidad de la programación de 2019 le ha valido el premio a Mejor Ópera del Mundo, por delante de la Royal Opera de Londres o La Monnaie de Bruselas. . Una feliz coincidencia pocos días antes del estreno de ‘Fausto’ en los cines de toda España.
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